En la foto de portada vemos a los botes preparándose para salir en el entorno de la Marfea.
Los tripulantes y patrones de la vela latina conocen muy bien este rincón del litoral grancanario. Bajo el acantilado, en la Marfea, se da la salida a la regata de los botes. Los primeros bordos de estas embarcaciones centenarias y tan nuestras son los más duros: las olas, impulsadas por los vientos del norte, rebotan en el risco y forman un aguaje que obliga a los patrones a dar lo mejor de sí para gobernar los botes.
Cualquiera que se haya embarcado en un bote para salir de regata o que haya pasado por su entorno en una chalana sabe lo imponente que resulta este acantilado —de aproximadamente 20 metros de altura— visto desde el mar.

Lugar de memoria histórica
La memoria de los acontecimientos más oscuros vincula la Marfea con los trágicos episodios que siguieron al golpe de Estado del general Franco en 1936 y a los posteriores meses de la dictadura.
Diversos testimonios históricos relatan que, desde lo alto del acantilado, las brigadas falangistas arrojaron a la Marfea a cientos personas de ideología republicana o de izquierdas. Muchas de ellas fueron introducidas en sacos y lastradas con piedras para asegurar que sus cuerpos desaparecieran para siempre en las profundidades.
Con tal motivo, en lo alto del risco, en la punta del Palo, junto al Tritón del escultor Manolo González, en 2018 se inauguró un memorial —una construcción con forma de altar compuesta por dos bloques de piedra— para honrar a las víctimas asesinadas en la Marfea durante los primeros meses de la dictadura franquista.
Foto portada de Felipe Alonso
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