Luis Maccanti: «Nací en una casa de la calle Galileo, junto al mar. Era una playa hermosa, con casas terreras, sin avenida, y un mar que, cuando embravecía, llegaba hasta las casas»

Memorias de infancia y presente en la Playa de Las Canteras a través del relato de Luis Maccanti, un recorrido personal por la vida en el barrio, los juegos junto al mar, las transformaciones del paseo y una mirada crítica y afectiva hacia su evolución urbanística, social y medioambiental.
En el paseo, de izquierda a derecha: Rafael Carlos Perdomo, Ángel Luis Sánchez Bolaños, Antonio Betancor y Luis Maccanti

Me llamo Luigi María Maccanti —así consta en el Consulado de Italia—. Lo de María se debe a que mi madre quería una niña, a la que habría llamado María Luisa, pero nací yo.

Nací un 7 de octubre. Me cuentan que coincidió con las mareas del Pino y que mi madre estaba en la playa cuando empezó a sentir los dolores del parto. Regresó a casa, en el número 2 de la calle Galileo —donde años después viviría la familia Betancor, con Antonio, Manolo, Tuta y los demás—, y allí vine al mundo.

Mis primeros recuerdos están ligados a la arena y al mar. Recuerdo los innumerables castillos construidos con arena mojada, los interminables partidos de fútbol y, sobre todo, mi balón de reglamento, que en aquella época era un auténtico lujo. También recuerdo a mi padre, siempre preocupado por el riesgo de ahogamiento, enseñándome a nadar. Primero me enseñó a mover las piernas y a respirar sin tragar agua, algo fundamental para cualquiera que creciera junto al mar.

Nací en una casa junto a la playa. Entonces Las Canteras era un lugar hermoso, con casas terreras, sin avenida y con un mar que, cuando embravecía, llegaba hasta las propias viviendas. Recuerdo las mareas del Pino y el rito de «sebar olas» en una playa repleta de sombrillas, casetas y familias que pasaban allí el verano. Cuando llegaba septiembre regresaban a sus hogares. Hoy resulta increíble pensar que la gente venía a veranear a Las Canteras.

Me vienen a la memoria muchas familias de aquella época: los Marrero, los Artiles, los Curbelo y tantas otras. Apenas había tráfico. Los vecinos sacaban las sillas a la puerta de sus casas para conversar al fresco, y lo mismo ocurría en el paseo. Eran veranos interminables, impregnados del olor de la seba, del marisco y de la vida marinera. Pasábamos horas pescando cabozos en los charcos y observando la llegada de las aguavivas.

También recuerdo un verano especialmente difícil. Pasé una temporada postrado en cama por una enfermedad. Mi alimentación se basaba en hígado, vitaminas y las obligadas siestas que tanto detestaba. Desde la habitación de mis padres escuchaba pasar al vendedor de helados y a la gente que se dirigía a la playa, mientras yo soñaba con volver a estar allí.

En aquellos años siempre estaba acompañado por mis inseparables amigos: Antonio Betancor, Suso, Rafael Carlos Perdomo y Alfredo, al que todos conocíamos como Teo. Con ellos compartí una infancia que hoy recuerdo como un privilegio: la de crecer en una playa que era mucho más que un lugar; era una forma de vivir.

img_40336.5692824074_02 /></p> <p>Mis padres y yo. 1953.</p> <p>Recuerdo el trasiego de italianos por mi casa a los que mi padre, que era italiano, acogía con gran cariño. Recuerdo las puertas de casa siempre abiertas, el cabrero con sus cabras pasando por las casas a servir la leche allí mismo ordeñada y el carro de la basura. Ah! me olvidaba el camión con el hielo para las neveras.</p> <p>El cine, mi gran pasión, nació en esa época con los programas dobles. Como sala recuerdo con gran cariño el entrañable y destartalado Pabellón Santa Catalina junto al parque del mismo nombre. Íbamos al cine y luego a jugar en el parque mientras mis padres se reunían con compañeros de Italcable que tenía una pequeña oficina ( ViaItalcable) junto a la tabaquería Pulido . Grabada en mi memoria la película
Luis con sus padres

Con tantas horas pasadas en el mar llegué incluso a inventar un deporte. Lo llamé surfing-wall. Consistía en lanzarse con una colchoneta de playa hacia el muro impulsado por la fuerza de una ola y evitar el choque aprovechando el rebote de la ola anterior. La verdad es que aquello tenía bastante riesgo y podías darte un buen leñazo contra las piedras o el muro.

También recuerdo la prohibición absoluta de mi padre de acercarme a la Peña de La Vieja. Durante años ni se me ocurría desafiar aquella orden. Curiosamente, el tiempo pasó y, ya siendo padre, fui yo quien llevó a mis hijos pequeños sobre los hombros hasta aquel mismo lugar que tanto respeto me imponía cuando era niño.

