Las Canteras por Magally Miranda

Al turismo, los grancanarios deben hasta el descubrimiento del mar. Antes de su llegada, los isleños vivían de espaldas a él y pocas eran las casas que miraban al Atlántico. Sin embargo, los extranjeros, que veían el mar como una nueva fuente de salud y relax, y unas pocas familias canarias acomodadas ocuparon urbanísticamente las playas, empezando desde finales del siglo XIX por las Canteras. Poco a poco fueron instalando en la línea costera chalets y edíficios de una sola planta, a la vez que el baño y más tarde, el tomar el sol se convirtieron en moda y hábito, pese a la oposición de algunos lugareños que veían en estos actos públicos más una fuente de inmoralidad que de salud.

Fue el caso del obispo de Canarias, Antonio Pildain y Zipiain, quien en los años 50 hace publica una pastoral en la que muestra su malestar ante la playa como lugar de ocio, ya que “promiscuamente se bañan hombres y mujeres y la desnudez es provocativa, constituye de suyo ocasión de pecado grave para los que a ella asistan. Quienes exhiban estas desnúdese pecan con el doble pecado de la inmodestia y el escándalo”.

Pese a ello y otras manifestaciones públicas de oposición, sobre la playa continuó apoyándose el turismo y en torno a ellas se dispuso toda la infraestructura alojativa, de equipamiento y de ocio posibles.

Al margen de los hoteles que continuaron en activo, otros se abrieron en la zona de Las Palmas, como el hotel Parque, a los pies de San Telmo, abierto en los años 40 como establecimiento de primera categoría, después de que la guerra civil lo cogiese en construcción. El Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria vio pronto en Las Canteras y su entorno el lugar idóneo para el nuevo asentamiento turístico. A la vez, la iniciativa empresarial y, en un porcentaje importante, la iniciativa familiar, invirtió en nuevas residencias y hoteles y en el acondicionamiento de sus propias casas, para alojar a la avalancha de turistas que a finales de los 50 sorprendió a la ciudad

En la zona de Las Canteras predomino, sobre todo, la residencia por motivos de rentabilidad. Empresarios de la época cuentan que “ la culpa” la tuvo el Gobierno español, hasta que Manuel Fraga Iribarne se hizo cargo de la cartera de Información y Turismo, en 1962, los precios de los establecimientos alojativos estaban congelados desde el año 1940. Dar servicio de comida como requería un hotel, a precios de ese año, era una ruina; aunque la gran mayoría de los hoteles estaba fuera de la ley, era mas rentable que una residencia.

Cuando Fraga promulgó la libertad de tarifas (1962) se cobraba por habitación y noche en un hotel de primera unas 1.150 pesetas, mientras que el precio oficial era 285.

Las residencias, mientras tanto, se las arreglaban para garantizar la comida de sus huéspedes sirviéndoles el desayuno y dándoles un bono de 100 pesetas para que almorzasen en cualquier restaurante, vale que, en aquellos años, llegó a convertirse en Las Palmas de Gran Canaria en papel moneda.

Plató de película

En 1954 se rodó en aguas grancanarias la película Moby Dick, que tuvo para la isla una gran transcendencia turística. John Houston, director de la película, y todo el elenco de actores, técnicos, cámaras y demás personal se alojaron durante semanas en los hoteles Santa Catalina y Parque La población entera se volcó por tener atendidas todas las necesidades de los excepcionales huéspedes. La Casa Miller les construyo una ballena artificial de cartón y se dieron anécdotas tales como que el precio de la carne subió en la isla debido a las cantidades inmensas que demandaban para dárselas a las gaviotas en los rodajes.

Extracto del libro «Destino Gran Canaria» escrito por Magally Miranda Ferrera en 1995.

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