Por si nos roban el mar

Vamos a imaginarnos por un momento que no existiera el mar. Por tanto hagamos desaparecer sobre la marcha la playa de Las Canteras y pongamos en su lugar una gran llanura más o menos desértica. Ahora pongámonos en uno de esos días en que te encuentras perdido por el mundo y ya no sabes dónde meterte para atemperar las canalladas, los malos farios o las tristezas casi siempre inevitables que nos dejan aliquebrados, sombríos y con pocas ganas de aguantar calles atestadas de gente, programas televisivos casposos o libros que demandan una paciencia que no hallamos por ninguna parte. A mí en esos días los pasos me conducen inevitablemente a la orilla de mar. Pero habíamos quedado que no había mar.

Pongamos que estamos en agosto o septiembre y que el verano nos vuelve vitalistas y festivos. Entonces mis pies seguro que se agarrarían a cualquier par de cholas de la solana y me llevarían también a la orilla, entre otras cosas porque mis pies no conciben un verano sin mar, sin salitre pegado al cuerpo y sin esa placidez que da el cuerpo cansado después de haber estado todo el día jugando con las olas. Pero habíamos dicho que no había mar, que nos lo habíamos cargado por exigencias del guión.

Supongamos ahora un primer amor y borremos de los ecos de los primeros besos el sonido lejano de las olas. ¡Pobre amor si no hay océano que lo adormezca y lo encarame! O imaginemos a los niños haciendo castillos de arena en Las Canteras sin esa decepción fingida que tiene la subida de la marea anegando el trabajo a palo y rastrillo de toda una tarde. Imaginémonos a esos niños sin el aprendizaje cotidiano de lo provisional y proteico de los logros humanos. Pensemos por un momento que los niños se crían sin el mar y que siguen pensando que todo es tan virtual y tan pragmático como en los videojuegos o en las teleseries norteamericanas.

Podría seguir enumerando situaciones en las que la ausencia del mar derivaría en una catástrofe de incalculables consecuencias. No quiero ni pensar, por ejemplo, cómo sobreviviría en los interminables horizontes de los continentes si no supiera que en alguna parte hay un límite de agua salada en el que reconocerme y respirar como en casa.

Pero mejor dejamos de tentar a la suerte y nos conectamos a la webcam de miplayadelascanteras.com para comprobar, lagarto, lagarto, que el mar sigue estando en el mismo sitio y que Las Canteras no tiene una perspectiva como la de Albacete. Gracias a eso, a que sabemos que en cualquier momento podemos salir corriendo en busca de la orilla, aguantamos las mediocridades y los envilecimientos cotidianos. De no existir el mar habría una raza de hombres y mujeres que estaríamos condenados inevitablemente a la locura. A veces bajamos poco a la playa, pero tranquiliza saber que está para los casos de urgencia y para seguir perpetuando los sueños de verano. Gracias a las olas y al olor de las sebas y del salitre uno se mantiene en este juego más o menos a salvo.

Santiago Gil

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