Trece años (Relato)

Sobre la verde herrumbre de las roca

sé que aguardaba un prodigio.

Van y vienen imágenes del agua.

Sus espumas levantan templos diáfanos

Justo Jorge Padrón (“La Visita del Mar”)

 

Cuando yo era pequeña vivía en la playa de Las Canteras y la vida era diferente, muy diferente.

Era un bonito día de verano, uno de esos días sin panza de burro, luminoso. Estaba agachada con mis pantalones remangados de color verde. Me mojaba hasta los tirantitos del peto que se ajustaba a mi cuerpo. Mi melena, recogida con dos coletas, se reflejaba en los charcos. Daba saltos para no resbalarme en el musgo y mariscaba en Los Lisos con mis amigas; quería llenar el balde de gueldes. Gueldes solitarios que detestaban la presencia de sus semejantes corriendo de un lugar a otro. A mí me gustaba llevarlos a mi casa y alimentarlos, a escondidas de mi madre, pero siempre me los encontraba muertos por la mañana, cuando pegaba la cara al recipiente de plástico para ver si aún flotaban. Morían de pena.

De repente descubrí a lo lejos a Oscar, con una caja de bombones. Era mi cumpleaños y él no se había olvidado. Hoy, después de muchos años, no recuerdo haber visto una caja tan grande. La marea estaba baja y la chiquillería de la playa amenazaba la libertad de las barrigudas, los cabosos y las fulas que vivían en la luz de la tarde. Cumplía trece años que se multiplicaron en burbujas de cacao, capaces de dejar embobada a la que se creía más lista de las adolescentes.

Lo que ha ocurrido a partir de ese día es que en todos mis aniversarios, me regalen lo que me regalen, siempre abro una caja de bombones.

Oscar era el hermano gemelo del chico más guapo que paseaba por la playa. Yo estaba loca por el hermano, pero no me hacía el menor caso. Todos los domingos mi amiga y yo nos recorríamos el Paseo hasta la altura del Hospital San José, donde se reunía toda su pandilla. Me tapaba los ojos con la mano y lo miraba, pero comprobaba que su mirada no era correspondida ni por equivocación. Así me pasaron unos meses, hasta que un día me tropecé con la sonrisa de Oscar.

En ese momento me enganché del brazo de mi amiga. Nos pusimos a caminar muy deprisa, con la cabeza alta, mirando al frente, sin dedicarle una sonrisa a nuestro acompañante que nos seguía –como era la costumbre- unos cuantos pasos detrás de nosotras. El Paseo de Las Canteras nunca ha estado en línea recta sino que era necesario dar alguna media vuelta, momento en que aprovechábamos para girar el cuerpo como si estuviéramos practicando una labor de punto: un paso a la derecha y dos al revés, con el fin de desviar de nuestro camino al perseguidor. Pero no se desanimaba. Tampoco debíamos mirarle porque en aquel tiempo estaba muy mal visto y –como yo era una niña obediente- fingía no interesarme.

-Hola ¿cómo te llamas?

-¿Nos hablas a nosotras? –replicábamos al unísono.

-Hoy he bajado a comprar un disco de Enrique Guzmán: “Dame felicidad”.

En la Playa nos conocíamos todos, pero Merche era mi mejor amiga. Teníamos la misma edad, jugábamos y nos contábamos nuestros pequeños secretos. La pena es que no estábamos en el mismo colegio pero aprovechábamos todos los minutos libres para estar juntas. Nos dimos la vuelta sin entablar conversación con nuestro acompañante y en silencio, sin dejar de avanzar, entramos en la calle Kant. Con pasos lentos nos dirigimos a nuestras casas, y no le dijimos ni adiós. Oscar entendió que esa era la línea final de su recorrido; el portal de mi casa estaba cerca y mis padres podían estar esperándome. Al llegar a la calle Portugal, que era donde vivíamos ambas, nos despedíamos hasta el día siguiente.

