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¨El océano conmueve el corazón, inspira la imaginación y aporta alegría eterna al alma¨.Wyland

Maestro Rafael Marrero Padrón, maestro mayor de ribera de profesión y hábil fabricante de destiladeras de agua en piedra

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En memoria de mi abuelo y en reivindicación del primer asentamiento junto a la playa del Arrecife, hoy de Las Canteras

Presentación

A modo de presentación, diremos, como ya es sabido, que el apellido Marrero está muy extendido por todas las Islas Canarias, especialmente en la de Gran Canaria. Procede este apellido de los muchos que nos llegaron de la nación hermana de Portugal, traído por el conquistador y poblador de la isla de Tenerife, Gil Marrero, caballero portugués llegado a la vecina isla a finales del siglo XV.

Casó con doña Constanza de Alonso y de sus hijos descienden quienes llevan este patronímico tan singular. Una de sus ramas pasó a Gran Canaria, ubicándose en la ciudad norteña de Arucas.

En la fachada principal del edificio del Frontón (calle León y Castillo) de Las Palmas de Gran Canaria, en su parte derecha, se halla esculpido en piedra el escudo de armas que corresponde a quienes ostentan este apellido.

Rafael Marrero Padrón

Fue don Rafael, mi abuelo, un personaje de su época: emprendedor, comerciante, riguroso y elegante en sus tratos, y, como tal, un patriarca singular. Este pequeño trabajo es un necesario paseo por algunos pasajes de su vida, trasladados desde el recuerdo y la memoria de quienes me hablaron de él, especialmente mi madre, su hija, así como de las notas que he podido recabar de quienes le conocieron.

(Primo hermano de don Manuel Campos Padrón, el primer comerciante de la calle Triana, de origen portugués).

Constructor de barquillos de dos proas

Era hijo de uno de los socios del varadero de San Telmo y aprendió el oficio de su padre, maestro mayor de ribera, hombre de letras y números. Su padre tenía la concesión de los terrenos de la actual bahía de Las Canteras para su uso como varadero y con él llegó a un acuerdo para que le traspasara dicha concesión y así poder establecer su pequeña industria de fabricación de barcos.

Aquí empieza la historia del primer asentamiento y el porqué del actual nombre de la playa de Las Canteras. Por aquel entonces, desde Lugo (barrio situado fuera de la Portada) hasta La Puntilla no existía más que un jable y un campo de dunas. En el extremo que la unía a La Isleta, el mar, en las mareas grandes, atravesaba el istmo a la altura del mercado del Puerto.

Fue en esa zona donde maestro Rafael se pertrechó para preparar la infraestructura del varadero-almacén: un tinglado de construcción y un corral para las bestias. Todos los días recogía fuera de la Portada al personal (tres oficiales de primera, diez aprendices y cinco peones) y empleaba dos carros de dos mulas cada uno, de su propiedad. Salían a las seis de la mañana y regresaban a las seis de la tarde, y maestro Rafael los acompañaba a caballo.

Aquella instalación, junto a otras edificaciones derivadas de su actividad y de la pesca, dio lugar al primer asentamiento en el Puerto, en la franja del litoral hoy conocida como Las Canteras.

Terminadas todas las instalaciones, puso en marcha el varadero y la maquinaria: un sinfín para el corte de tablas y ligazón para cuadernas, quilla, roda y codaste. Los barquillos que se construían tenían unos ocho metros de eslora, aunque a veces llegaban a diez o doce, siempre de dos puntas. Según notas y fotos, reparaba barcos varados en la playa de hasta veinte metros. La terminación de uno de estos barcos llevaba unos treinta días, contando los sábados, todos ellos con palo palanca de vela latina y remos.

Para atender otras necesidades de la época, maestro Rafael hizo la voladura del canal de entrada en la parte este, frente al actual restaurante La Marinera, para permitir la entrada de barcos de mayor tonelaje.

Los maestros y operarios, si no estaban armando un barco, se dedicaban a hacer quillas, rodas, codastes y cuadernas, que se clasificaban por eslora y se colgaban para el secado. Siempre había en armazón tres barquillos de cada tipo, ya que maestro Rafael trabajaba en serie.

