Cambios culturales en el uso de las playas para baños de mar. Las Canteras en Las Palmas de Gran Canaria, un caso paradigmático. (1ª Parte)

En Las Palmas del presente se cuenta con cinco playas principales para la práctica del baño. De Sur a Norte la de La Laja, San Cristóbal, Alcaravaneras, Las Canteras y El Confital. Desde el punto de vista del uso recreativo y urbano hoy por hoy podrían agruparse en playas en estado de transformación reciente, caso de Las Canteras, Las Alcaravaneras o San Cristóbal, y playas en estado estancado como El Confital y La Laja.

Desde mediados del sigo XIX, al menos, fue práctica entre algunos vecinos de la ciudad —y durante los meses del estío— el zambullirse en la orilla del mar en zonas que reunieran condiciones de seguridad, con preferencia allí donde se diera la presencia de charcos o abrigos de poco fondo y fuera fácil «hacer pié», ya que lo común era no saber mantenerse a flote y menos nadar. En «la marea» o litoral de Triana como de Vegueta se practicaba el baño de mar con separación drástica de ambos sexos y a escala de grupito familiar de señoras o de hombres, pero estos siempre por otro lado y lejanos. En ocasiones eran prácticas individuales o minoritarias y por lo que se refiere a las féminas, mayormente entre las de edad madura y casadas ya que de lo contrario —las solteras por ejemplo — no acababa de estar bien visto y se exponían a murmuraciones entre el vecindario. Para las damas se reservaba una zona en la playa de San Telmo del barrio de Triana, desde el atardecer a las prime-ras horas nocturnas, durante los meses de julio a septiembre. Estos baños estaban circunstancialmente algo vigilados por algún agente de la autoridad municipal —que por otra parte en policía de seguridad era muy exigua en efectivos — para reprimir la importunidad de los tunantes, que aprovechaban la ocasión del momento de la preparación para la entrada o salida del baño de las citadas señoras.

En las Ordenanzas Municipales de la Muy Noble y Leal Ciudad de Las Palmas de Gran Canaria y su Término, de 1879, se reglamentaba el funcionamiento de los baños en los siguientes términos:

Art. 130. Los niños menores de doce años no podrán bañarse por ningún punto de las playas de esta Ciudad sino a la vista y cuidado de persona interesada que les vigile de cerca.

Art. 131. No se permitirá que las personas embriagadas ni los dementes se bañen por ningún punto de las playas.

Art. 132. Tampoco podrán bañarse juntas personas de diferente sexo.

Art. 133. Se prohíbe a los hombres bañarse por las playas de San Telmo desde el toque de oraciones hasta las diez de la noche.

Tampoco podrán acercarse a las mismas playas durante las indicadas horas.

Art. 134. Los que se bañaren faltando, en cualquier forma que sea, a lo que exigen la decencia, la honestidad y la moral pública, serán severamente castigados.

Era aquella una época en que cabría hablarse de baños casi a escondidas. Para el chapoteo en los charcos por parte de las señoras —modo frecuente entonces de bañarse las mujeres en el mar— hacían uso de un verdadero traje ad hoc o de un «batilongo» que cubría íntegramente el cuerpo desde el cuello hasta los tobillos, además de llevar encima —por supuesto— la totalidad de la llamada ropa interior, ya que de lo que se trataba era de mostrar o insinuar lo menos posible, es decir nada. En aquel tiempo el vestido de baño femenino era una mera adaptación de los vestidos cotidianos, a base de traje de franela formado por un corpiño ajustado y cuello alto, mangas hasta el codo y faldón hasta las rodillas, debajo del cual iba un pantalón.

Este era el cuadro habitual para los baños de mar en unos localizados puntos del litoral en, o próximos a, los barrios de Triana o Vegueta, no usándose las muy buenas playas de las afueras de Las Palmas como La Laja, Alcaravaneras o Las Canteras, salvo por motivo extraordinario con ocasión de fiesta o celebración especial, día en que una familia o panda de amigos llegaban hasta aquellos alejados parajes y orillas para una jarana. Esta situación se prolongó hasta los años noventa del siglo XIX en que la presencia de cierta cantidad de turistas ingleses, residentes por unas semanas o meses en los nuevos hoteles de Las Palmas, produjo la introducción de cambios en las costumbres locales en cuanto al uso recreativo de la playa y del paisaje marítimo, ya que para los británicos el disfrute de la playa o la práctica del baño de mar eran hábitos bien conocidos desde el siglo XVIII por su fama de virtudes curativas o de terapia comparable a la de los baños de aguas termales. Desde la segunda mitad del siglo XIX se había extendido como parte de la práctica del turismo de ocio en las playas y se repetía tanto en las costas meridionales de Inglaterra (Cornwail, Devon, Brighton, Eastbourne o Hastings entre otros), como en las de Bélgica y Holanda o en el Midi francés y en la Riviera italiana.