Estaba sola con el olor de las sebas que entraba por los patios y las ventanas de mi casa. Las aguas estaban revueltas, había mar de fondo. En la penumbra de mi habitación soñaba que algún día jugaría con Oscar en la orilla y que le colocaría un collar de sebas y algas perfumadas de yodo y salitre, que serían tan hermosas como las que había visto en una película rodada en la isla del amor: Tahití. El océano mostraba un color más turquesa que nunca, la arena era mucho más fina y blanca, y él abría su corazón de par en par.

Me parece que habían pasado dos semanas cuando ocurrió algo extraño: alguien llamaba por teléfono con frecuencia, esperaba hasta oír mi voz y cortaba la comunicación. Antes de colgar escuchaba un sonido distorsionado, meses después supe que se producía moviendo el dial del aparato.

 

Cuando yo era pequeña vivía en la Playa de Las Canteras y la vida era diferente, muy diferente.

Mi padre trabajaba en Italcable, en un edificio muy grande, con unas enormes escaleras de estilo georgiano que te llevaban a la parte superior, al espacio donde vivía el director: el señor Cavanis y su familia. Un lugar muy tranquilo, situado en lo que nosotros llamábamos en aquel entonces el final de la playa, junto a Punta Brava. Recuerdo que “el jefe”, como mi padre lo llamaba, era italiano y también era muy grande. Me quería mucho, me bautizó La Chanta; todavía mi padre sigue llamándome de ese modo. De pequeñita me llevaban a la estación telegráfica y me colocaba en la sala de aparatos, dentro de la gran cesta llena de las cintas que iban saliendo de los teletipos. Desde allí contemplaba las mesas y los grandes ventanales abiertos que daban a la calle Portugal. Las luces del techo inundaban de tal manera la estancia que no podía distinguir cuando era de día o de noche. Miraba hacia todas partes; escuchaba los relojes y la vibración de las máquinas, los murmullos de las conversaciones entre los compañeros, los ventiladores, los teléfonos y el suave crujido que producían las tiras de papel dentro de aquella gran papelera cuando me movía, hasta que –rendida por el sueño y la curiosidad- caía en un profundo sueño.

En vacaciones bajábamos a la playa muy temprano. Si la marea estaba vacía, los burgados y los cangrejos desfilaban entre las algas, con los ojos abiertos como dos gotas de agua. A veces intentaba atraparlos pero como te descuidaras te clavaban sus pinzas sin piedad. Se asustaban mucho.

Improvisábamos nuestras casetas con grandes sábanas blancas. No existía el negocio de las hamacas, así que cada cual se llevaba su toalla, la estiraba bien y con un poco de arena hacíamos una montaña para colocar la cabeza. Hacer turismo se puso de moda ya en los sesenta, así que empezamos a ver algunos chonis, aunque por entonces la mayoría vivía con nosotros.

Volviendo a Oscar, tres meses antes de regalarme aquella gran caja de bombones me lo tropezaba por el Paseo con mucha frecuencia, y también seguían las llamadas telefónicas. Una mañana de aquellas en que venía a casa una señora para hacer arreglos de costura volvió a sonar. Corrí a contestar, me eché para atrás en un sillón y levanté las piernas todo lo que pude, como era mi costumbre.

-Soy Oscar ¿quieres salir esta tarde conmigo?

-¿Qué?

Al lado del teléfono estaba colocada la máquina de coser y hacía tanto ruido que parecía que la casa se iba a venir abajo.

-Te oigo mal –le contesté, pegando un salto de alegría-. –Sí –añadí, sin poder refrenar mi alegría.

No puedo creerlo, me repetí esa frase una y otra vez. Intentaba concentrarme en el vestido que me iba a poner esa tarde. Estaba tan emocionada que me olvidé de que era pecado salir con un chico a solas. A pesar de todo me guardé el secreto, no se lo conté ni a Merche.

