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Ser playera de la playa de Las Canteras. Fonsi García: «Mi vida discurre en una playa que amo, a pesar de sus cambios».

Recorrido vital por la playa de Las Canteras a través de los recuerdos de una “playera de toda la vida”, que reconstruye su infancia, juventud y madurez ligadas al mar. Desde los baños en la zona del antiguo Reina Isabel hasta la observación actual del deterioro ambiental, el relato combina memoria personal, vida cotidiana y una reflexión sobre los cambios físicos y sociales del litoral. Un testimonio íntimo que reivindica la relación profunda entre la ciudad y su playa.
Fonsi en los años 80

Era muy pequeña, tendría cinco años, y mi vida era ir a la playa por la zona del Reina Isabel, antes el antiguo “Palace”. En vacaciones de verano traía locos a mis padres: me gustaba nadar y diariamente estaba dos horas en el agua; salía azul. Mi pasión por el mar marcaba mis días. Con los años, ya con unos trece aproximadamente, recuerdo tirarme del Muro Marrero. Nadar y subirnos a las balsas era toda una experiencia de “Robinson Crusoe”. Lo más impactante que recuerdo fue un eclipse total de sol. Nos tiramos al mar sobre las doce del día; oscureció rápidamente y se hizo de noche. Espectacular.

La playa era divina. Teníamos arrecifes y rocas donde, entre jacas y cangrejos, las superficies estaban revestidas de capas espesas de algas verdes, en las que muchísimas veces resbalé. La gente era maravillosa: había una gran educación y una gran bondad. Las casas no se cerraban; podíamos entrar y salir de las casas de nuestros amigos sin fronteras. Había varias pandillas entre el Reina y Grau Bassas. Jugábamos al zapatito escondido, al clavo y teníamos muchas tertulias por las tardes.

Tengo muchísimas anécdotas. La más significativa era que prometía a mi madre que no iría a Los Lisos por las tardes en época de vacaciones. Ella, cariñosamente, me vestía con trajes almidonados y yo, con mis amigas, me tiraba en la piscina de Los Lisos. Cuando llegaba a casa, recurría a mentiras piadosas: “Mamá, me resbalé en las rocas”. Hasta que un día me espiaron y se me acabó la aventura. A partir de entonces decidieron dejarme con bañador por las tardes. Aquella fue una de mis batallas ganadas a mis padres, aunque me castigaron muchísimas veces sin dejarme nadar durante el día.

Casi todo en mi vida ha estado ligado a la playa. Aún hoy mi vida discurre en una playa que amo, a pesar de sus cambios, y seguimos reencontrándonos entre las 13:00 y las 16:00 con gente buena y agradable, aunque cada vez quedamos menos. Los arrecifes están enterrados en arena, la fauna casi ha desaparecido, pero cada día contemplo cómo una diminuta vieja o una fula hacen enormes esfuerzos por tomar una lámina de algas: algo grandioso. Recomiendo a todos que utilicen gafas y, en sus baños diarios, observen el principio de la vida y su fauna; solo el conocimiento nos hará libres y luchadores por nuestro entorno y por la recuperación de nuestra fauna y ecosistema. También observo la cantidad de plásticos en los fondos marinos.

Fonsi, a la izquierda, con una amiga, en El Charcón. 2016.

La playa y el paseo, en la actualidad, los veo mal: sin vigilancia, con malos modos, falta de ética; el vil metal ha reemplazado muchos valores. No me gustan las farolas tipo polideportivo. Urge una extracción de arena. Los edificios parecen nidos intentando alzarse hacia la nada: sus fachadas carecen de estética y de colores pasteles suaves acordes con una playa. El Barranco de la Ballena fecaliza la bahía cuando llegan las lluvias. Los barrios colaterales están sucios, ennegrecidos por el CO₂ de los coches. Mi ilusión y convicción es declarar Las Canteras y El Confital como reserva natural: es el único pulmón de oxigenación de una ciudad donde ver algo verde es una odisea. Plantaría flora autóctona en la playa y en todas las zonas de ocio. Los restaurantes y terrazas, en muchos casos, están sucios y sin estética, y las farolas no permiten ver las estrellas como antaño.

Para quienes la disfrutamos, el mar sigue inyectándonos optimismo y alejándonos de la temida depresión, pero las diferencias con el pasado son muchas. Antes jugábamos en la playa y en el parque de Santa Catalina y Triana, íbamos a guateques en Vegueta, no teníamos miedo de caminar por las calles y no existía la violencia actual. Éramos felices sin videojuegos, ordenadores ni móviles. Jugábamos, hablábamos y nos impregnábamos de lecturas que marcaron nuestra personalidad. Con veinte pesetas a la semana éramos felices: chuches, altramuces, chufas, helados en el carrito de Tomasito, caramelos ingleses. Nunca decía que estaba aburrida. Respetábamos a los mayores; al entrar en casa de familiares o amigos, lo primero era saludar a los abuelos con alegría.

Considero imprescindible mejorar la vigilancia, extraer la arena sobrante, cambiar la iluminación, renovar el mobiliario de terrazas y ofrecer servicios de calidad a precios razonables. Apostaría por farolas al estilo de La Concha de San Sebastián, por balnearios o cabinas, por espacios para mayores donde puedan reunirse, por mejorar las fachadas del paseo, por desviar el Barranco de la Ballena en La Cícer, por instalar maceteros con tuneras, controlar el agua, sancionar la pesca furtiva, repoblar la fauna marina y eliminar el botellón del Parque de la Música. También facilitaría la llegada de nuevos negocios vinculados al mar y al comercio de calidad.

Me preocupa el futuro: la posible desaparición de la fauna marina y la pérdida de oxigenación del mar. Habrá menos oxígeno y más evaporación; ya hemos vivido humedades relativas muy bajas, cuando lo normal es otra cosa, y una mayor salinidad poco habitual en el norte por efecto de los alisios. Todo ello puede afectar a la salud. La solución pasa por actuar ya: menos estudios y más medidas, retirar la arena sobrante, controlar las riadas del Barranco de la Ballena y los vertidos de la costa norte, sancionar a quienes contaminan y concienciar a la población de que nos jugamos el presente y el futuro.

Si nada cambia, imagino una playa muy deteriorada: mucha arena, poca agua, teniendo que nadar más allá de la barra y, casi, con oxígeno a la espalda para poder caminar.

Una joven Fonsi posa en la Playa Grande
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