Cuando pensamos en las estaciones del año, imaginamos árboles que pierden sus hojas, osos que hibernan, días de la marmota o gente en la rebajas corriendo a comprar ropa de verano… en enero. Pero, bajo la superficie del mar, también hay un cambio estacional menos visible pero vital para la vida en el planeta. No hablamos de aves marinas poniéndose bufandas, sino de verdaderos procesos ecológicos.
Los océanos y mares de la Tierra son vastos, interconectados y sorprendentemente sensibles a los ritmos del año. Estos cambios están dirigidos por la inclinación del eje terrestre, la luz solar y una compleja relación entre el aire y el agua. ¿El resultado? Un ciclo que organiza la comida del bacalao y las vacaciones del atún rojo.

El Ártico: invierno perpetuo y veranos turbo
Comencemos en el Ártico, ese lugar donde el verano dura poco pero el sol no se pone nunca. Durante el invierno, la región queda sumergida en la oscuridad total. Las aguas se congelan y el hielo marino puede cubrir más de 15 millones de km², el equivalente a la mitad de la Luna.
Pero cuando llega el verano y el sol brilla sin descanso, se produce la bomba: floraciones masivas de fitoplancton, pequeñas plantas marinas que alcanzan densidades de 10 millones de células por litro. Este boom es el festival gastronómico del Ártico: el zooplancton se lo come, luego vienen peces como el bacalao, aves como los simpáticos mérgulos –la versión aviar de la Castafiore–, y hasta las ballenas se dan un atracón antes del próximo largo invierno.

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Atlántico Norte: el mar también tiene primavera
Un poco más al sur, en las zonas templadas como el Atlántico Norte, los océanos sienten el cambio de estaciones, pero sin congelarse del todo. En invierno, el viento y el frío mezclan las aguas, llevando nutrientes desde las profundidades a la superficie. Y cuando vuelve la luz en primavera, comienza la fiesta del fitoplancton.
En lugares como el Mar del Norte, las concentraciones de clorofila (el pigmento verde de las plantas) pueden pasar de menos de 1 mg/m³ en invierno a más de 20 mg/m³. Esa explosión de vida alimenta peces como el arenque y el bacalao.

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