En la foto de portada, una nota del rescatado agradeciendo la labor de los socorristas.
El pasado lunes 10 de marzo, alrededor de las 12:30, el CECOE alertó sobre una persona en apuros en la zona frente al restaurante La Marinera. Antes de que finalizara el mensaje, el equipo de rescate ya había activado el recurso náutico. Alberto Bravo, como patrón, y David Molina, como rescatador, partieron de inmediato hacia el lugar.

Al llegar, encontraron a dos bugueros sosteniendo a la víctima, un hombre de 70 años, de nacionalidad italiana, que no hablaba ni inglés ni español, lo que dificultaba la comunicación. Presentaba una mirada perdida, el cuerpo rígido y un evidente estado de shock.
Molina y los dos bugueros intentaron remolcarlo hacia una zona más segura para su extracción con la moto de rescate, pero la fuerte corriente dificultaba el avance. La única opción viable era acercarse a las rocas, donde la corriente era menor, aunque el oleaje y la bravura del mar hacían que la maniobra fuera extremadamente peligrosa.
Antes de la llegada de la moto, David intentó transmitir calma al hombre y explicarle las instrucciones para subir al tablón de rescate. Sin embargo, cuando llegó el momento, la víctima no reaccionó. Estaba completamente paralizado. Cuando finalmente se procedió a su evacuación, el rescatador hizo todo lo posible por subirlo, pero la rigidez e inacción del hombre dificultaban la operación.
Mientras forcejeaba para subirlo, una nueva serie de olas comenzó a golpear con fuerza. No había tiempo. Tuvo que colocarse encima del hombre para asegurarlo lo mejor posible, pero gran parte de su cuerpo quedaba fuera del tablón, lo que hacía imposible sujetarlo correctamente.
Segundos después, una ola de gran tamaño impactó de lleno. El patrón solo pudo enfrentarse a la ola y la moto fue engullida por el agua. El rescatador saltó antes del impacto, pero la moto lo golpeó en la espalda. En ese momento temió lo peor: que la ola se hubiera llevado a la víctima y a su compañero, arrojándolos contra las rocas.
A pesar de la complejidad de la situación, el patrón logró que la moto y la víctima emergieran y se dirigió a una zona un poco más segura, mientras el rescatador permanecía en el agua, esquivando la serie de olas. Una vez fuera de la zona de mayor peligro, verificó el estado de los bugueros y nadó hacia la moto, que se encontraba a unos 150 metros.
Al llegar, observó que el patrón tenía la nariz ensangrentada, pero la prioridad seguía siendo la víctima. Con gran dificultad, lograron sentarla en el asiento de la moto. El siguiente reto era regresar a la orilla, pero el oleaje hacía extremadamente difícil maniobrar con tres personas a bordo.
Desde tierra, los compañeros transmitían calma y paciencia por emisora, como hizo el socorrista Cristian, y guiaban la operación, analizando las mejores rutas para salir. Finalmente, Lillo, uno de ellos, sugirió dirigirse a Punta Brava. El patrón consiguió maniobrar entre las enormes olas y, una vez dentro de la zona protegida por La Barra, la tensión comenzó a disiparse.
Al día siguiente, el hombre regresó al puesto de socorrismo acompañado de su familia. Visiblemente emocionado, abrazó al rescatador y al patrón y expresó su profundo agradecimiento a todo el equipo.
Sin los bugueros, esa persona habría muerto. No tenía ninguna posibilidad de sobrevivir por sí solo. Su única esperanza fueron esos bugueros que, sin dudarlo, permanecieron con él hasta la llegada de los socorristas.
Todo, consecuencia de una mala elección: la de meterse al mar en una zona con bandera roja. Afortunadamente, esta vez la historia tuvo un desenlace positivo, pero no todos corren la misma suerte.
Esta es solo una de las muchas historias que viven los socorristas. Historias que nadie ve. Historias que desmienten la imagen errónea de que los socorristas pasan el día sentados sin hacer nada. Lo que ocurrió aquel día fue una situación extrema, de esas que ponen a prueba cada habilidad y en las que cada decisión puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.


