“En el mar no hay pasado, presente o futuro, sólo paz”. Jacques Cousteau

Calimoso. Ambiente tranquilo

El velo

Pie de foto: Cráter junto a la antigua prisión militar de La Isleta en una imagen capturada de Google Earth.

Todas las ciudades, pequeñas, medianas y grandes, tienen lugares que son iconos para sus habitantes y para quienes las visitan.

Lugares que, con frecuencia, los artistas han convertido en más refulgentes aún. Las Palmas no es una excepción. Lugares icónicos de esta ciudad son los riscos históricos y las montañas de La Isleta, los unos construidos, las otras naturales. Unos y otras son indisociables de la visión de destacados creadores insulares como Jorge Oramas -su serie de cuadros sobre los riscos- y Néstor -las montañas de La Isleta ocupan la parte superior de su cartel turístico de Gran Canaria-.

Lo que diferencia a Las Palmas de otras ciudades es que tales lugares icónicos son poco transitados por la mayoría de sus habitantes: los riscos, porque solo suelen recorrerlos quienes viven o trabajan en ellos -repartidores, policías, guagüeros, etcétera-, las montañas de La Isleta, porque están dentro de la zona militar de acceso restringido. Este velo añade un plus de iconocidad a Las Palmas.

Una imagen icónica entraña la dimensión de una distancia infinita, aurática, entre quien la contempla y ella misma, por físicamente próximo que esté el contemplador. Es indistinto que esta imagen sea un cuadro, unas montañas, un cartel o unas casitas pintadas de colores. Se trata de una distancia portadora de la dimensión de lo sagrado. A este respecto, lo que, en el orden de la visión, comportan de pasmoso las nuevas tecnologías de la información y la comunicación satelital es que a través suya el contemplador tiene la ilusión de que observa la Tierra como si estuviera en el otro extremo de esa distancia infinita, como si la mirara con el ojo omnisciente de Dios. Así cuando contempla las montañas de La Isleta.

Seguramente ni el mismo Néstor cuando pintó su cartel de Gran Canaria, a mediados de los años treinta del siglo XX, pisó nunca las montañas de La Isleta, puesto que éstas quedaron dentro de la zona que fue expropiada por el Ejército durante la Guerra de Cuba. Desde entonces, salvo los militares -y los civiles con el correspondiente permiso-, son pocos los habitantes de Las Palmas que han podido observar cada palmo de este lugar. Antes de Google Earth existían imágenes a disposición de todos los ciudadanos, pero lo que esta herramienta cambia en la percepción de la ciudad es extraordinario: ahora podemos inspeccionar cada pulgada de esta parte de la urbe, pero sólo como si esta zona de acceso restringido de La Isleta se hubiese mezclado con un mapa, como si ambos fuesen indisociables. Algo concreto y abstracto a la vez. ¿Cuántas hendiduras hay en el cráter que está junto a la antigua prisión militar? Los geógrafos, los geólogos, los topógrafos y demás expertos en los saberes del territorio podrán decirlo con la sola ayuda de su memoria. Un lego, pongamos que un periodista, por muy habitante de esta ciudad que sea, ni siquiera se atreverá a aventurar si estas marcas con aspecto de impactos de meteorito son de origen volcánico o son huellas dejadas por bombas lanzadas durante maniobras militares.

Mucho menos podrá contestar a la pregunta con la que comienza este párrafo. A no ser que se conecte a Google Earth. Entonces su mirada irá de Las Palmas a un enjambre de satélites fijos y geoestacionarios, contemplará como surge la Tierra de la oscuridad, se aproximará a Las Palmas, a la zona militar de La Isleta -algo difuminada en la imagen, es verdad, por imperativo de seguridad militar- y contará junto a la antigua prisión militar no menos de treinta hendiduras. Todo ello en lo que tarda en mover el ratón de su ordenador. ¿Hay alguna construcción aislada en la falda de la montaña del faro de La Isleta? Una inspección ocular apresurada en la pantalla revela la presencia de al menos una. Experiencia tecnológicamente sublime, en este breve paseo por la zona militar de La Isleta a través de Google Earth, Las Palmas resulta especialmente bella y la Tierra, definitivamente, marciana.

Foto: GRAFCAN

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