La noche de San Juan siempre ha marcado el verdadero comienzo del verano en la playa de Las Canteras. Mucho antes de que las celebraciones multitudinarias, los conciertos y los rituales inventados se adueñaran de la noche más mágica del año, San Juan ya formaba parte de la memoria de los barrios que crecieron junto a la bahía de Las Canteras.
Los más viejos del lugar recordaban que los chiquillos de La Isleta, Guanarteme y los barrios cercanos tenían una fecha sagrada en el calendario: hasta San Juan no comenzaba oficialmente la temporada de baños. Existía una especie de pacto no escrito que vinculaba el primer gran chapuzón del verano con la llegada de esta fecha, que, en el caso de Las Palmas de Gran Canaria, coincide con el cumpleaños de su fundación como ciudad.
En las décadas de 1930 y 1940, cuando Las Canteras todavía era una playa mucho más tranquila, los días previos a San Juan traían consigo la llegada de los veraneantes. Muchas familias acomodadas de la ciudad se trasladaban a pasar el verano a las casas y casonas de Las Canteras. Antes de instalarse para la temporada estival, aprovechaban para vaciar trasteros, limpiar dependencias y deshacerse de muebles viejos, maderas y enseres inservibles. Aquellos objetos terminaban alimentando las hogueras de San Juan sobre la misma playa, convirtiendo el fuego en un símbolo de renovación y de bienvenida al verano.
Décadas más tarde, en los años sesenta y setenta, la noche mágica seguía teniendo un marcado carácter familiar, de barrio. Las pandillas playeras esperábamos con impaciencia la llegada de la noche de San Juan para celebrar la entrada del verano. Todavía recuerdo las hogueras encendidas sobre la misma arena, el bullicio de los grupos de amigos: las pandillas, las familias reunidas y aquella sensación mágica que acompañaba a la madrugada.
Sin embargo, al amanecer aparecía la otra cara de la festividad. Allí donde había ardido una hoguera quedaban esparcidos clavos, tachuelas, herrajes y restos metálicos procedentes de las maderas quemadas. Era habitual que, durante la mañana del día 24, las propias pandillas de la playa recorrieran la arena recogiendo aquellos restos para dejarla limpia y segura para los bañistas. Aun siendo una celebración mucho más modesta que las actuales, la playa amanecía mostrando las huellas de la noche anterior.
Por entonces, San Juan era una fiesta fundamentalmente de barrio. La playa se llenaba de vecinos, familiares y amigos que compartían comida, conversaciones y alguna parranda. No existían las aglomeraciones actuales ni la enorme afluencia de vecinos que hoy caracteriza la celebración. Era una noche casi íntima, profundamente ligada a la vida cotidiana de Las Canteras, Guanarteme y La Isleta.
Con el paso de los años han aparecido nuevos rituales: listas de deseos, conjuros, baños a medianoche, papeles lanzados al fuego y toda clase de ceremonias importadas de otras tradiciones o impulsadas por iluminados televisivos, que solo hacen ensuciar más el mar y la arena.
La esencia original de San Juan en Las Canteras siempre estuvo vinculada al fuego como elemento purificador y renovador. La hoguera simbolizaba dejar atrás lo viejo para afrontar una nueva vida.
Porque, al final, más allá de nuevos rituales y supersticiones, el fuego de San Juan siempre ha representado lo mismo para quienes crecieron junto a esta playa de Las Canteras: la llegada del verano, el reencuentro con los amigos y la esperanza de que los meses que están por venir sean inolvidables.
Cada año, decenas de miles de personas se reúnen en la playa durante la noche del 23 de junio para celebrar la llegada del estío y el aniversario fundacional de la ciudad, manteniendo así una costumbre que, aunque transformada, sigue conectando a varias generaciones de canarios con su playa.