A finales del siglo XIX comenzó a verse el vestido de baño femenino compuesto por una túnica y unos pantalones a la turca ceñidos a los tobillos, consiguiendo cubrir casi la totalidad del cuerpo. Con el tránsito al siglo XX los ecos y fama del estilo de vida de ocio elegante y de dulzura climática de las ciudades-balneario de los Midis invernales, mediterráneos u oceánicos, llegaron con cierta intensidad hasta la sociedad local de Las Palmas. En los periódicos de la época —hacia los años de 1900 y siguientes, tales corno El Diario de Las Palmas, España, La Mañana, etc.— con alguna frecuencia se publicaban artículos que se referían a las posibilidades de Las Palmas como «ciudad estación de invierno». Los modelos de Niza, Ajaccio, Cannes, Biarritz, San Sebastián o Málaga, eran presentados como dignos de imitación dentro de las modestas potencialidades de aquí. Fue la época en que se comenzó a contar con un cierto equipamiento hotelero orientado a las posibilidades del disfrute de la playa como del paisaje marítimo o de los beneficios del clima costero, como eran los casos del Santa Catalina Gran Hotel abierto desde 1890 o del Metropole Hotel desde 1893, que si bien no se ubicaban en la mejor de las playas. Las Canteras, sí se establecieron delante y con orientación abierta a la bahía de Las Palmas y su nuevo puerto de La Luz, en construcción, con las playas de la zona de Santa Catalina.

No obstante, con anterioridad a la I Guerra Mundial de 1914, la concurrencia de turistas británicos y alemanes a Las Palmas —que tenía lugar únicamente entre los meses de noviembre y diciembre hasta marzo a causa de los rigores en Europa de la estación de invierno— no era tanto para la práctica de baños en el mar como para estancias tranquilas de evasión del ambiente de la ciudad industrial, como de invalids (o enfermos bronquiales fundamentalmente) que buscaban reparar sus quebrantados estados de salud.

A excepción de los dos hoteles citados, que se establecieron con intención alejados de la ciudad para evitar el ambiente urbano, y del Central o El Rayo vecinos al puerto de La Luz, el resto (The Quineys Hotel, The Imperial, el Cuatro Naciones, el Europa, Colón, Nacional, Inglaterra, París, Bellavista, Santa Brígida, etc.) se localizaban ajenos al mundo del mar o de la playa, bien en el barrio de Triana formando parte del interior de sus calles y plazas o en los pueblos de montaña de Tafira y El Monte Lentiscal.

Desde finales del siglo XIX el número de bañistas que acudían a aliviar sus dolores a las cálidas aguas veraniegas de las riberas atlánticas de Europa occidental o de las costas mediterráneas italianas y francesas aumentaba de año en año. Los baños de mar estaban recomendados muy especialmente a las mujeres de ciudad, que practicaban una vida sedentaria y a los niños pálidos, de piel fina y apagada por los perjuicios de las ciudades industrializadas. Finalizada la Gran Guerra, tras 1918, la relación entre el individuo y el mar conoció una intensa transformación, se pasó de la oportunidad de terapia al servicio de las capas elitistas de la sociedad a un uso recreativo y salutífero por parte de masas urbanas. Con el alargamiento del período vacacional mucha gente comenzó a preferir trasladarse a las playas pero sin necesidad de atender una prescripción medica. Una creciente cantidad de habitantes de las ciudades acudían ahora a las playas,-para bañarse en la estación veraniega, por puro descanso o relajación. La playa y su mar se convirtieron en algo deseado y accesible también para las masas.

Del libro » El mar, la ciudad y el urbanismo» de Fernando Martín Galán. Editado por la Fundación Puertos de Las Palmas.

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