“Cuando dos caminos se separan… toma aquel que se dirija a la playa”. Hannah McKinnon

Miércoles de playa

Mery Malde ” A mí me inspiran las personas, la vida”

La poeta Mery Malde nació en El Refugio y pasó toda su niñez en Las Canteras. Actuó como primerísima vedette en los escenarios más importantes de Las Palmas de Gran Canaria a principios de los cincuenta, llenando con gran éxito el Teatro Pérez Galdós, el Teatro Cuyás y el Teatro de los Hermanos Millares, en el Puerto. En este último, quiso despedirse del mundo artístico con la revista “Bongó”, con el agradecimiento y el cariño que tuvo siempre al lugar donde había nacido. Entre los premios y reconocimientos que ha recibido, hay que destacar el “Premio Ondas 1979” y recordar que este máximo galardón de la radiodifusión española fue concedido por “unanimidad” al programa radiofónico nocturno “La Voz de los Poetas”, del que Mery Malde formaba parte activa. Alguien dijo de la poeta canaria que siempre que recita, parece que le canta a su Playa de las Canteras, pero yo la escucho ahora y su verso me sangra el alma, algo hay en su profundidad que sobrecoge y, sin embargo, me vacía de dudas. Aquí estoy, atenta, aprendiendo, en frente de esta mujer que es una roca de misterio, amor y fe.

T.- Mery, tú naciste en El Refugio, ¿podrías contarnos algunos recuerdos de tu infancia en Las Canteras?

M. M.- Sí, yo nací en el nº 12 de El Refugio, y siempre estuve en la playa. Una hermana mía en el cuadril y el otro de la mano.

T.- ¿Haciendo de hermana mayor?

M. M.- Yo era los pies y las manos de mi madre.

T.- ¿Eran muchos hermanos?

M. M.- Nosotros éramos cinco. Tres hembras y dos varones. Gracias a Dios, me vive uno.

T.- ¿Y sabías nadar a esa edad?

M. M.- ¡Todo el mundo sabía nadar!

T.- ¿También las niñas sabían nadar?

M. M.- ¡Por subsistencia! (nos reímos) Porque íbamos a la Peña, a la Peña del Pastel… íbamos a La Barra… pero como se lo dijeran a mi madre… mi madre levantaba por el remo, porque aquello no era una mano… mi madre tenía unas manos divinas, pero eran así… Mi padre jamás me puso la mano encima. Mi madre era mi padre y mi madre. Allí quien llevaba el peso de todo era mi madre. Ella era modista, yo vi siempre a mi madre trabajando en la casa. Tenía a los padres con ella, pero ella no decía nunca “tengo a mis padres conmigo”, sino “yo vivo con mis padres”, porque si se lo oye mi abuela, mi madre escupe los dientes.

T.- ¿Y te acuerdas de la Caseta de Galán?

M. M.- Sí.

T.- ¿Cómo era aquel ambiente? ¿Se reunían intelectuales? ¿Qué tipo de personas acudían allí? ¿Iban a pasar la tarde o sólo era los fines de semana?

M. M.- No. Venían los ingleses y se quedaban en la Caseta de Galán. Primero era una parte, no sé decirte exactamente, porque yo era muy pequeñita en ese tiempo, lo que pasa es que tengo una memoria increíble.

T.- ¿Y a qué edad decides ser artista?

M. M.- ¿Cuándo?

T.- Eso te pregunto… ¿dieciséis, diecisiete años?

M. M.- Mamá… quiero ser artista (canturrea)… ¡Yo fui artista desde chica! Mira, a mí me subía mi padre en un bar, en un restaurante grande que se cogía toda una esquina, se llamaba “El Rayo” y me ponía sobre una mesa, mira si era chica. Y yo cantaba tangos, fados, lo que me echaran.

T.- Desde pequeña… ¿cinco o seis años?

M. M.- Oh… de nueve meses rezaba el padre nuestro…

T.- Ja, ja, ja… ¡Eso ya es un chiste!

M. M.- No… ¿Un chiste?

T.- ¿A los nueve meses?

M. M.- Nueve meses.

T.- Entonces es que eras superdotada…

M. M.- Eso digo yo… Yo era una niña prodigio. Pero allí, vamos a suponer que tuviera dos años, dos años y medio tendría yo cuando me subían en la mesa del bar. La gente se “arremoliniaba”, yo soy muy canaria para hablar, y, además, ¡me encanta! No puedo tener acentos ni nada de eso porque hablo en el teatro y hago teatro. Bueno, y me subía allí mi padre. Mi padre. Y tocaba un señor… a ver… eran un laúd, un requinto y una guitarra. Y yo cantaba todas las canciones de moda.

T.- ¿Pero a qué edad debutas en un escenario?

M. M.- Ya cuando yo era una pollita, catorce, quince años…

T.- ¿Y cómo empiezas?, ¿con teatro?

