Año 1952: «Festividad de la Virgen del Pino»
Aquel día, víspera de la festividad de nuestra patrona, después de comer, sobre las tres de la tarde, nos pusimos en camino desde la playa de Las Canteras hacia la villa de Teror.
Tras subir la Cuesta de Chile y pasar por Las Torres, pusimos rumbo a Tamaraceite. Con paso de montañeros experimentados -Fernando era el experto-, nos marcó la pauta para evitar cansancios prematuros.
Llegamos al cruce de Las Palmas-Tamaraceite y, después de una suave bajada bordeada de eucaliptos, torcimos a la derecha y nos dirigimos a Tamaraceite. Según se decía, Tasmara significaba «paso de Las Palmas hacia las tierras del norte». Hasta el siglo XVII el lugar se conocía como Tamarazaite, pero con la llegada de los castellanos la «za» pasó a convertirse en «ce».
Las primeras casas antiguas, a la derecha, tenían una pequeña ermita del siglo XVII. Continuamos subiendo y, ya al entrar en el pueblo, nos llegaba desde la izquierda el inconfundible olor del gofio que escapaba por las puertas y ventanas de un molino de gran renombre. Aquel gofio se vendía por toda la isla de Gran Canaria.
A la izquierda quedaba el desvío hacia San Lorenzo. Vimos una gran explanada de plataneras y los estanques de El Barrial.
Pero nosotros seguimos nuestro camino hacia Teror.
Nos dirigimos al cruce de Teror y continuamos hasta Miraflores, bordeando el barranco de Tenoya. Finalmente, llegamos a las puertas de nuestro destino. Nos detuvimos cerca de un colegio de monjas y de unos castaños. Aproximadamente eran las siete de la tarde cuando ya estábamos acampados.
Nuestra caseta era muy sencilla y, en un periquete, quedó instalada. Acordamos los turnos de guardia y los paseos.
El gentío, los cantos isleños por doquier, el ron, la carne de cochino, los turrones y las luces de carburo hacían que el ambiente fuese cada vez más intenso. La gente entraba y salía de la basílica para cumplir sus promesas a la Virgen.
Muchas de esas promesas consistían en avanzar de rodillas, hombres y mujeres, desde la puerta de entrada hasta el pie del altar mayor.
Las rondallas actuaban en la plaza principal por riguroso orden, mientras el público danzaba libremente donde encontraba un hueco. El ambiente festivo era total. Los turrones de gofio, almendra y miel… ¡riquísimos!
Al día siguiente, 8 de septiembre, un buen desayuno de chocolate con churros nos despejó de la resaca. Después paseamos por el pueblo y esperamos para asistir a la solemne misa en honor de la Virgen.
Por la tarde ya estábamos de vuelta en nuestro barrio de Las Canteras-Peña la Vieja. Cada uno descansó de la caminata como mejor le pareció. En mi caso, no me lo pensé dos veces: me di un baño en El Charcón. Fue fabuloso y me recordó lo bueno que era ser un playero de Las Canteras.
Juan Boza Chirino
En honor de mis compañeros de caminata: Fernando Rodríguez, Manuel Saez Nagore y Antonio Ravelo.
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