Margullando y pescando en la playa de Las Canteras por Carlos Bosch Millares

Mucho antes de las modernas gafas de buceo y los equipos de pesca submarina, Las Canteras era una escuela de aventuras. En este emotivo relato, Carlos Bosch Millares revive sus «margullos» por los fondos de la playa, las jornadas de pesca, personajes inolvidables como Popeye y un ecosistema marino rebosante de vida. Un viaje a la memoria de una Las Canteras que ya forma parte de la historia, contado por quien la vivió desde dentro.
Vista aérea de Las Canteras en 1941

Cuando echo la vista atrás y recuerdo mis años de juventud, inevitablemente regreso a Las Canteras. Aquella playa no era solo un lugar donde bañarse o pescar; era nuestro mundo. Allí aprendimos a observar el mar, a respetarlo y a disfrutarlo con la curiosidad propia de quienes descubrían cada día un rincón nuevo bajo sus aguas.

Recuerdo perfectamente cuándo comenzaron a aparecer por estas latitudes los primeros equipos de buceo. Para nosotros eran casi objetos de ciencia ficción: unas buenas gafas submarinas, un tubo respirador, unas aletas y aquellos largos fusiles de pesca parecían pertenecer a otro mundo. Yo los contemplaba con auténtica envidia, porque mis posibilidades económicas no daban para tanto. Sin embargo, las ganas de explorar podían más que cualquier limitación.

Así que decidí fabricar mi propio equipo. Unas gafas improvisadas, un trozo de manguera convertido en tubo respirador y una larga fija para intentar capturar algún pez bastaban para sentirme un auténtico explorador submarino. Visto con los ojos de hoy, aquello era una auténtica temeridad, pero entonces solo pensábamos en descubrir qué escondían los fondos de nuestra querida playa.

Con aquel rudimentario equipo recorrí prácticamente toda Las Canteras. Descendí hasta las cuevas buscando pulpos, perseguí peces entre las piedras y pasé incontables horas contemplando un paisaje submarino que para nosotros era un auténtico misterio. Más que pescar, lo que realmente me fascinaba era observar la vida que bullía bajo la superficie.

Todavía puedo recordar algunas de las especies que abundaban entonces. Los lebranchos, los salmonetes, las viejas, las herreras o las interminables bandadas de salemas formaban parte del paisaje cotidiano. Especialmente impresionantes eran estas últimas, que parecían moverse todas al mismo tiempo siguiendo las órdenes invisibles de un gigantesco palometón al que todos conocíamos como el «macho de las salemas». Jamás vi que nadie lograra capturarlo; parecía conocer mejor que nadie las intenciones del pescador submarino.

Aquellos años también estuvieron marcados por personajes inolvidables. Entre ellos siempre recordaré a «Popeye», uno de esos pescadores que parecían entender el mar como nadie. Mientras nosotros buscábamos nuevas técnicas y experimentábamos con distintos cebos, él seguía fiel a su intuición y a su experiencia. Era capaz de encontrar centollos, cangrejos, caracoles enormes y viejas donde los demás no veíamos absolutamente nada.

Con el paso del tiempo llegué a la conclusión de que entre un buen pescador y el pez existe una especie de comunicación silenciosa. Hay algo que no se aprende en los libros ni puede explicarse con palabras. El pez distingue al experto del principiante casi antes de que este lance el anzuelo. Del mismo modo que tocar un instrumento o enamorarse exige sensibilidad, pescar también requiere paciencia, intuición y respeto por el mar.

No faltaron tampoco las aventuras. Nunca olvidaré el día en que un compañero capturó un magnífico pulpo y lo lanzó al interior del bote. El animal, lejos de rendirse, comenzó a avanzar lentamente hacia nosotros mientras lanzaba tinta por todas partes. Confieso que, en aquel momento, el miedo pudo más que el valor y terminamos lanzándonos al agua antes que enfrentarnos a aquel inesperado invasor. Hoy sonrío al recordarlo, pero entonces la escena nos pareció digna de una película de terror.

Éramos jóvenes y siempre queríamos ir un paso más allá. Incluso llegamos a inventar nuevas formas de pescar. Una vez utilizamos una herrera viva como reclamo dentro de una gueldera para atraer a otras. Funcionó sorprendentemente bien y durante unos días llegamos a pensar que habíamos revolucionado el arte de la pesca. Naturalmente, nunca registramos aquella «patente».

Pero si hay algo que permanece grabado en mi memoria son los fondos de Las Canteras. Con la marea baja, la arena aparecía peinada por las corrientes formando pequeñas dunas submarinas cubiertas de sebas. Poco a poco llegábamos al hoyo de la Barra, un lugar que para nosotros era casi legendario, rodeado de historias sobre enormes pulpos y profundidades infinitas. Más allá aparecía la Barra, con sus piedras, sus charcos y aquellos juegos de luz que hacían parecer el fondo mucho más profundo de lo que realmente era. Allí vivimos algunas de nuestras mejores aventuras y también algún buen susto provocado por un salto mal calculado sobre las rocas.

Las jornadas de pesca comenzaban mucho antes de lanzar el primer anzuelo. El día anterior tocaba recoger cangrejos y buscar las escasas lombrices que aún encontrábamos. Después llegaban los inevitables enredos de sedales, las discusiones sobre cuál sería el mejor pesquero y la ilusión de intentar capturar una buena vieja o un pez blanco, aunque casi siempre los primeros en picar eran los gueldes o las fulas, que acababan desesperándonos.

Cuando el sol ya estaba alto y la marea comenzaba a llenar, llegaba el momento de regresar. Tocaba sacar el bote del agua, arrastrarlo entre varios hasta su lugar y dejarse caer sobre la arena caliente. Estábamos agotados, pero inmensamente felices. Aquella playa nos lo había dado todo: aventuras, amistades, aprendizajes y recuerdos que todavía hoy permanecen intactos.

Las Canteras fue mucho más que un escenario de mis años jóvenes. Fue una auténtica escuela de vida. Allí aprendí que el mar recompensa la paciencia, que la naturaleza siempre guarda secretos para quien sabe observarla y que los mejores recuerdos no suelen construirse con grandes medios, sino con ilusión, curiosidad y una enorme pasión por descubrir el mundo que nos rodea.

Hoy, al recordar aquellas jornadas de pesca y aquellos «margullos» entre las aguas transparentes de Las Canteras, comprendo que tuve la inmensa fortuna de vivir una playa que ya pertenece a la memoria. Y precisamente por eso merece ser recordada, contada y compartida con las nuevas generaciones, para que nunca se pierda el vínculo entre Las Canteras y quienes hemos tenido el privilegio de hacer de ella una parte inseparable de nuestra vida.

Resumen de un artículo publicado por el autor en el periódico Canarias7 en 1987.

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