Si hay un rasgo que refleja con claridad la enorme creatividad de la evolución en el mar, es la boca.
Útiles “raspadores”
La historia comienza con los vertebrados más primitivos, los agnatos, un grupo sin mandíbulas que incluye a las lampreas. Estos animales, que recuerdan a una mezcla de anguila y vampiro, no poseen dientes verdaderos, sino un disco oral cubierto de estructuras córneas en forma de pequeños ganchos o raspas. Con ellos, se adhieren a otros peces y se alimentan de su sangre o de los fluidos de sus tejidos.

Aunque su aspecto es inquietante, sus “dientes” no son dientesen sentido estricto. Están formados por queratina, como nuestras uñas o el pelo, y no por esmalte. Son un invento distinto de la naturaleza para resolver el mismo problema: cómo agarrar y desgarrar.
Durante siglos, los zoólogos intentaron clasificar las especies de lamprea por la forma y número de estos “raspadores”. Sin embargo, estudios genéticos recientes han demostrado que esa clasificación era engañosa: especies que parecían diferentes resultaron ser genéticamente iguales, y viceversa.
Tiburones: fábricas dentales
Si las lampreas representan el origen más humilde de la dentición, los tiburones encarnan el extremo opuesto. En ellos, la naturaleza se desató. Estos peces cartilaginosos, que llevan dominando los mares desde antes de los dinosaurios, han convertido su dentadura en una fábrica perpetua de dientes.
Un gran tiburón blanco puede tener entre 120 y 130 dientes funcionales, organizados en varias hileras. Cada vez que uno se cae, algo que puede ocurrir al atrapar presas, otro ya está listo para reemplazarlo. A lo largo de su vida, un tiburón puede producir más de 30 000 dientes. Algunos incluso almacenan varios miles a la vez en una especie de cinta transportadora viva que garantiza que nunca les falte filo.

El tiburón tigre (Galeocerdo cuvier) lleva la variación a otro nivel. A medida que crece, cambia el diseño de sus dientes: los jóvenes tienen piezas estrechas, perfectas para atrapar peces, mientras que los adultos desarrollan cuchillas afiladas, capaces de desgarrar tortugas o mamíferos marinos. Este fenómeno, conocido como cambio ontogenético, muestra cómo la dentición refleja las necesidades del animal en cada etapa de su vida.
Detrás de esta maquinaria de recambio hay un secreto celular: en la lámina dental del tiburón existen poblaciones de células madre que regeneran continuamente los dientes.
Curiosamente, las mismas bases moleculares que controlan este proceso se parecen a las que intervienen en el desarrollo dental humano. Estudiar a los tiburones, por tanto, no solo nos dice cómo cazan, sino también cómo podrían, algún día, regenerarse los dientes en medicina humana.
Peces óseos: los más curiosos
En los peces óseos o teleósteos la diversidad es aún mayor. Este grupo, que incluye desde caballitos de mar hasta meros y salmones, ha experimentado con todas las posibles soluciones dentales.

Algunos, como el tambor de agua dulce (Aplodinotus grunniens), poseen más de mil diminutos dientes faríngeos situados en el fondo de la garganta, donde trituran moluscos y crustáceos. Otros, como el sargo (Archosargus probatocephalus), sorprenden por su dentición casi “humana”: incisivos al frente, molares detrás y una disposición perfectamente adaptada para romper conchas o triturar algas.
Pero no todos poseen dientes. Muchas especies carecen de ellos y se alimentan por succión, como los caballitos de mar, o mediante estructuras de filtrado situadas en las branquias.
Y, en el extremo de la rareza, algunos teleósteos los desarrollan fuera de la boca: en la piel, en las aletas o incluso en los opérculos. Estos “dientes externos”, llamados odontoides, se sitúan en la frontera entre escamas y los dientes y nos dan pistas sobre cómo los primeros vertebrados transformaron escudos dérmicos en auténticos trituradores hace cientos de millones de años.

Ballenas, cuestión de barbas
Los mamíferos marinos siguieron un camino evolutivo completamente diferente. Aunque la forma de su cuerpo sea similar, todos sabemos que las ballenas y los delfines son mamíferos que descienden de antepasados terrestres.
Entre ellos, encontramos dos estrategias opuestas. Los odontocetos, el grupo de los delfines, cachalotes y marsopas, conservan los dientes, aunque con una sorprendente variedad de formas.
El narval solo tiene una función, que se alarga y retuerce hasta formar su famoso colmillo, mientras que algunos delfines pueden superar los 160 dientes. El cachalote, en cambio, los concentra todos en la mandíbula inferior: de 36 a 50 piezas cónicas que encajan en los huecos del maxilar superior.

En el otro extremo, están los misticetos o ballenas barbadas. Durante su desarrollo embrionario, forman dientes que nunca llegan a salir. En su lugar, la naturaleza inventó una solución nueva: las barbas, unas láminas de queratina dispuestas como un peine que les permiten filtrar toneladas de krill y plancton. Este cambio –de morder a filtrar– es uno de los saltos evolutivos más radicales del reino animal.
Una ventana a la evolución
Más allá de la mera curiosidad, estudiar la diversidad dental nos revela cómo la evolución resuelve un mismo problema de distintas maneras. Los dientes son una huella de la dieta, del comportamiento y del entorno de cada especie.













