“Hombre libre, siempre querrás al mar”. Charles Baudelaire

Los 2 relatos ganadores del 1º Concurso de Historias Navideñas www.miplayadelascanteras.com

1) Autor: Montse Fillol. Título: “Las dos orillas”

Llegó el mes de diciembre y se posó como una mariposa sobre la playa de Las Canteras. Me cogió desprevenida su ala fría. Con todo y ello intentamos un baño y hasta dos en plenas navidades. Estamos locos, nos volvemos casi nórdicos. La corriente del fondo es distinta en esta época. Limpia y transparente barre con fuerza. Me sumerjo, huyo del ruido y las prisas. En el fondo la vida es más sabrosa. Cruzo una mirada con un sargo huidizo, que me interroga ¿dónde estás y hacia dónde vas?. Lo ignoro. Una morena me seduce. Hago caso omiso a su oscura sonrisa. Como bicho humano entre el sapiems y el floriencies, no quiero reconocer, ni siquiera pensar que de manera inmediata sólo quiero alcanzar la orilla. ¿Por qué si tenemos el presente, la vida vamos a recordar el pasado ? Llegamos exhaustos a la orilla. Una ola y otra casi nos arrastra. Sin embargo, el sonido es el mismo de otra playa, de otro tiempo, de otro país donde hicimos otra vida. Allá por el mar Caribe la luz es la misma en esta época, cortan los azules de manera implacable. Alguien nos echa arena en la cara. Veo a mi hermano, todavía un niño, me veo a mí misma pescando un sargo similar al que ahora respeto. Dejo que una morena se enrosque en mi temible anzuelo. Mis padre son jóvenes, charlan despreocupados en bañador. La ola me mueve un poco más. Me veo ya adolescente metida en el agua, enfriando amores. No veo más allá de mis egoísmos. La ola siguió haciendo de brújula de mi vida, empujándome a otra orilla. Siempre cercana y atenta, aquí y allá. No sé por qué en navidad parece que su rumor es más fuerte. No sé por qué se me antoja su caracola más sonora. Abro los ojos un instante para saber que estoy en otra orilla, y sin embargo, la misma orilla.

2) Autor: Lidia Ramírez Mesa (Liria). Título: “Recuerdo dulce”.

Cada surco de tu cara labrado y vivido, arrugas dibujadas por tus noventa años, tus ojos pequeños y expresivos que dicen todo de ti, semblante tranquilizador sin nada que reprocharte, sin reprochar nada a nadie, o al menos a mí. Al mirar esta foto puedo verte y deseo volver corriendo contigo a la isleta, sintiendo como la sal de la orilla se posa en mi cuerpo, pisando descalza la arena de la playa de las Canteras, para llegarme al anochecer hasta la que era tu casa, y revivir aquellos momentos.

Ya tenías la masa preparada y bien abrigada en el lebrillo, jugábamos a la ronda para que me ganaras una vez más y me dejabas dormir en la cama grande. Al clarear la mañana se sancochaban y se machacaban las batatas de Lanzarote, tiernas como tu presencia, y preparábamos esa dulzura de truchas que nadie hacía como tú. Teníamos ajetreo para rato, extender la masa, cortar con la taza de cristal, poner el relleno, cerrar, y dibujar con el tenedor las miles de rayas que me enseñaste a hacer.

No tenías ningún problema en decirme que deshiciera ésta o la otra, te gustaban bien hechas, y así lo aprendí de ti. Tus ires y venires de la mesa a la cocina preparando aquella enorme y honda sartén, con el aceite bien caliente empezabas a meterlas poco a poco, dándoles la vuelta con todo cuidado, y las truchas friéndose en aquel mar hirviente, mientras permanecías muy atenta para que estuvieran en su punto, bueno, en tu punto, crujientes. ¡Y el buen olor abuela!, hummmmm, ¡delicia de olor!. Preparabas tanta masa y tanto relleno que llenábamos latas y latas, para la familia y cercanos. Así era tu Navidad, y el olor, el sabor y tu presencia vuelven cada año a pesar de tu ausencia.

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