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“Vive bajo el sol, nada en el mar, bebe el aire salvaje”. Ralph Waldo Emerson

Se espera un domingo con nubosidad variable, agradable 

Barquillos de canela

Para mirar hacia atrás probé a cerrar los ojos, y entonces, curiosamente, se avivó el brillo de los colores almacenados en mi memoria. El mar, el cielo, la arena, las distantes montañas, pero también las sombrillas, las toallas, todo lo comprendido en mi recuerdo, adquirió una esplendente tonalidad mágica. También, claro, la ropa blancamente inmaculada del vendedor de barquillos de canela. Era evidente que lo estaba viendo todo con los ojos de mi infancia, ojos nuevos aprehendiendo aún la belleza de la vida con insaciable avidez.

Y el recuerdo pasó a abarcar también las sensaciones, el rumor del mar mezclándose con la vida bullendo alrededor, y ahí ya me atrapó de lleno el pasado, brotando inagotable e inabarcable para, al fin, desplegarse ante mí con el verismo de un eterno presente.

Salgo del agua y corro hacia la sombrilla. En llegando me dejo caer sobre la caliente arena que abrazo y me abraza, anticipando su caricia un porvenir aún ni siquiera intuido. A mi alrededor mis amigos ejecutan el mismo ritual, dejándose amodorrar al cálido tacto de tan dorada amante. Bajo la alargada protección de aquel casi perpetuo verano de nuestra infancia no existía, no podía existir la pena. Al decir del poeta, habitábamos nuestra auténtica patria, la niñez.

De pronto, abriéndose paso entre runrún circundante una voz flota en el aire ofertando su mercancía, y entreviendo de nuestros mayores la intención de hacernos aún más grata la existencia, corremos como gacelas hacia el agua donde, al menos, nos remojamos las manos para ser parte acreedora en el reparto de barquillos de canela. Junto a la sombrilla está el vendedor que tras plegar el plástico que cubre la cesta de crujientes, ricos barquillos, hace entrega de un abanico de éstos.

Comer los barquillos sin que se rompieran viendo desaparecer en la arena un preciado trozo era un arte a desarrollar. Hace muchos años que no he vuelto a probar uno de esos barquillos, pero aún puedo rememorar su sabor e incluso con ese especial añadido que le aportaban nuestras manos salitrosas.

Había entonces dos vendedores de barquillos. Uno de ellos era ese señor que todos recordamos hasta hace pocos años recorriendo la playa desde la Cicer hasta la Puntilla. Empezó con un cilindro que llevaba como una ruleta en su parte superior, para pasar años después a la cesta. El otro vendedor era el portugués, que siempre llevó cesta. Orondo y de blanco con su sombrero haciendo juego, iniciaba su recorrido en dirección inversa que el primero.

Pero hubo un día que aunque a priori prometía ser como otro cualquiera, con su jubilosa cadencia ensanchando nuestras vidas, desgarró aquel tan especial edén veraniego. Pudo ser que estuviera yo sentado bajo la sombrilla saboreando el contraste que ofrecía su resguardo del dorado astro, tal vez jugando al clavo o, una vez más, haciendo el amor con la arena, o quizás con la mirada perdida en la lejanía esperando la visita del barquillero; pero recuerdo que los adultos que nos acompañaban comentaron una noticia que recogía el periódico en la sección de sucesos: habían matado al portugués.

A veces, ya con los ojos abiertos, sentado en las inmediaciones en que solíamos ponernos en la ya lejana infancia, si atrapado por aquel runrún circundante que sigue siendo el mismo, y después de perder mi mirada en el mar y el cielo miro hacia mi derecha, me parece ver aparecer entre la gente, cual espejismo del ayer remoto, la oronda figura de blanco inmaculado con su sombrero a juego. Y entonces caigo en la cuenta de que sí, también en el paraíso existió la pena.

Texto: Juan Morales.

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