Habíamos quedado en vernos a las seis. Bajaba la calle Kant, no había nadie delante de mí, por lo que de lejos pude verlo apoyado en la barandilla de madera pintada. Como me había peinado con agua de colonia en aquel momento mis sentidos estaban más alegres. El no inició movimiento alguno al verme sino que se quedó observando como caminaba. La situación fue graciosa, sabía que podía caerme con mis zapatos de tacón, no tenía experiencia con ellos. Me mordía el labio superior. El alma parecía que se me salía del cuerpo, pero la magia funcionó. Vivencias como aquélla nos pueden igualar a los dioses.

Al fondo el mar y en un primer plano él: vestido impecable, con una camisa blanca, corbata muy fina y pantalón oscuro. Ah, los zapatos también los pude ver, eran clásicos con cordones, y chaqueta de punto inglés. Su padre era el representante en la isla de la casa que las confeccionaba. La playa estaba vacía, no había olas y desde lejos asomaba el resplandor del valle azulado, palpitando entre las peñas. Mi traje me hacía gorda, pensé que el cinto de color rojo me marcaba mucho. ¡Estaba gorda!

Cuando lo conoció, mi madre dijo que parecía “un brazo de mar.” Su aspecto era el de un sueco, alto y con modales elegantes. No sé si sabía conquistar, pero estoy segura de que tenía el don de seducir a quien se le acercara por primera vez. En aquel momento éramos bastante diferentes. Yo tenía buena educación y él era casi espiritual. Su pelo corto, ondulante y rubio; mi pelo más castaño y lacio. Yo tenía un carácter endiablado y era extrovertida, él lo contrario. Un día, sobreponiéndose a su timidez, me confesó que tenía un hermano gemelo. Entendí las ironías de la vida.

Desde ese primer encuentro nos veíamos casi todos los días, yo hablaba sin cesar de la playa, de mi familia, del amor y hasta de Dios.

Teníamos poco tiempo porque los dos éramos estudiantes, pero por las tardes caminábamos por el Paseo o nos sentábamos a contarnos cosillas en las escalinatas del Reformatorio, el edifico que estaba enfrente de mi casa, al lado del Hotel de Pinito del Oro. Las calles estaban vacías.

Oscar intentaba tocarme la mano, se tropezaba con ella cuando bajaba de la acera o simplemente cuando paseábamos. El problema es que no nos podía ver nadie, estaba prohibido. No quería ser demasiado seria pero tenía que estar a la defensiva.

-Si al menos tuviéramos un cochito…

Se lo repetía con frecuencia, era mi ilusión. No pretendía un Ferrari de lujo pero sí debo confesar que soñaba con el flamante MG de aquellos años, un deportivo que invitaba a experimentar nuevas sensaciones. Se me devanaban los sesos pensando en cómo podríamos conseguirlo. Estaba harta de ofrecerme siempre a los ojos del vecindario.

Lo prohibido era gratificante, por eso la primera tarde que nos vimos me dejé besar en la boca. No me dio vergüenza.

Una tarde reunimos algo de dinero y nos fuimos al Teatro Cine Hermanos Millares. El amaba el cine y coleccionaba los programas en color o blanco y negro que regalaban con la entrada. Le gustaba también la música, sobre todo la canción popular mejicana. Conocía todas las marcas de los coches que salían al mercado, distinguía las banderas, hablaba de política y de sexo. Cuántas cosas descubrí con él. Vimos una película del oeste, qué pena: no puedo acordarme del título, acaso ni lo leí porque estaba nerviosa. Era la primera vez que nos encontrábamos en un lugar tan oscuro. Oscar me contemplaba y las voces de la pantalla llenaban el espacio. Me cogió la mano y me pidió permiso para ponerme su reloj. Al rozar sus manos con las mías me estremecí, disfruté al sentir su cercanía envuelta en mi excitación. No dije nada pero mi risa nerviosa me delataba. Era feliz.

Cuando yo era pequeña vivía en la Playa de Las Canteras y la vida era diferente, muy diferente.

