“Hombre libre, siempre querrás al mar”. Charles Baudelaire

Pregón de las Fiestas del Santísimo Cristo Crucificado 2007. ” El espíritu del barrio”.

Buenas noches y muchas gracias por esta invitación para ser el pregonero de las Fiestas del Santísimo Cristo Crucificado.

Es muy probable que algunas de las personas mayores que se encuentran aquí, no saben quien soy, seguramente si les digo que soy el hijo pequeño de Lola Chirino, enseguida me recuerdan.

Esas personas que ahora saben quien soy, han escrito gran parte de la historia de esta Parroquia. Cuando yo era pequeño, el barrio estaba formado por grandes familias, no me atrevo a nombrar ninguna por miedo a olvidarme de otras, pero todas eran grandes, no solo porque eran numerosas, sino porque juntas formábamos una gran familia, por aquellos años las casas tenían las puertas abiertas, la madre de un amigo me vigilaba para que no cruzara la calle, muchos niños merendábamos, sin avisar, en casa de Pilarito Monzón, hacia unos bollos de nata riquísimos y, en el patio, tenia una pila de agua fresca.

Durante la Fiesta del Cristo, la Iglesia se prepara para la ocasión. Los niños participábamos en carreras de bicicletas, en el solar de los Momos ponían casetas de tiro. Los jóvenes jugaban a la cucaña, a la merienda de chocolate con los ojos vendados. Pero, lo más divertido eran las carreras de burros y las peleas de lucha canaria en la playa.

Don Francisco Caballero, por entonces el párroco de esta Iglesia, era una persona muy entusiasta y con ganas de trabajar por el barrio. Con el apoyo de todas las familias emprendió el proyecto de hacer un colegio y un club parroquial. Gracias a su empeño y a la colaboración de los vecinos, la Parroquia pasó a jugar un papel importante en la vida de todos nosotros. En pocos años el reto se consiguió y los jóvenes del barrio tuvimos un colegio, un gimnasio y un club social donde reunirnos.

También, por aquellos años en los que yo era un niño, muchas familias comenzaron a mudarse y de la noche a la mañana sus casas se convirtieron en apartamentos, comenzaba en el barrio la época del turismo.

A veces me encuentro con amigos de aquellos años y, a pesar del tiempo transcurrido, todavía se sienten de este barrio e incluso algunos de ellos han vuelto. Todos coinciden en que aquí siempre tendrán verdaderos amigos.

Los años siguientes, durante mi adolescencia, los recuerdo como de esplendor, la influencia del turismo fue muy intensa pero el barrio no perdió su identidad, se adaptó a los nuevos tiempos. Aunque, por motivos de seguridad, las puertas de las casas no estaban abiertas para ir a merendar sin pedir permiso, todos nos conocíamos y la amistad entre nosotros se consolido, cada vez éramos menos pero más unidos y dispuestos a ayudarnos.

Cuando pasó la fiebre del turismo, muchos apartamentos se reconvirtieron en pisos y se mudaron al barrio nuevos vecinos que, por lo general, se quedaban sorprendidos con la sensación de barrio que percibían, enseguida entablan conversaciones y amplían el círculo de amistad.

Hoy en día, el barrio sigue en su proceso de cambios, las nuevas construcciones siguen trayendo a personas que lo sienten y se integran con facilidad aportan nuevos valores.

No cabe duda que para que exista un barrio durante tantos años y alcance la grandeza que el nuestro tiene, no es solo porque viven personas, tenemos algo muy importante: el espíritu de barrio.

Un espíritu que se ha ido transmitiendo de generación en generación. Mi madre, le dice a mis hijos lo mismo que me decía a mi: “no hables mal de nadie”. Lilita, que en paz descanse, me enseño a tratar a las personas con ternura, siempre estaba dispuesta a ayudar en silencio sin pedir nada a cambio; para ella, todos éramos iguales. Don Emilio, me enseño a vivir con humildad, siempre le quitaba importancia a las cosas y se ría contándome historias de las boberías de los “niños litres”, que miraban a los demás por encima del hombro. De mi amigo el alemán, Wolf, aprendí lo fácil que es evitar las discusiones y lo que bonito que es alegrarse cuando a los demás la vida les sonríe. Eduardo, en la playa jugando a las raquetas, me enseño el significado de compartir buenos momentos. Wuiso y Paco Reyes, me regalaron su amistad nadando en la playa. Así, podría seguir nombrando a personas y anécdotas que me han inculcado los valores del espíritu del barrio.

A largo de los años, con la llegada de nuevos vecinos, los valores del barrio se han enriquecidos, es agradable convivir con personas procedentes de cualquier lugar de la Islas o ciudad del mundo sin perder nuestra identidad, estamos abiertos a los nuevos tiempos y eso es porque entre todos mantenemos viva una llama.

Para no alargar más este pregón, les deseo unas buenas fiestas y que este espíritu del barrio del que les hablado, esté presente en esta celebración en honor al Santísimo Cristo Crucificado.

Por último, quisiera darle las gracias a Don Antonio, párroco de esta Iglesia, al Comité Organizador de las Fiestas y a todos ustedes por asistir a este pregón.

José Boza Chirino

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