“Hombre libre, siempre querrás al mar”. Charles Baudelaire

Recuerdo bien los días que subía la marea. Un texto de Rosario Valcárcel

El cielo, que siempre lucia azul, algunas veces se entoldaba de un color violeta, misterioso como si escondiera una tempestad. Entonces el lecho del mar se rizaba, se separaba de su piel, se alzaba contra la Avenida de Las Canteras y llegaba hasta la puerta de las casas. Habían llegado las famosas mareas del Pino.

Y Roberto y yo, igual que si fuéramos espíritus vagando por el mundo, contemplábamos como se agitaban las vertiginosas olas que crispadas se nos acercaban. Observábamos como se aventuraban por la playa formando espumarajos al golpearse contra las rocas y contra el muro.

Y disfrutábamos de las andanzas de algunos muchachos que a escondidas de los guardias municipales se reunían en una zona de la playa llamada el Muro Marrero, y desde allí con agilidad y destreza se encaramaban a la barandilla de la Avenida e igual que pelícanos se lanzaban en picado a la marea llena.

-¡Cuidado, allá vamos!

Era un espectáculo indescriptible. Los chicos poseían fuerza y valor y el mar regalaba una honda sensación de libertad y de alegría. La isla ha sido un buen lugar para los deportes acuáticos y aquel día se había reunido un pequeño grupo. ¡Cuánto nos divertíamos! Era como una pequeña celebración familiar porque la playa de Las Canteras está hecha a la medida humana.

Palpábamos el aire enardecido de la playa, la luz del océano que devoraba todo y nos entreteníamos viendo como los chicos se confundían, como animados por sensuales deseos apoyaban sus pies en la parte alta de la barandilla y se preparaban para dar el arriesgado salto. No daban un paso atrás ni para coger impulso. Solo se persignaban o besaban la pequeña crucecita que les colgaba del cuello quizás para sentirse protegidos.

A aquellos campeones eran primitivos, les gustaba jugar con el peligro, hacer cabriolas, contorsionarse igual que delfines. Era una minoría ruidosa y divertida ¡Se satisfacían con tan poco!

Una minoría que se sumía en un éxtasis, en una carrera sin freno y uno a uno o en pareja, cogidos de la mano y con los ojos medio cerrados, gritaban y gesticulaban tal vez hechizados por el canto líquido de alguna sirena que deambulaba por allí. Todo es posible. Por fin se lanzaban, rasgaban el aire. Por un instante se me paraba el corazón. Caían como truenos:

-¡Boom! ¡Boom!

Levantaban un chaparrón de espuma, de gasas que envolvían sus cuerpos. El ruido resonaba fuerte, lo escuchaba dentro de mi cabeza. Me reía y abría y cerraba los brazos como si quisiera estrechar a aquellos seres. A los participantes que desfilaban, que subían y bajaban del mar a la Avenida en una carrera libertina y violenta que excitaba los sentidos.

Otras veces Roberto y yo nos pasábamos horas y horas en la arena de la playa con la mirada fija en los acrobáticos saltos que l@s bañistas hacían desde una peana que hábilmente alguien había clavado en la gran roca conocida como La Peña de La Vieja. Los nadadores giraban alrededor de la Peña impulsados por una fuerza irresistible que no era otra que arrojarse desde el trampolín al mar.

Pronto la furia de una tormenta comprendió que aquella peana no pertenecía al paisaje y se la llevó.

Han pasado muchos años y hoy me ha venido a la memoria las mareas del Pino, los charcos de aguas verdes de la Playa de Las Canteras, los olores y la fragancia del salitre y las sebas. Me ha venido la memoria aquellas horas de frenesí, los días en que:

Subía la marea y las olas alzaban el vuelo, retumbaban alborozadas, se saludaban, y a mí me asustaba tanto que se me detenía el alma. Entonces Roberto me miraba, me sonreía con deleite, me abrazaba y yo comprendía que el mar era como un dios que lo controla todo: la vida, las miradas, las caricias, nuestro amor.

Blog-rosariovalcarcel.blogspot.com

Foto de Vicente García.

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