Tengo muy presente otra imagen: la de estar tumbado en la cama con una pierna hinchada después de algún partido de fútbol. Mi madre me cuidaba con toda la paciencia del mundo mientras yo juraba una y otra vez que nunca volvería a jugar. Pero en cuanto me recuperaba, regresaba al campo como si nada hubiera pasado.

No todo eran alegrías. Como playero, una de las impresiones más duras era cuando alguien se ahogaba y tendían el cuerpo sobre la arena. Aquellas escenas me marcaban profundamente. Durante días apenas era capaz de alejarme unos metros de la orilla.

Cuando pienso en Las Canteras, pienso en el espacio familiar de mi infancia: una vida sin prisas, sin grandes preocupaciones, llena de juegos interminables. Pienso en la primera novia, en la bicicleta, en el balón, en los cines y en aquellas noches en las que la escasa iluminación del barrio despertaba todos mis miedos infantiles. Recuerdo que, cuando regresaba tarde a casa, silbaba para que mi madre me abriera la puerta. Mi terror tenía nombre y rostro: Bela Lugosi encarnando a Drácula. Esa es una de las anécdotas que nunca he olvidado.

Recuerdo también el mar de septiembre y octubre, con aquella luz especial que parecía envolverlo todo. Fue una vida sencilla, tranquila y familiar, con un padre entregado a su trabajo, una madre siempre pendiente de nosotros y un grupo de amigos con quienes compartí algunos de los mejores años de mi vida.

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Foto del equipillo. De pie, de izquierda a derecha: Ignacio Lara, yo, Yuyo López Curbelo, Pepe Gallego y Juan Antonio Sánchez Bolaños. En cuclillas, de izquierda a derecha: Suso Rodríguez, Antonito Armas, Pedrín, Yayo Cabrera y Rafael Carlos Perdomo.

Cada vez la veo más bonita y más cuidada. También más limpia. El paseo, tal y como está en la actualidad, me gusta mucho. Quizá habría que pintar algunas fachadas, derribar las casas viejas que aún permanecen en pie y están deshabitadas, y adecentar esos espacios hasta que se construya de nuevo. Incluso, aunque sé que es complicado, incorporaría pasarelas de madera para el acceso a la playa.

En otros tiempos no había mucho más que el cine, la playa y los partidos de fútbol en los solares. Más tarde llegaron aquellas “reuniones”, los bailes, para entendernos, donde dimos los primeros pasos en ese camino difícil y complejo de la adolescencia. No había gran cosa, pero para nosotros era suficiente.

Hoy la playa ofrece otras posibilidades: el paseo, la restauración, el espacio ganado en El Confital, los conciertos en el Auditorio, el aprovechamiento de las olas para el surf y la celebración de campeonatos. Pero, de todo ello, lo más importante sigue siendo ese punto de encuentro con amigos y familias en el que se ha convertido el paseo de Las Canteras.

En una ocasión ya le comenté al concejal de playas la necesidad de resolver el problema de los residuos que llegan al mar y que en su momento obligaron a suspender un campeonato de surf. La solución provisional ha sido la limpieza del barranco, ya que la obra estructural, canalizarlo y desviarlo, requiere una intervención de gran envergadura. Todo llegará.

También le manifesté que celebrar eventos como el WOMAD y otros festivales sobre la arena me parece una barbaridad, un atentado ecológico con consecuencias negativas, aunque aquella opinión no gustara a todos. La iluminación, en cambio, me parece adecuada; la playa es tan bella que, sinceramente, creo que la magnitud de las mejoras necesarias no es tan grande como a veces se plantea. He observado, además, que la presencia de residuos tipo chapapote ha disminuido y que el grado de concienciación general con la limpieza es mayor.

Los problemas serán, probablemente, los propios de cualquier sociedad que avanza y mejora, pero que a veces cae en la tentación de intervenir los espacios naturales sin criterio suficiente o con decisiones poco acertadas. Por eso es necesario permanecer vigilantes.

Imagino una playa con una construcción de calidad, con espacios de juego para niños y lugares de encuentro para los mayores.

Como posible solución, se me ocurre —y creo que ya existe en parte— la creación de comités formados por personas de diferentes perfiles sociales y profesionales que, sin intereses políticos ni personales, actúen como voz y defensa de la playa en su interlocución con el concejal de turno.

Me gustaría que se desarrollara el proyecto de La Cícer en esa dirección: espacios alternativos de ocio, una escuela de vela, una academia de surf, enseñanza de natación e incluso, por qué no, he llegado a imaginar un acuario digno de un lugar que vive con el mar, para el mar y junto al mar.

Luis Maccanti. Verano de 2010

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