M. M.- No, no… cantando. El teatro fue después. Yo cantaba, bailaba, recitaba, era todo en uno, y era aprovechable. Mi madre me lo decía y yo lo largaba. Me decían: “Pero, mi niña, si tú tienes como nueve números…” Digo: “Sí, mi madre dice que soy aprovechable”…

T.- Eso sería muy importante para ti, el apoyo de tu madre en aquella época…

M. M.- A mi madre, lo que pensaran los demás le resbalaba, total y absolutamente, y, si le resbalaba a mi madre, ¿me iba a importar algo a mí? Yo decía: “Súbete tú y bajas desde lo alto, desde arriba hasta el suelo del escenario, sentada en una media luna y agarrada, sólo con la espalda, de una especie de cable, expuesta a morir aplastada como una cuca…” (nos reímos); y cantaba “Again…” (canta en inglés) hasta que llegaba abajo. Bueno, eso fue un éxito… mira que, al llegar la primavera, fueron todas, las que yo hice, verdaderos prodigios. Estoy hablando de puesta en escena, ¿me entiendes?

T.- ¿Y eso era ya en el Teatro Millares?

M. M.- Sí, nosotros, de Las Palmas, es decir, del Cuyás, del Galdós, veníamos al Teatro de los Hermanos Millares. Pero mamá, eso de los cines… no. Eso era variété. Mamá decía “no” y se acabó. Mi madre dijo: “No, ella no se hace profesional, ella no tiene edad de profesionalismo, ella es amateur”. Ahora, pero yo cobraba. Yo era amateur, pero en mi casa hacía falta y si yo hacía tres cosas distintas, me pagaban por tres.

T.- Mery, antes me hablaste de una actuación tuya en Las Canteras, hace unos años, sobre un tabladillo flotante que estaba instalado en medio del mar a la altura de la antigua Casa de Galicia. Dime, en primer lugar, quiero saber cómo llegaste hasta ese tabladillo, ¿nadando o en barca?

M. M.- ¿Eh? ¿Nadando, mi niña…? En una motora, en una falúa. Recitábamos Donina Romero y servidora. Era recitado, yo no canté. Allí estaba el conjunto de María Mérida, ella no estaba, estaba en América. En el conjunto había un chico que cantaba divino y empezó a cantar cosas canarias, después, salí yo. La arena era llena de público.

T.- ¿Eso fue en verano? ¿Para San Juan?

M. M.- No para San Juan, no exactamente, era entre junio, julio, agosto…

T.- ¿De día o de noche?

M. M.- De noche.

T.- ¡Qué bonito!

M. M.- Había de periodistas que tú no tienes una idea… Y a mí se me ocurre… se me ocurre un verso mío y decirlo. El verso se llama “Desafío” y es muy fuerte. Claro, tú no ves un verso mío donde haya ni un encaje ni una flor, eso ni pensarlo. A mí me inspiran las personas, la vida. Yo no puedo escribirte un verso con el encaje y la flor, eso se lo recito a los niños, recito a Bécquer, recito cosas de Rubén Darío, apropiado para que el niño lo oiga, pero… “Desafío” no.

T.- Recita un poco…

M. M.- “Señor, si el mañana no existe y el ayer es silencio… ¿a qué estas ganas de llegar?, ¿y dónde está la meta del sueño? (…) Abrimos los caminos a dentelladas, afilamos las garras del deseo, aplastamos las cabezas que debajo de nosotros tenemos, ¿y luego? Nos quedamos en el aire sin posible asidero. (…) Señor, tú has hecho muchos milagros, según dicen los libros viejos, termina con las muertes despiadadas, con la sed, con el hambre, con el fuego.” Bueno, ése es el final, pero hay más, le digo: “Pues mira, señor… no sé si quiero tu cielo o quiero cambiar hacia abajo, donde a lo mejor encuentro un hueco entre los poderosos, los altivos, lo que tú profetizas, el infierno. Porque estoy cansada de que sean al final los premios, como los niños buenos, que si se portan bien, les dan caramelos”. Y termino: “Porque te juro por ti, que ya es jurar, ¡que pierdes un inquilino para el cielo!” Imagínate tú en ese tiempo. Ahí no hay flores, ahí hay una pregunta que nos hacíamos interiormente todos: ¿Pero esto por qué? ¿Me entiendes?

T.- Eso suena fuerte hasta hoy.

M. M.- Esto mío, hasta en Buenos Aires se dijo.

T.- ¿Y cómo fue la ovación?

M. M.- Aquello fue pitando, dando chillidos desde la playa. Yo recité ése y, después, recité un poema corto que yo hago como “un refresco”. Siempre que digo un poema fuerte, como cuando fui a la cárcel a actuar, yo sé que si les digo “Desafío”, levanta masas, pero entonces digo: “Y ahora, como un refresquito”. Yo este verso se lo hice a un amigo mío que, gracias a Dios, lo curó más que el psiquiatra. Porque lo curó. Y fue verdad.

T.- ¿Y te acuerdas de todo el texto?

M. M.- Claro, se llama “Una semana sin ti”, lo que dura una semana.

T.- Vamos.

M. M.-

El lunes ¡dije que no!

El martes ¡cerré mi puerta!

El miércoles cogí la llave ¡y la boté a la cisterna!

El jueves… bebí mis lágrimas empapadas en la tierra…

El viernes… te llamé a gritos arañando mis caderas…

El sábado… me preparo para recibir… tu ausencia.

Y… el domingo… ¡el domingo se acabó!

¡El domingo es día de fiesta!

T.- Perfecto, Mery, gracias por darnos la oportunidad de conocerte un poco más. Eres excepcional. Hasta siempre.

Teresa Iturriaga Osa

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