Antes de convertirse en uno de los espacios naturales más singulares de Las Palmas de Gran Canaria, El Confital era un lugar muy diferente al actual. Durante décadas fue un rincón ligado a la vida de los vecinos del barrio de La Isleta, con pequeñas construcciones, infraviviendas y chabolas donde muchas familias pasaban el verano junto al mar.
Aquel El Confital tenía una identidad propia: era un lugar de encuentro, de baños en la marea, de reuniones familiares al atardecer y de una forma de disfrutar del verano mucho más sencilla.
Entre sus muchas historias permanece una especialmente curiosa: la de Rafael Gordillo, uno de los grandes futbolistas españoles de los años 80, que encontró en esta zona de La Isleta su particular refugio lejos de los focos mediáticos.
Gordillo, internacional con España y jugador del Real Betis y del Real Madrid, solía pasar sus vacaciones en El Confital alojándose en la humilde caseta de unos familiares políticos. La imagen llamaba la atención: una estrella del fútbol que podía disfrutar de los mejores hoteles prefería una pequeña construcción junto al mar, compartiendo tiempo con los vecinos y viviendo el ambiente popular de la zona.
En julio de 1987, en una entrevista concedida al Diario de Las Palmas, el futbolista explicaba su relación con aquel lugar: «El Confital es un sitio muy especial». Allí, decía, había aprendido a jugar al envite y a disfrutar de las parrandas con amigos canarios.
«Tengo una habitación en un hotel de cinco estrellas, pero en El Confital me siento muy a gusto», reconocía.
Para Gordillo, la diferencia estaba en la libertad. «Lo que representa la hostelería, con todo el lujo de hoteles que vivimos durante la temporada, está muy bien, pero aquí me siento libre, me siento yo mismo».
Su vida en El Confital era sencilla: levantarse temprano junto al mar, contemplar Las Canteras a lo lejos, el horizonte y el Atlántico, tomar un café con leche, comer algo de pescado frito y compartir conversación con quienes disfrutaban de aquel rincón de La Isleta.
Era un contraste llamativo para un futbolista que llenaba estadios y que estaba acostumbrado a la presión de la competición. En El Confital dejaba atrás la fama y se convertía en uno más. Los niños se acercaban para pedirle fotografías, los vecinos lo saludaban y Gordillo respondía siempre con cercanía.
Las tardes transcurrían entre amigos, guitarras, timples y reuniones improvisadas en las infraviviendas. Allí encontraba una forma de vida sencilla que, según sus propias palabras, le permitía «romper con todo».
«Vine la primera vez aquí a una caseta de un concuño mío hace unos seis años y me enamoré de El Confital. Este es un sitio donde rompes con todo», recordaba en la entrevista de 1987.
La historia de Rafael Gordillo refleja una época en la que El Confital no era solo una playa, sino un espacio de convivencia de las gentes del barrio. Aunque la marginación y la droga rompieron en parte el sueño de muchos, sobreviven miles de historias de gente humilde disfrutando del sol y del mar en los charcos de El Confital.
La elección de Gordillo decía mucho de aquel lugar: para él, el verdadero valor de El Confital no estaba en el lujo, sino en sus aguas, sus paisajes y, sobre todo, en el ambiente humano de aquel rincón de La Isleta.