En aquellos tiempos no existían en ninguna de las islas varaderos para la construcción de barquillos de dos puntas como los que fabricaba maestro Rafael. Todos los barquillos de ocho, diez o doce metros de Tenerife, Las Palmas, Fuerteventura y Lanzarote salieron de su varadero de La Puntilla.


Fabricante de pilas de agua (destiladeras)

En aquella época había muchos problemas con el agua y su salubridad; se daban numerosos casos de tifus y otras enfermedades por disponer de agua solo de aljibes o depósitos en malas condiciones.

Maestro Rafael, hombre de ideas claras y gran iniciativa, puso en marcha otra industria: la fabricación de pilas para destilar agua para beber y cocinar. La materia prima para estas pilas estaba a pie de obra, gratis, en La Barra. Solo había que extraerla y transportarla a las instalaciones de cantería. La piedra de La Barra es una arenisca porosa que, una vez seca, filtraba perfectamente el agua.

Para extraer la piedra había que hacer voladuras con dinamita, llevarla a la orilla y transportarla con mulas hasta el taller. Maestro Rafael construyó una casa-almacén que funcionaba como taller de cantería.

La construcción de las pilas no requería mano de obra cualificada. Maestro Rafael colocaba junto al banco de tallado del aprendiz una pila hecha por él mismo, así como la herramienta necesaria: un martillo, una escuadra, un metro, un nivel, un escoplo y una gubia abierta. Al mes, el aprendiz ya fabricaba pilas como churros.

Las pilas (que destilan agua) del taller de cantería de maestro Rafael eran famosas en todas las islas y en América. No había una casa en Canarias que no tuviera una pila para destilar el agua, con un plato sobre la boca de la talla y un jarro encima. La pila, llena de culantrillo, era primordial para disponer de agua fresca y pura.

Además de abastecer a todas las islas, los primeros clientes procedían de Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo. Las pilas se enviaban en guacales de madera de diez unidades cada uno.

El primer asentamiento y una industria singular

Maestro Rafael, hombre instruido y con gran dominio de las cuatro reglas, ideó un plan para contar con mano de obra cualificada para extraer la piedra partida por las voladuras en los Rajones. Esta tarea debía ser realizada por marineros, ya que era necesario aprovechar los ciclos de las mareas para obtener la materia prima. Contrató a marineros-pescadores y optimizó los tiempos y recursos, dando así lugar al primer asentamiento de pescadores en La Puntilla.

Según las notas consultadas, maestro Rafael se desplazó al norte de la isla, primero a Gáldar, donde contactó con cinco familias de pescadores, y luego a Agaete, donde hizo lo mismo con otras cinco familias. Las animó a establecerse en esta nueva zona y pactó con ellas un trato singular. El primer punto del acuerdo, siguiendo las costumbres de la época —el trato de palabra valía más que una escritura—, consistía en lo siguiente:

Él les daba un solar de 60 metros y les facilitaba el material para construir la casa tradicional, que incluía pozo negro, cocina de leña o carbón, dos habitaciones y patio. Además, se comprometía a fabricar un barquillo de ocho metros de eslora, equipado con vela latina y remos, en treinta días, para las tareas de pesca.

A cambio, el marinero trabajaba cuatro días para maestro Rafael, transportando la piedra cortada de La Barra hasta la orilla, y tres días para sí mismo en la pesca.

Así nació el primer asentamiento de pescadores en La Puntilla.

Don Rafael, mi abuelo

A maestro Rafael se le debe el primer asentamiento en el jable de la playa, desde fuera de la Portada hasta La Puntilla, origen de la denominación actual de la playa de Las Canteras.

Cuando mi abuelo iba a cobrar por los trabajos realizados y las pilas vendidas, le pagaban en plata. Mi madre me contaba que él llegaba en un quitrín tirado por un caballo con cuatro o cinco sacos llenos de duros de plata.

