Elena Guitián, vivencias de una playera: «Cogimos la guagua y nos fuimos a Las Canteras. Me emociona recordar nuestra impresión al ver aquella maravilla, en un día perfecto de sol y alisios».

Elena Guitián recuerda su llegada a Las Canteras en 1956 y cómo aquella primera visita marcó su vida para siempre. Entre recuerdos de infancia, baños, anécdotas y décadas de fidelidad a la playa, reivindica la necesidad de educar, proteger y cuidar uno de los grandes símbolos de Gran Canaria para que las futuras generaciones puedan seguir disfrutándolo.
Recuerdos fotográficos de Elena Guitián en Las Canteras

Vivía en Barcelona con mi familia. En febrero de 1956 llegué por primera vez a Las Palmas de Gran Canaria, cuando destinaron aquí a mi padre. Tenía 12 años y vivíamos junto al parque San Telmo. La ciudad me pareció pequeña y provinciana. El primer domingo después de nuestra llegada, mi padre, un enamorado del mar, nos dijo: «Vamos a ver esa playa que hay aquí, tan bonita».

Cogimos la guagua y nos fuimos a Las Canteras.

Todavía hoy me emociona recordar la impresión que nos causó aquella maravilla. Era un día perfecto, con sol y alisios. Apenas había gente, solo nosotros y algún extranjero de piel curtida por el sol. Mi padre estaba tan radiante como el propio día. Desde entonces y hasta su muerte puedo asegurar que no faltó un solo domingo a su cita con el mar y la arena.

Nos instalábamos frente a la antigua la Casa de Galicia, donde nos guardaban una caseta alta y estrecha que parecía una jaima. Allí pasábamos la mañana nadando y jugando hasta la hora de comer, cuando regresábamos en guagua a casa. Éramos cinco hermanos y siempre aparecía algún amigo. Lo pasábamos de maravilla y, para mí, la playa es el mejor recuerdo de aquellos años.

Nuestro mundo playero se limitaba al tramo comprendido entre el balneario y la Casa de Galicia, pero era más que suficiente para jugar, tomar el sol, charlar y, sobre todo, nadar. Hacíamos apuestas para ver quién conseguía llegar buceando hasta la roca que muchos años después supe que se llamaba la roca del Pastel. Yo nunca lo conseguí; entonces me parecía demasiado lejos.

Estudié en el Instituto y después en la Escuela de Peritos Industriales. Hasta que me casé, con 20 años, y me trasladé a Madrid.

Aprovechaba cualquier salida de clase para escaparme a darme un baño en Las Canteras, casi siempre acompañada por alguna compañera. Y digo a la salida de clase porque yo era muy seria y nunca hacía novillos.

Lo más incómodo era cargar con el albornoz, porque en los años cincuenta no estaba bien visto ir por la calle en bañador. Poco a poco aquella moral tan estricta fue relajándose y, en cuanto pude, adopté el bikini con enorme placer y comodidad.

Guardo también alguna anécdota imborrable. Un día, después de un baño delicioso, estaba quitándome la arena de los pies cuando, en un abrir y cerrar de ojos, un niño apareció por la avenida, cogió mis sandalias y salió corriendo con ellas. No pude alcanzarlo y tuve que volver descalza en la guagua. Llegué a casa llorando, temiendo la regañina. Solo estaba mi yaya, que me abrazó y me dijo unas palabras que nunca he olvidado:

«No te preocupes, hija. Si se las llevó un niño, seguro que él las necesitaba más que tú».

Entonces había mucha pobreza.

Pasé muchos años viviendo en Madrid, pero nunca llegué a marcharme del todo. Volvía siempre que podía porque Las Canteras era una necesidad para mí y para mi familia. Mis hijos y mis nietos también han pasado, y siguen pasando, parte de sus vacaciones aquí.

Hace ya ocho años, mi marido y yo decidimos jubilarnos junto al mar. Desde entonces vivimos al lado de la playa. Con unas gafas de buceo y, en invierno, un traje de neopreno, nos bañamos prácticamente todos los días del año, salvo cuando viajamos para visitar a nuestra familia. Por las tardes paseamos por la avenida y tomamos un café. Creo que, a estas alturas, ya formamos parte del paisaje cotidiano de muchos canteranos.

Hoy veo una playa que ha mejorado mucho, aunque me entristece que todavía no pueda presumir de ser la mejor del mundo. El entorno urbano sigue siendo demasiado duro y, en muchos aspectos, necesita una profunda mejora.

También ha cambiado la forma de disfrutarla. Ahora hay muchísima más gente que cuando yo era joven, aunque estoy convencida de que quienes vienen hoy se divierten tanto como nosotros entonces.

Siempre he pensado que el gran reto de Las Canteras no está solo en conservar su belleza, sino en educar a quienes la disfrutan. Hay que explicar por qué existen las normas y hacerlas cumplir. Alimentar a los peces con sacos de pan, dar de comer a las palomas, escupir desde el paseo a la arena, orinar donde a uno le parece, abandonar colillas… son comportamientos que no deberían tolerarse. Creo sinceramente que las sanciones, cuando son necesarias, también educan.

Otro asunto que me preocupa es el exceso de arena. Pienso que debería estudiarse a fondo para conocer sus consecuencias y actuar con criterio antes de que el problema sea mayor.

Mi deseo para el futuro es muy sencillo. Ojalá Las Canteras siga siendo tan hermosa y acogedora como la playa que descubrí aquel primer domingo de 1956. Pero, sobre todo, deseo que quienes la disfrutemos aprendamos a cuidarla y mimarla como el tesoro que siempre ha sido.

Elena Guitián, Las Canteras (2009)

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