“En el mar no hay pasado, presente o futuro, sólo paz”. Jacques Cousteau

Día de playa: calor. Calimoso

Restos del paraíso

Muchas veces me he preguntado cómo sería la playa de Las Canteras antes de que llegaran los humanos a modificar sus contornos. Tampoco hace falta remontarse mucho en el tiempo para encontrar una playa sin edificaciones en los alrededores y con unos fondos marinos que sin duda tuvieron que ser realmente espectaculares. Uno tiende a veces a vaciar las ciudades de gentes y de edificios y a preguntarse por qué tuvo que ser justamente ahí, y no unos kilómetros más arriba o más abajo, donde decidieran levantar tal o cual barrio o ciudad del planeta.

Con la playa de Las Canteras me pasa algo parecido. No dejo de ponerme a todas horas en la piel del hombre que tuvo la suerte de verla por vez primera. Me imagino que la atisbaría desde el mar, entrando por poniente, o a lo mejor lo hizo a pie viniendo del sur o del norte de la isla. Hablan de que los primeros habitantes de Gran Canaria llegaron del norte de África, pero fuera quien fuera, normando o bereber, portugués o mauritano, no dejo de pensar en qué pudo pasar por la cabeza de quien se encontró de frente con una playa de aguas transparentes y arenales inmensos que casi se perdían en los horizontes de interior.

A veces trato de imaginarme ese momento quitando el cemento y las aberraciones urbanísticas de todos estos años, o suprimiendo las hordas playeras que no dejan un metro libre entre las sombrillas y las fiambreras rebosantes de tortillas de papas y de ensaladillas que huelen a verano. No hace tanto tiempo, como ya he dicho, de la visión casi edénica de Las Canteras. Hay fotografías y grabados de esos tiempos pretéritos en los que el hombre no sé si es que tenía más sensibilidad con las cosas de la naturaleza o es que aún no tenía medios para destrozarla como después lo hizo. Y cuando pienso en el paisaje virginal de la playa me acuerdo también de todos aquellos que vieron con sus ojos el paraíso, o de todos los que aparecen en las postales ajadas y amarillentas sentados delante de unos arenales de los que no nos queda más que el recuerdo y dos o tres testimonios gráficos.

Aquí estuvo hace tiempo el paraíso. Sólo hay que mirar atentamente los restos que aún nos quedan de ese naufragio especulativo para imaginarnos cómo podía ser esta playa hace ochocientos o novecientos años. Si aún sigue siendo capaz de subirnos al séptimo cielo cuando cae el sol de la tarde o cuando nos adentramos en sus fondos marinos, imagínense dónde no llegarían nuestros antepasados cuando se la encontraron virginal e inmensa desparramándose en el Atlántico sonoro con la misma cadencia de las palmeras que circundaban los contornos del Guiniguada. Yo cada vez que me baño en sus aguas hago una especie de viaje astral a ese paraíso perdido que buscamos como locos desde que salimos del útero materno.

Santiago Gil

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