“En el mar no hay pasado, presente o futuro, sólo paz”. Jacques Cousteau

Calor. Ambiente tranquilo. Calimoso

Lectura de verano a la orilla del mar (2). Santiago Gil: Las olas

A otros les da por subirse a las azoteas o por ponerse a contar coches en cualquiera de los puentes que cruzan la M-30. Lo de este hombre, en su estado y después de lo que ha pasado en su vida, podríamos decir que es casi una bendición. Desde hace meses se acerca cada tarde al parque del Retiro a esperar que suba la marea del estanque y a que las olas le devuelvan al mar de la infancia. Vive en Ciempozuelos y es de esos locos liberados con la reforma psiquiátrica después de haber estado muchos años encerrado entre descargas eléctricas y camisas de fuerza. Ahora se le ve controlado, medicado y nada peligroso, deambulando por Madrid como casi todo el mundo, a lo mejor menos loco que casi todo el mundo, y si no fuera por los ojos desorbitados y la boca siempre abierta y como pasmada se podría decir que se parecería a casi todo el mundo.

No sé exactamente la edad que puede tener ahora mismo, aunque por la pinta calculo que debe andar cerca de los sesenta años. Lleva más de treinta internado en la residencia de San Juan de Dios y según me han comentado es natural de la isla de Fuerteventura. Parece ser, porque tampoco hay datos muy fiables sobre ello en los archivos, que vino a Madrid a hacer prácticas en un hotel de lujo que estaba por la Castellana y que, antes de poder regresar con lo aprendido a trabajar en uno de los primeros hoteles que iban a abrir en su isla, cayó en una profunda depresión agudizada por el consumo de alcohol y por una extraña cabezonería que lo hacía tendente a la tristeza y el suicidio. Eran otros tiempos, y nadie se preocupó de acercarlo a la orilla del mar o de devolverlo a su isla, que es lo que en el fondo él pedía a gritos cada vez que le aplicaban alguna de aquellas violentas descargas que le fueron dejando cada día más fuera que dentro de este mundo. Llegó a estar totalmente lelo y en todo ese tiempo no hubo familiares o amigos que preguntaran por él. Se dejó llevar y los otros andaban contentos porque no se metía en follones, no montaba pataletas y respetaba las reglas del centro. Así estuvo hasta que llegó aquel psiquiatra de Tenerife que, tal vez movido por su paisanaje común, se empezó a interesar por su problema y por su persona como no se había interesado nadie en más de tres décadas. Gracias a él pudo empezar a salir a la calle a reconocer una realidad que desde el primer momento le pareció violenta, trepidante e insegura. Sólo salía para ir a sentarse en el parque del Retiro. Quería ver el mar, y lo más que le recordó a las costas de su infancia majorera fue el estanque del Retiro. Le gustaba sobre todo cuando hacía mucho viento y se formaban pequeñas olas que parecían que se fueran a levantar de un momento a otro como mismo las vio levantarse durante muchos años mirando hacia las costas de Lobos y de Lanzarote. A Julián Santana no le costó mucho dar con la obsesión de su paisano, aunque aconsejado por sus jefes no se consideró pertinente llevarle a la orilla a que se le quitara la obsesión que tenía con el océano. Todos coincidían en que ése ya no era su problema, y que todo lo más sólo podía contribuir a agravarlo: para ellos era preferible que siguiera soñando y que acudiera cada tarde al Retiro a esperar el milagro de ver surgir el océano de los fondos del estanque antes que encontrarse con una realidad que de ninguna de las maneras se parecía ya a la que él contaba.

Aquí está un día más, sin hablar con nadie, como fuera del mundo. Sólo reacciona con los círculos concéntricos que van dejando las piedras que lanza de vez en cuando al agua, y con el viento que pone algo de espuma en la quietud aburrida del estanque. También a veces se pone a oler como un perro perdiguero tratando de reconocer el marisco y la sal que olía cuando acompañaba a su abuelo a pescar en los alrededores de la isla de Lobos. Esa es otra de sus grandes obsesiones: en todo momento está atento por si emerge en el centro del estanque la isla que ocupaba el horizonte de sus sueños infantiles, cuando él quería ver mundo y viajar lejos viviendo las aventuras que leía en los primeros libros que cayeron en sus manos.

Lo de la locura le vino como le puede venir a cualquiera, de repente, sin que nadie lo columbrara. Tal como pudo ir averiguando su paisano tras el análisis de sus expedientes y los testimonios de los que llevaban muchos años trabajando en Ciempozuelos, posiblemente lo suyo no fuera más que una pequeña depresión acompañada de un cuadro de ansiedad con agorafobia que con la medicación y la paciencia necesaria no tendría por qué haber ido a mayores. Pero eran otros tiempos, y los brutos de entonces no estaban para devolver la cordura a nadie. Ahora no sabe uno qué diablos quiere, si es que realmente necesita algo para seguir sobreviviendo. Casi no habla, y si lo hace es sólo con el joven psiquiatra chicharrero que preguntándole qué tal se encuentra cada mañana ha hecho más por él que todos los apresurados psiquiatras que le han ido tratando como a un número a lo largo de todos estos años. A veces el loco le pregunta por el mar y le comenta si sigue siendo rojo y verde, o si las olas siguen llegando a los puertos a beber cervezas y a bailar hasta las tantas con los marineros; le interroga acerca de las sirenas que van quedando varadas por los puertos del mundo o sobre los monstruos marinos que arrasan ciudades enteras cuando les puede la ira y la rabia por estar condenados a vivir para siempre debajo del agua. Es otro océano, confundido entre sus propios recuerdos, el que tiene en la cabeza. Por eso es por lo que todos desaconsejan su viaje a la orilla del mar. Es mejor, se dicen, que lo siga soñando y recreando en las turbias pero tranquilas aguas del Retiro. A mí, qué quieren que les cuente, me da mucha pena verlo todo el día mirando al estanque como si mirara el océano Atlántico y estuviera viendo gaviotas y marineros llegando a puerto en pequeñas falúas cargadas de nasas repletas de pescados y de sebas. Siempre está ahí, junto al embarcadero.

Santiago Gil.

 

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