Lo primero que hizo, una vez que los negocios funcionaban, fue construir la primera casa de dos plantas, replanteada y dirigida por él mismo. En ella vivió muchos años nuestro querido Pacuco Jorge, jugador del Real Club Victoria.

Tras finalizar la casa, mi abuelo contrajo matrimonio con doña Rafaela Marrero Viera, hija del administrador de la península de Jandía, propiedad en aquel entonces de la marquesa de Santa Coloma (residente en Barcelona). Tuvieron ocho hijos: siete hijas y un varón. En La Puntilla nacieron Pino, Paco, Candelaria e Isabel —mi madre—; el resto nació en otra vivienda. Mi abuelo les construyó un bote con popa de espejo de siete metros, llamado Siete Hermanas. Dos marineros a los remos paseaban a las niñas desde La Puntilla hasta la zona de La Cícer.

Curiosamente, este tipo de bote fue el prototipo del que usaban los cambulloneros para ir a comprar a bordo. Si sacamos conclusiones, es similar al de la vela latina, pero con más puntal y más manga en la cuaderna maestra.

Mi abuelo, maestro Rafael, construyó en la calle Alfredo L. Jones dos casas unidas de 200 metros cada una, con dos almacenes del mismo tamaño en la planta baja. En uno se almacenaba madera para cuadernas, rodas y codastes; en el otro, carbón de pino, ya que tenía la exclusiva de la isla de La Palma. En estas casas nacieron mis tías Lucrecia, Jano, Carmensa y Pepa.

Mi madre y todas mis tías eran mujeres altas, guapas y elegantes. Como decía mi madre, “de la E a la G no había mujer que me amarrara un zapato”. Y tenían a quién parecerse: mi abuelo, un hombre de dos metros de estatura, fuerte y musculoso por su trabajo; y mi abuela, alta también —alrededor de un metro ochenta—, de piel muy blanca y cabello largo. A las niñas les decían las pileras, y recuerdo como si fuera hoy que mi madre se enfadaba mucho cuando yo le preguntaba por qué: “porque esta gentuza nos dice las pileras, por la industria de mi padre”.

Maestro Rafael, mi abuelo, murió joven. Lo último que hizo fue el barco de pesca San Rafael, de unos 18 metros de eslora, que explotaba a medias con un patrón del barrio de San Roque, llamado Blas.

Toda esta memoria de lo que fue e hizo mi abuelo la tengo grabada desde que tenía seis años. Mi madre poseía una memoria prodigiosa y siempre relataba todo lo relacionado con su familia, como se hacía antes para no olvidar los orígenes. En Las Palmas hubo muchos buenos maestros de ribera que aprendieron con él, como maestro Pepe Gaspar, maestro Carlos, maestro Juan Marrero y otros, pero ninguno tiene hoy una calle que los recuerde.

No sé si viene al caso contar algunas anécdotas. Mi madre relataba que mi abuelo era dueño por derecho de los terrenos desde La Puntilla hasta la base naval. Un día, mi tío —casado con mi tía Lucrecia— le dijo:

—Maestro Rafael, todos esos terrenos son suyos, solo tiene que hacer una instancia.

Mi abuelo le contestó:

—Lo que yo no he sudado no es mío.

Y mi tío se calló, sabiendo bien lo que decía, pues él y su familia, los Valido, se dedicaban a la construcción.

Maestro Rafael era un hombre bragado, de los de antes. Mi madre contaba que un día se escapó un toro durante la descarga de un barco. El animal, procedente del castillo, embestía todo lo que encontraba. Mi abuelo lo esperó con una marreta de mango largo y, de un golpe entre los cuernos, lo mató, aunque luego tuvo problemas por el incidente.

También contaba mi madre que la marquesa de Santa Coloma le había dejado a su administrador toda la parte de Cofete, en Fuerteventura, por sus buenos servicios. Cuando fueron a Barcelona, constaba en la escritura original, pero ya había prescrito hacía dos años. La familia dejó pasar la oportunidad. Se intentó por todos los medios, pero todo fue inútil. Hoy pertenece a los Winter.

Luis Marrero

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