No es una patología reconocida, pero la sensación de angustia que experimentan algunas personas cuando dejan de tocar el fondo tiene una explicación psicológica y puede convertirse en un problema de seguridad en el agua.
Hay personas que se meten en el mar con tranquilidad mientras pueden tocar el fondo con los pies. Pero cuando avanzan unos metros y dejan de hacerlo, algo cambia: aparece inseguridad, aumenta la ansiedad y surge la necesidad inmediata de regresar a una zona donde puedan volver a apoyar los pies.
Coloquialmente podríamos llamarlo «síndrome de no hacer pie». Sin embargo, este término no corresponde a ninguna enfermedad o diagnóstico médico reconocido.
La reacción, eso sí, es real y puede llegar a ser intensa.
Cuando desaparece el contacto con el fondo
Hacer pie proporciona una referencia física muy importante. Saber que podemos apoyar los pies en cualquier momento transmite sensación de control y seguridad.
Cuando el fondo desaparece bajo nosotros, esa referencia también desaparece.
En algunas personas esto provoca simplemente cierta inquietud. En otras puede desencadenar una reacción de ansiedad: respiración acelerada, tensión muscular, sensación de inestabilidad o incluso miedo intenso.
El problema es que el miedo puede llevar a la persona a nadar de forma apresurada hacia la orilla, aumentando el consumo de energía y dificultando mantener la calma.
Y en el mar, perder la calma puede ser mucho más peligroso que encontrarse momentáneamente en una zona donde no se hace pie.
¿Es una fobia?
No necesariamente.
El miedo a no hacer pie puede aparecer incluso en personas que saben nadar. Tener cierta inseguridad cuando se pierde el contacto con el fondo no significa que exista una enfermedad.
Cuando el miedo es intenso, persistente y lleva a evitar determinadas situaciones, puede estar relacionado con diferentes tipos de fobias o trastornos de ansiedad.
Uno de los términos que puede aparecer en este contexto es talasofobia, que hace referencia al miedo intenso a las aguas profundas o al mar. También se habla de acuafobia cuando existe un miedo significativo al agua en general.
Pero no deben confundirse estos conceptos con el simple temor a dejar de hacer pie.
El efecto psicológico de «saber que puedo tocar»
Hay un componente muy interesante: la percepción de seguridad no depende únicamente de saber nadar.
Una persona puede tener capacidad suficiente para mantenerse a flote y, sin embargo, sentirse mucho más segura cuando sabe que puede apoyar los pies.
El contacto con el fondo proporciona una referencia sensorial inmediata. Al desaparecer, el cerebro puede interpretar la situación como una pérdida de control.
Esto explica por qué alguien puede estar perfectamente tranquilo en una zona donde hace pie y experimentar una reacción completamente diferente apenas unos metros más allá.
En nuestra playa como Las Canteras, las condiciones del fondo y el estado del mar hacen que la sensación de profundidad pueda cambiar según la zona, las mareas y las condiciones de la arena en la orilla.
Además, no hacer pie no significa necesariamente que exista un peligro inmediato, pero sí implica que el bañista debe valorar sus propias capacidades y las condiciones del mar.
Especialmente importante es no confundir una zona aparentemente tranquila con una zona completamente segura. Las corrientes, el oleaje, el viento o el cansancio pueden modificar rápidamente una situación.
¿Qué hacer si dejamos de hacer pie y aparece el miedo?
Lo más importante es no entrar en pánico.
Si sabemos nadar:
-
Mantener la calma y controlar la respiración.
-
Evitar movimientos bruscos y no intentar regresar desesperadamente a la orilla.
-
Mantenerse a flote y valorar la situación.
-
Si es posible, pedir ayuda o aproximarse tranquilamente a una zona segura.
-
Si existe corriente, oleaje fuerte o cualquier otra dificultad, solicitar ayuda a los socorristas.


