“Surfear es bailar con las olas”. Gerry López

“Vallar una plaza, fracaso colectivo” por Aridane Ávila

La palabra plaza viene del latín. Plattêa que viene a ser algo así como calle ancha. La historia se ha encargado de darles la relevancia adecuada y ser protagonistas en las grandes revoluciones, manifestaciones en búsqueda de paz y motivo de celebración, o entretenidos lugares de encuentro para personas de diferentes lugares.

Espacios abiertos que basan su sentido en estar en un lugar al que todo el mundo puede llegar, y que en el fondo provoca relaciones que serían difíciles en el contexto de una simple calle. Un pueblo o ciudad sin plazas, no podría considerarse ni una cosa ni la otra.




Desde hace meses, La Isleta es menos Isleta. Uno de los barrios más populares de Las Palmas de Gran Canaria, con más tradición vecinal, que ha sido capaz de resistir a numerosos embates, está perdiendo el lugar donde la gente se puede encontrar. Esta semana el Alcalde Hidalgo ha publicado un tweet desde su cuenta personal, anunciando con orgullo que la plaza de los Bomberos se cierra con un vallado, siguiendo el camino de la plaza de los Padres Palotinos, y se añade al ya realizado hace unos meses en la popular plaza del Pueblo.

Precisamente en esta última, la principal demanda venía de un grupo de vecinos de la plaza, pero sin embargo no de todos. El argumento nacía de los problemas para conciliar el sueño, y los ruidos que por la noche dificultaban el derecho al descanso. Lo que llama la atención es que el criterio para el vallado sea dispar según la parte de la ciudad en la que se produzca. Y por otro lado, parece curioso que la solución a un problema sea crear una jaula.

Cerrar una plaza es el fracaso de un barrio y una ciudad. Tener que recurrir al vallado significa renunciar a cualquier posibilidad de realizar un trabajo comunitario, que permita hacer entender a las personas que generan ruido, que también son vecinos de la ciudad y que sus actos tienen consecuencias. Asimismo, poner un cercado significa enviar un mensaje de expulsión del espacio público a ese colectivo. Poner una reja puede ser una solución para hoy, un contexto de tranquilidad al corto plazo, pero un grave error para entender una ciudad como un espacio de convivencia.

Siempre será más fácil y económico poner una reja que ofrecer alternativas de ocio o educativas. Más rápido poner barrotes de metal, que hacer un estudio de la realidad y conocer los motivos que provocan que la gente se reúna a esa hora de la noche en ese lugar. Rejas y policía no son las únicas alternativas reales que existen. Victimizar a un colectivo como el juvenil, es el fácil camino para justificar una acción.

¿Vallaríamos el paseo de Las Canteras? ¿Cuantos metros tendría que tener el muro de la plaza España para proteger el descanso de los vecinos? ¿En qué momento se va a proceder al cercado de la plaza de los Betancores en Guanarteme? Sabemos que la respuesta es negativa en la totalidad de las preguntas.

Tal vez convendría ir poniendo el foco en otros problemas más silenciosos, pero con afectación de largo recorrido para La Isleta. Según el censo, solo en la zona de La Puntilla ya se acumulan más de 220 viviendas turísticas. Los hoteles y alojamientos turísticos crecen a velocidad de vértigo, tirando edificios antiguos, y ofreciendo calidades arquitectónicas de muy bajo nivel en las nuevas construcciones. No hace falta ser un gran urbanista para entender que en el espacio de una antigua casa terrera de una planta, si se construye un edificio de cinco plantas se multiplica exponencialmente el número de personas, servicios, transportes y gasto energético necesario.

La gentrificación llama a la puerta subiendo el precio de alquileres día a día. Por no hablar del olvidado, pero justificado debate, de la devolución a la ciudadanía por parte del ejército de las numerosas hectáreas de terreno que ocupa, impidiendo disfrutar de partes fundamentales del paisaje natural protegido que se declaró en 1994.

Es curioso ver como un barrio que fue puntero en las luchas de Abengoa de 1977, que en 1988 se solidarizó con la ANACEF, que vivió un momento traumático con la muerte de Belén María, o que tuvo en sus calles a los primeros asesinados en defensa de la democracia en 1911, opte desde la máxima institución municipal por levantar muros en un barrio que siempre ha respirado libertad.

Decía la excelente poeta mexicana, Isabel Fraire, que los muros “quien no los tiene pretende que su jardín se extienda más allá de sus límites, que equivale al universo, que todos puedan entrar en su jardín”. Ojalá en no demasiado tiempo, las plazas de La Isleta recuperen el sentido para el que fueron creadas, espacios de encuentro y convivencia.

Aridane Ávila es Educador Social, Máster en Intervención Social y Comunitaria con especialización en Psicología Social. También acumula más de 15 años de presencia en medios de comunicación.




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