En una reciente crónica, el periodista Javier Darriba escribió una frase que define a la perfección el espíritu de nuestra playa:
«Las Canteras es el entorno más resiliente de Las Palmas de Gran Canaria.»
Yo iría un poco más allá y ampliaría sus límites geográficos:
«El litoral de la Bahía de El Confital es el entorno costero más resiliente de Canarias.»
Y es que, a pesar de la dejadez institucional, del abandono, de la falta de mantenimiento y de brillo, seguimos adelante.
Luchamos por su excelencia, por que todo mejore, simplemente por sentirnos orgullosos de nuestra playa, de nuestras orillas y de nuestro paisaje.
Porque, aunque no haya policías que la vigilen y hagan cumplir las ordenanzas, aunque los socorristas estén en huelga y los balnearios no estén a la altura de una playa de esta categoría y su personal reclame mejores condiciones laborales o no ondee la bandera azul en su mástil, seguimos amándola.
A pesar de que las palomas y las ratas proliferen sin control, de que nuestro acuario natural este expuesto a los furtivos y a los pescadores desaprensivos, de que los muros de la playa presenten un aspecto lamentable, de que la arena se acumule cada vez más en la dársena, de que la estación náutica del Victoria se venga «literalmente» abajo, o de que la plaza de La Puntilla sea un campos de minas, del chapucero arreglo del paseo de Los Nidillos o que los jardines del Atlántico muestren un estado deplorable, Las Canteras y El Confital resisten.
A pesar de todo –del desorden en el paseo, de las terrazas sin control, del abandono del mirador del Lloret, de la destrucción parcial de los jardines del Atlante para hacer un aparcamiento, y del trato injusto que sufre el maravilloso espacio de El Confital–, nuestra playa sigue viva.
Las Canteras y El Confital resisten todos los golpes.
Se adaptan, se regeneran y renacen cada amanecer, brillando para todos los playeros que solo desean verla brillar.
T/A
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