Me gustaba margullar, permanecer debajo del agua, saltar, brincar, darle mordiscos al membrillo que dentro del agua se endulzaba. Moverme como un pez, rápida y silenciosa, mientras él prefería coger olas. No fue nada fácil enseñarle porque nunca lo había hecho.

-Tienes que negociar, ponerte de acuerdo con las aguas.

“El mar es muy traicionero” –decían las abuelas. Hay días en que las olas parece que pierden el control. Son las Mareas del Pino; posesivas, tiran de nosotros para arrastrarnos a sus profundidades.

Cuando más miedo me produjo el mar fue un día en que estaba sola. Cerré los ojos y de pronto vi las olas desbordadas, histéricas, sin control. El lecho del mar se levantaba, separaba su piel, se descarnaba. Con miedo, con mucho miedo, noté que la tierra temblaba. Estaba sola. Tuve un pensamiento que siempre me había aterrorizado: el mar, aquel inmenso mar de mis juegos, me había venido a buscar.

Las olas son muy poderosas, pero también les gusta jugar y reír a carcajadas.

-Estira bien los brazos y las piernas –le decía.

-¿Qué hago ahora? –me gritaba.

-Espera la ola y juega con ella. Métete por debajo.

Muchas de las que llegaban le daban revolcones, pero terminó cruzando su terreno, dominando la situación. Descifrar el momento en que se unían en un abrazo fue lo que más le costó aprender.

Me entretenía observando la línea blanca del infinito, ratos y muchos ratos. Recordaba aquella civilización ubicada en el horizonte, los mitos de la infancia. Era el final de mi Atlántico.

Sin proponérselo, Oscar empezó a sentir la playa, a emocionarse. Le chifló el juego del clavo y lo aprendió con tal destreza que le ganaba a todo el mundo. Palma, índice, anular, corazón… Saltaba entre sus dedos con la rapidez y la elegancia de un maniquí que da vueltas por una pasarela. Subía y llegaba a la cabeza, continuaba su pirueta mientras bajaba deslizándose por el hombro. Me acuerdo que, al llegar al muslo, las niñas comentaban lo bonita o fea que les habían dejado la vacuna de la viruela, tatuaje obligado de la época.

-Has perdido –le gritábamos cuando el clavo, por fin, se golpeaba con la piel de la arena.

-¿En qué piensas? –me preguntó Oscar cuando notó que me pasaba ratos mirando el mar-. Cuéntame todo lo que piensas.

Aquel día le conté que en mi playa se había rodado una película. Unos hombres luchaban contra una gran ballena blanca: Moby Dick; Gregory Peck fue el protagonista. También hablamos de los cetáceos que llegaban muertos a la arena, oscuros, pesados, con una longitud descomunal para los ojos de los niños que se acercaban a la orilla a recibirles. Los llamaban toninas, o cachalotes.

-Yo vi una vez en el cine unas mantas –dijo Oscar.

-Sí, ésas son más encantadoras.

John Huston clavó en el horizonte el grito de la supervivencia.

El no dejaba de contemplarme mientras hablaba. Se sentía muy atraído. Mientras, cruzaban miles de recuerdos por mi mente y no paraba de hablar ni para respirar.

-Esas mantas que tú has visto también han llegado a nuestra playa. Detrás de la Barra se sienten seguras; allí construyen un refugio, reposan y cuidan de sus crías, abrigadas de la intemperie.

-Te aseguro que éstas son más bonitas. Saben dar saltos fuera del agua, zambullirse y nadar con mucha gracia. Nadan tan bien que parece que vuelan.

-¿Todo lo que me cuentas es cierto?

-Te lo prometo.

Me tendí sobre la arena y me sumergí en el recuerdo de la ballena. La recordaba blanca, con una blancura que muchos podían asociar con la espiritualidad o con la muerte, pero yo lo asocié con la paz, con el silencio intermedio en una discusión, con las ropas tendidas sobre el suelo de mi azotea, con el momento de la concepción de un nuevo ser.

