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“Qué inapropiado llamar Tierra a este planeta, cuando es evidente que debería llamarse Océano”. Arthur Clarke

Temperaturas agradables. Intervalos de nubes y claros. Luna llena 

Amarre en el tiempo

Foto: Torpedo G 7, filiado como fabricación española y que pudo ser construido por los nazis para hundir buques aliados durante la Segunda Guerra Mundial.

 Acaso uno de los museos menos conocidos de Las Palmas sea, para propios y extraños, el Museo Naval de Canarias. Y ello pese a que, por estar emplazado dentro del Arsenal, se encuentra en uno de los ejes de la ciudad, en la confluencia de la avenida Mesa y López, la calle León y Castillo y la Bahía de La Luz. Y, a que, pese a formar parte de un recinto militar, es accesible para la ciudadanía que solo tiene que pasar un pequeño trámite de control. Una visita a este espacio con atención saltarina, no sujeta a narraciones lineales, sin más tutores que las fluctuaciones de la mente, es una experiencia estimulante. No sólo, entonces, por las dudas sobre el origen de uno de los torpedos expuestos, si construido en España, como dice la cartela, o por la Alemania nazi, como se apuntará al final de este reportaje.

Ciertamente, todo lo que tiene que ver con el universo de la navegación tiene un plus de ensueño, puesto que un barco es un pedazo de espacio cerrado sobre sí mismo en la inmensidad oceánica y desde tiempos remotos la humanidad se ha representado la totalidad del mundo con imágenes de navegación. Los instrumentos para calcular, registrar y visualizar la realidad líquida circundante son a este respecto poderosos detonantes de la imaginación: artefactos para medir la declinación solar y la posición de las estrellas, los vientos y las corrientes marinas, la distancia recorrida y la restante; barógrafos, repetidores de giroscópica, plomadas, círculos de marcar… Sin duda, de entre las herramientas náuticas que han quedado obsoletas, la pequeña colección de sextantes de la Base Naval es una de las que más atrapa la mirada de los legos en el arte de marear. Nada más tomar contacto visual con ellos, la memoria trae a flote infinidad de evocaciones, desde Malaspina durante su circunnavegación del globo, midiendo la altura de los cuerpos celestes sobre el horizonte marino, hasta el Capitán Nemo, en un pasaje de la novela de Verne, que fija la situación del Nautilus, de pie, en el exterior del submarino emergido.

En su reducción de escala, las maquetas aventan en el espectador fantasías infantiles de control del espacio y de desvío del tiempo, y en el repertorio cuasi infinito de estas reproducciones en miniatura, las de buques antiguos ocupan un lugar principal. Así, algunas de las que exhibe este discreto museo, como la del bajel San Felipe, del siglo XVII, o la del bergantín Candelaria, del XVIII. También la del navío de línea San Juan Nepomuceno. Éste último, según la información que se ofrece al visitante, participó en la batalla de Trafalgar. Naturalmente, aprovechar la mención de aquel hecho de armas para traer a colación a Galdós y al célebre episodio nacional que le dedicó resultaría del todo gratuito si no es porque, junto a la maqueta del San Juan Nepomuceno, este lugar de amarre en el tiempo muestra mediante fotografías el aspecto que tenía a finales del siglo XIX la zona de la Base Naval –construida en 1943-, y entre las pocas viviendas existentes entonces se encuentra la que tenía la familia Galdós, en la que se alojó el escritor durante su estancia en la isla en 1894.

Un traje de buzo con escafandra erguido sobre la esquina de una galería como ésta es una invitación a descender hasta niveles atávicos de la memoria, en tanto que una baraja con señales para la enseñanza naval induce a recordar que entre la ciencia óptica y los trucos de magia hay juegos constantes de reenvíos. Si estos naipes, por ello, provocan la sonrisa, la pipa marinera rescatada del vapor Alfonso XII, naufragado en la Baja de Gando en 1885, produce en cambio en quien la observa una tensión minúscula asociada a la confrontación con lo insondable de la propia vida y a la prefiguración de la propia muerte.

Algo de este orden, pero inscrito en una historia de mayor alcance para la reconfiguración geopolítica del mundo, se transmite a través de un pequeño trozo de tela con desgarros y manchas de humedad custodiado en otra vitrina: un fragmento del mantel de la cámara del comandante del cañonero Guantánamo, utilizado como bandera blanca para parlamentar con la armada norteamericana al término de la Guerra de Cuba. Aquella primera contienda perdida por una nación europea frente a una potencia de otro continente y que convirtió a Canarias en una de las últimas fronteras exteriores de España.

Y, bien, la historia del torpedo: el reportero no ha hecho su visita solo, sino acompañado por el experto en arqueología militar Artemi Alejandro-Medina, quien, junto al historiador Juan José Díaz Benítez, ha rastreado el origen de este proyectil, el más grande de los dos expuestos. La cartela que porta indica que se trata de un torpedo G 7 de fabricación española, del mismo tipo del que usaron algunos submarinos alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Con todo, para ambos investigadores es altamente probable que éste sea también un artefacto alemán. Literatura hay que acredita la colaboración de la España franquista con los nazis durante aquella carnicería global, y en primer lugar el libro del propio Díaz Benítez Canarias indefensa: los proyectos aliados de ocupación de las Islas durante la II Guerra Mundial. En algunas de estas páginas se cuenta como en las aguas que circundan Las Palmas se aprovisionaba en secreto a submarinos alemanes, y, según explica Alejandro-Medina, durante el conflicto se desembarcaron en la isla cinco de estos torpedos de un total de cincuenta previstos. Pero, según cuenta el arqueólogo, al concluir la contienda y hacerse inventario de los mismos en los polvorines insulares, faltaban al menos dos. Probablemente, entonces, dice el arqueólogo, estos proyectiles perdidos fueron suministrados a los alemanes para hundir buques aliados. El resto no están localizados, al menos para los historiadores, salvo éste G 7 que, oculto su origen nazi para rebajar la tensión con los vencedores de la guerra, permaneció oculto en algún almacén. Así hasta que hoy, tras tantas vueltas del mundo, se exhibe como inofensivo objeto de colección en un silente museo.

 

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