“Cuando dos caminos se separan… toma aquel que se dirija a la playa”. Hannah McKinnon

Intervalos nubosos, posibilidad de algún garujón por la mañana

¿A cuántos salvaron los Momo?

Momo hermanos
Los hermanos Momo.

 

www.miplayadelascanteras.com y el ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria impulsan un homenaje a los primeros salvavidas de la playa de Las Canteras

“Yo calculo 250 … 300, quizás más”. Tito Montesdeoca Santana, el mediano de los hermanos Momo, contesta con un expresivo “buuff” cuando se le pide más concreción. ¿A cuántos salvaron los Momo?

La historia de Momo, Tito y Ramón comienza en la calle Portugal a pie de playa. El mayor, que les da nombre, nació en 1937 y ha muerto en septiembre de 2015; el segundo, Tito, es de 1938, y Ramón, del 42.

“El primer pañal nos lo lavó mi madre, ahí en un charco”, señala Tito, sentado en una silla de plástico en medio de la zona de los Momo, por la Peña de la Vieja.

Los Momo son casi como la barra o el Charcón, un emblema de Las Canteras.

El padre, Momito, que fue panadero y pescador, ya sacaba a gente de la mar revuelta a remo con su barca, la Marilola. Así que de casta le viene a estos galgos.

Dice Tito que tendría 16 años cuando empezó el turismo y comenzó a forjarse la leyenda, porque aquellos rubios del norte no hacían caso a las señales de la mar ni a la sirena con la que ellos avisaban al incauto para que saliera del agua porque había reboso, y entonces había que ir a buscarlos.

De forma altruista y espontánea, los Momo se hicieron cargo de un servicio vital cuando el turismo entró por sorpresa y a empujones. No sólo salvaron suecos, también se ligaron a alguna sueca y corrieron sus aventuras.

“Con la Mariateresa, que era un barco para turistas, los llevábamos al Confital, les dábamos un asadero y sangría y los poníamos a coger tunos indios”

Casi al mismo tiempo comenzaron a salvar vidas. “Empezamos en los años 50 y lo hicimos hasta los 90, hasta que llegó la Cruz Roja. Nunca hemos recibido un sueldo, lo hemos hecho por humanidad”.

“Yo calculo que sacamos 250, quizás 300 personas, también unos pocos muertos en Bañaderos, debajo de la Cuesta de Silva y por el Camello, donde después estuvo Sandokán (apodo de otro salvavidas muy popular en el la costa norte)”.

Tito cuenta la historia de Amadito y el Malayo, que se tiraron a sacar a un matrimonio extranjero, un día de mucho oleaje. “Amadito se ahogó en la Cícer, y yo saqué al Malayo y a los turistas. 27 días después apareció el cuerpo de Amadito”.

Tito habla a borbotones, tanto que apenas da pie a que su hermano Ramón intervenga. Explica que muchos de estos salvamento se hicieron a remo y admite que afrontaron riegos.

“Sólo salíamos nosotros, porque tenemos unos conocimientos de la mar muy especiales, aquí nos hemos comido los biberones y yo, además, soy patrón de pesca”.

 

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Ramón sube a la torre de vigilancia. Tito a la derecha.

 

 

Un rato de charla con Tito y Ramón permite saber que “los extranjeros son muy imprudentes” y que la playa “es buena cuando está de buena, pero que cuando está mala es el diablo”. También que hay gente agradecida porque saben que les deben la vida y otros que también lo saben pero que los ven y cruzan la calle.

Tito recuerda aquella vez que revivió a un hombre porque siguió haciéndole el boca a boca, pese a que todo el mundo ya lo daba por muerto. También cuando fueron los tres a la piscina Julio Navarro para hacer un curso de socorrismo y el profesor les dijo: “Vuelvan ustedes a la playa que se puede ahogar alguien y aquí no hacen nada”.

Los Momo son titulares de 50 metros de playa donde alquilan hamacas. “Nos lo dio la Comandancia de Marina por salvar a un piloto, tenemos el decreto”.

Después, con la democracia, el alcalde Juan Rodríguez Doreste les dijo que debían dinero al ayuntamiento, pero decidió que la deuda la pagaba el municipio y encima les dio una compensación. “Y dicen que los socialistas son malos”, bromea Tito.

“Para un profesional no hay nada complicado, yo navegaba hasta en un bote de lata”, contesta el cuando se les pregunta dónde está el secreto.

“Siempre hay un jacío”, argumenta por fin Ramón, “lo que hay que hacer es aprovechar el momento, porque el mar siempre da una oportunidad”.

 

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