Cuando yo era pequeña vivía en la playa de Las Canteras y la vida era diferente, muy diferente.

Los novios de aquella época –porque se llamaban novios a los dos días de salir juntos a dar una vuelta- sólo podían recorrer las calles sin darse siquiera la mano en público. Besarnos era un acto escandaloso. Así ocurrió lo inevitable: un día nos echaron de una guagua por susurrarnos palabras de amor al oído mientras se me acercaba mucho.

Oscar me repetía una y otra vez que el amor es lo más grande.

Con aquel panorama de miradas y murmullos, se le ocurrió llevarme a todos los museos de la capital. Nos pasábamos las tardes en la Casa de Colón, nos rozábamos las manos mientras contemplábamos sus patios, me acariciaba el cabello delante de una pila de agua bendita del siglo XVI, o me robaba un abrazo junto al arca gótica de la misma época. Yo no podía entregarme aunque lo deseara con todas mis fuerzas. La belleza de las fachadas de Vegueta nos pasaba desapercibida. Nos mirábamos, queríamos hacernos invisibles. Por eso acechábamos cuando los vigilantes estaban en las habitaciones contiguas para darnos besos y más besos. Todo era agitación; él aprovechaba para jurarme su amor y su fidelidad.

-Te seré más fiel que Argos, el perro de Ulises.

A pesar de sus promesas, yo no creía en él.

El tiempo estaba detenido en aquel lugar, y me sentía culpable. Pateábamos todo el casco antiguo: el Museo Canario, la ermita de San Antonio Abad, su placita, las callejuelas.

En Las Canteras no teníamos intimidad, y sin embargo deseábamos estar en la Playa. Allí siempre nos hallábamos rodeados por unos vecinos que formaban parte de nuestra familia, llevaban la misma vida que mis padres. Sentados en las puertas de sus casas hacían la tertulia. Contemplaban el ambiente, la decoración cambiante del mar, los juegos de los niños al aire libre y las labores entre sus manos. Parecía un trozo de mundo aislado de los problemas.

Algunos días mi Peña semejaba una gran catedral de ébano, rodeada de espuma. Las olas simulaban velos preciosos, sacados de las profundidades marinas y los asientos tenían formas satánicas que gesticulaban en las gárgolas. Me tiraba al agua, subía de nuevo, me lanzaba como una saeta, daba vueltas a su alrededor y parecía que nadara sobre las mismas olas. Hacía toda clase de locuras, la punta de mis aletas se convertían en garras de escorpión. Trepaba y observaba desde muy alto para que las olas no me tragaran. Tenía miedo cuando miraba a la orilla. Si había marea alta, el camino de vuelta era más fatigoso. Sentía que mi gran roca se quería alejar conmigo, pero el mar con su gran manto me salvaba.

Me acostumbré a estar con Oscar. Su presencia estaba hecha de sol y de salitre.

-¿Qué soy yo para ti? –me preguntó.

Esta fue la primera vez en que esperaba que yo mencionase la palabra amor.

-¿Sabes lo que quiero decir? –volvió a insistir.

No le contesté, miré a lo lejos y vi acercarse a Miguel, el barquillero, que llevaba colgada de su hombro una barquillera adornada en su parte superior con una rueda y números. La paseaba con gran pompa por toda la playa. Sin pensarlo, corrí tras él y le di vueltas a la ruleta. Tenía un gran apetito y miraba impaciente, esperando que se parara. Al fin salió el siete, me correspondieron siete barquillos crujientes en forma de vela de un barco. Su sabor era un placer sin igual.

Oscar no había olvidado su pregunta y se acercaba a mí como a una niña frágil. Su mirada intentaba descubrir mi respuesta. Yo no podía decir lo que sentía mi corazón, debía guardarlo. Era mi secreto. Tenía trece años.

Relato extraído del libro «La Peña la Vieja» de Rosario Valcárcel.

Editorial Anroart

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