“Hombre libre, siempre querrás al mar”. Charles Baudelaire

Las Canteras protagoniza la nueva novela de Santiago Gil.

Las derrotas cotidianas se desarrolla en el entorno costero capitalino con constantes referencias a la playa y a la Avenida.

La nueva novela de Santiago Gil, Las derrotas cotidianas, convierte a la Playa de Las Canteras en el escenario central de la trama. El último libro del escritor grancanario, editado por Anroart Ediciones, se desarrolla esencialmente en la calle Portugal, en una casa con vistas a una playa y a una avenida por la que deambulan los principales protagonistas de la trama. Quienes se acerquen a este libro podrán disfrutar de una novela urbana que convierte el escenario costero capitalino en un lugar de ficción universal. A continuación les presentamos uno de los muchos extractos de la novela que tienen a la playa de Las Canteras como gran protagonista:

“Quiere echarnos a la calle. Sabe que por el ático, una vez arreglado, le pueden dar un dineral. Mi madre paga una miseria de alquiler de renta antigua, y mientras no nos den una casa de Protección Oficial no puede echarnos. Lo ha intentado muchas veces, algunas utilizando arteras maniobras, y casi siempre amargándonos la existencia, pero no ha podido, aunque a nosotros, la verdad, no nos han faltado nunca ganas de marcharnos. Hay días en que sólo con entrar por la puerta de la calle ya me da un brinco el corazón y se me pone un nudo en el estómago. Mi madre lo lleva peor, no me dice nada, pero hay noches que la escucho llorar y maldecir quedamente al canalla del Bajo. Así y todo canta, siempre canta. Lo hace cuando sabe que han salido los indeseables, y si están ellos cierra la puerta y trata de tararear las canciones muy bajito, coplas y boleros, temas conocidos de otros tiempos, y también cosas de Alejandro Sanz o de Luis Miguel. Cuando ve en televisión al cantante mejicano pone la misma cara que pondría cualquiera de mis amigas de dieciocho años. A mí me gusta más Alejandro Sanz, pero yo no canto. A mí no me gusta cantar. Mi madre tiene 47 años, pero parece más joven, todo el mundo le echa mucha menos edad de la que tiene. Se llama Pino. Mi padre también me quería poner Pino, pero al final me acabaron poniendo Mariola, Mariola Marrero.

Mi madre casi siempre canta mirando hacia donde está el mar. Desde la azotea tenemos unas vistas espectaculares de la playa de Las Canteras y cada tarde nos quedamos como dos tontas mirando los colores del crepúsculo y las siluetas iluminadas del Pico de La Atalaya y del Teide. Todos mis recuerdos se asocian al arrebol de la tarde y al olor del salitre y las sebas que a esa hora huelen como a rosas muertas. También me gusta bajar a caminar a la playa, sobre todo cuando acaba de amanecer o cuando al caer la tarde están los gaznápiros del Bajo Exterior vigilando nuestros movimientos. A veces, si la marea está alta y apenas puedo caminar sin descalabrarme los tobillos y las rodillas, estoy mucho tiempo sentada justo delante de la orilla dejándome llevar por el sonido de las olas y por todo lo que me sugieren los lejanos horizontes en los que se pierden los barcos y los sueños. Para mí el mar lo es casi todo. No soy guapa ni he tenido suerte en amores. Mi madre, cuando le decía que mis amigas me llamaban fea y machona, o que los chicos de la pandilla no paraban de hacer bromas a mi costa, siempre me decía que dejara que pasase el tiempo, que estaba en una etapa de desarrollo en la que se producían grandes cambios y no pocos milagros. Luego me decía que sí era guapa, pero que aguardara a que el tiempo pusiera las cosas en su sitio y sacara para fuera toda la belleza que había dentro de mí. Yo a veces no la entendía, y hasta pensaba que se le había ido un poco la cabeza. No me daba razones, y todo lo más me recomendaba que mirara mucho el mar y que aprendiera a reconocer en él los secretos de la existencia.”

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