El escultor recuerda cómo fue su infancia en la playa de Las Canteras
Martín Chirino (Las Palmas de Gran Canaria, 1925) afirma que de niño quiso «mover el horizonte” y que en aquel tiempo fue “un hombre medio pez”, magníficas imágenes para llevarnos a la playa de Las Canteras de su infancia, en la primera mitad del siglo XX. Su relato habla de aventuras infantiles en un entorno sin domesticar, de soledad y de un viento que levantaba “espirales de oro”. El escultor se deja entrevistar en pleno paseo, muy cerca de dónde estuvo su casa familiar, y no muy lejos de la fundación que lleva su nombre.
– Le veo un poco disgustado con lo que se ha construido por aquí…
-No está mejor de lo que era, era más bonita cuando era desértica.
-¿Cómo era la playa idílica, la playa de su infancia?
-La playa de mi infancia no estaba masificada, pero ni siquiera eso. Era otra sociedad, otro comportamiento de la gente. No era multitudinaria , todo el mundo no venía a la playa, había personas que podían vivir dos calles más allá y en su vida bajaron a la playa, cosas de ese tipo podían suceder: pero eso tiene que ver mucho con la idiosincrasia del canario. Cada persona es una isla y se encierra.
-Pero no fue su caso, usted fue un niño que sí bajaba a la playa.
-Yo nací aquí y viví toda mi vida aquí. Yo era un hombre medio pez, igual que mi hermana, estábamos todo el día nadando. Si tu vives en el campo, tienes una casa con jardín; si tu vives en la playa, tiene una casa con el mar. Toda nuestra imaginación se desarrollaba con lo que íbamos a hacer en el mar.
La Barra
“Teníamos una chalana, teníamos una yola; si no, la fabricábamos. Íbamos a la Barra, volvíamos de la Barra. Aprendimos a sortear todo el peligro. Alguien nos dijo: ´Tengan cuidado que la mar es peligrosa’. Siempre nos lo decían, pero eso mismo nos llevaba a investigar.
Una vez fui a la Peña del Peligro, una peña que hay a medio camino entre la orilla y la Peña la Vieja. Después, el día que llegué a la Peña de la Vieja fue una proeza para mí y para mi hermana.
“Cuando ya fuimos a la Barra, eso ya era la locura, conocíamos un camino que casi íbamos andando en la bajamar. Y salir a la mar abierta, eso fue un triunfo.
-¿Qué quedó de todo eso en su obra?
-Era siempre el mar, el mar tiene personalidad. Mi tierra también es el mar, no solo es sólida también liquida. Un mar que me planteó un horizonte que yo quise mover.
Las espirales de oro
De pequeño me tiraban a la playa y cuando soplaba el viento y se levantaban las espirales de oro que iban hacia el cielo, yo siempre miraba y decía, por qué no se mueve el horizonte, porque yo quería saber qué es lo que había detrás.
Es angustioso vivir en un lugar en donde no teníamos los medios de comunicación ni de transporte que tenéis hoy. Había un correillo que venía cada siete días y siempre lo estábamos esperando. Íbamos como locos al Puerto para verlo, no había otra cosa.
Manolo Millares decía : ‘A las tres de la tarde no vamos a ningún lado porque zumban las moscas’. Se oía el zumbido de las moscas.
Tenéis que pensar que era una tierra casi deshabitada. Nosotros ahora mismo estaríamos bajo una duna. Las dunas crecían aquí donde estaba maestro Antonio, y a partir de ahí seguían y llegaban al Metropol. La iglesia del Pino, yo no sé por qué locura la hicieron ahí en medio, estaba allí despistada.



