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Durante décadas, la estampa clásica de una jornada en la playa era la toalla extendida sobre la arena. Hoy el paisaje ha cambiado. Basta recorrer la playa de Las Canteras en cualquier mañana de buen tiempo para comprobar como muchas personas llegan con su silla plegable bajo el brazo. Se ha convertido, junto a la sombrilla, en uno de los accesorios imprescindibles para disfrutar de un día junto al mar.
Lejos de ser una moda pasajera, el uso multitudinario de la silla de playa responde a razones de comodidad, salud y, en muchos casos, también de edad. Cada vez son más quienes prefieren pasar varias horas sentados en una posición elevada, evitando el esfuerzo que supone levantarse repetidamente desde la arena.
La evolución de estos asientos también ha contribuido a su popularidad. Las actuales sillas de aluminio son ligeras, resistentes, plegables y fáciles de transportar. Algunas incorporan respaldo reclinable, reposacabezas, bolsillos laterales e incluso portabebidas, convirtiendo un sencillo asiento en un auténtico puesto de observación frente al mar.
¿Es mejor para la salud?
En términos generales, sí, siempre que se utilice correctamente.
Sentarse directamente sobre la arena durante largos periodos obliga a mantener la cadera y las rodillas en una posición muy flexionada. Para muchas personas, especialmente mayores o con problemas articulares, esta postura puede provocar molestias en la espalda, las caderas o las rodillas.
Una silla de playa proporciona varias ventajas:
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Reduce la carga sobre las rodillas y facilita levantarse sin realizar grandes esfuerzos.
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Favorece una postura más natural de la espalda, especialmente si cuenta con un respaldo adecuado.
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Disminuye la presión sobre la zona lumbar y las caderas.
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Evita el contacto continuo con la arena caliente o húmeda.
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Permite cambiar de postura con mayor facilidad.


