Me llamo Luigi María Maccanti —así consta en el Consulado de Italia—. Lo de María se debe a que mi madre quería una niña, a la que habría llamado María Luisa, pero nací yo.
Nací un 7 de octubre. Me cuentan que coincidió con las mareas del Pino y que mi madre estaba en la playa cuando empezó a sentir los dolores del parto. Regresó a casa, en el número 2 de la calle Galileo —donde años después viviría la familia Betancor, con Antonio, Manolo, Tuta y los demás—, y allí vine al mundo.
Mis primeros recuerdos están ligados a la arena y al mar. Recuerdo los innumerables castillos construidos con arena mojada, los interminables partidos de fútbol y, sobre todo, mi balón de reglamento, que en aquella época era un auténtico lujo. También recuerdo a mi padre, siempre preocupado por el riesgo de ahogamiento, enseñándome a nadar. Primero me enseñó a mover las piernas y a respirar sin tragar agua, algo fundamental para cualquiera que creciera junto al mar.
Nací en una casa junto a la playa. Entonces Las Canteras era un lugar hermoso, con casas terreras, sin avenida y con un mar que, cuando embravecía, llegaba hasta las propias viviendas. Recuerdo las mareas del Pino y el rito de «sebar olas» en una playa repleta de sombrillas, casetas y familias que pasaban allí el verano. Cuando llegaba septiembre regresaban a sus hogares. Hoy resulta increíble pensar que la gente venía a veranear a Las Canteras.
Me vienen a la memoria muchas familias de aquella época: los Marrero, los Artiles, los Curbelo y tantas otras. Apenas había tráfico. Los vecinos sacaban las sillas a la puerta de sus casas para conversar al fresco, y lo mismo ocurría en el paseo. Eran veranos interminables, impregnados del olor de la seba, del marisco y de la vida marinera. Pasábamos horas pescando cabozos en los charcos y observando la llegada de las aguavivas.
También recuerdo un verano especialmente difícil. Pasé una temporada postrado en cama por una enfermedad. Mi alimentación se basaba en hígado, vitaminas y las obligadas siestas que tanto detestaba. Desde la habitación de mis padres escuchaba pasar al vendedor de helados y a la gente que se dirigía a la playa, mientras yo soñaba con volver a estar allí.
En aquellos años siempre estaba acompañado por mis inseparables amigos: Antonio Betancor, Suso, Rafael Carlos Perdomo y Alfredo, al que todos conocíamos como Teo. Con ellos compartí una infancia que hoy recuerdo como un privilegio: la de crecer en una playa que era mucho más que un lugar; era una forma de vivir.

Con tantas horas pasadas en el mar llegué incluso a inventar un deporte. Lo llamé surfing-wall. Consistía en lanzarse con una colchoneta de playa hacia el muro impulsado por la fuerza de una ola y evitar el choque aprovechando el rebote de la ola anterior. La verdad es que aquello tenía bastante riesgo y podías darte un buen leñazo contra las piedras o el muro.
También recuerdo la prohibición absoluta de mi padre de acercarme a la Peña de La Vieja. Durante años ni se me ocurría desafiar aquella orden. Curiosamente, el tiempo pasó y, ya siendo padre, fui yo quien llevó a mis hijos pequeños sobre los hombros hasta aquel mismo lugar que tanto respeto me imponía cuando era niño.
Tengo muy presente otra imagen: la de estar tumbado en la cama con una pierna hinchada después de algún partido de fútbol. Mi madre me cuidaba con toda la paciencia del mundo mientras yo juraba una y otra vez que nunca volvería a jugar. Pero en cuanto me recuperaba, regresaba al campo como si nada hubiera pasado.
No todo eran alegrías. Como playero, una de las impresiones más duras era cuando alguien se ahogaba y tendían el cuerpo sobre la arena. Aquellas escenas me marcaban profundamente. Durante días apenas era capaz de alejarme unos metros de la orilla.
Cuando pienso en Las Canteras, pienso en el espacio familiar de mi infancia: una vida sin prisas, sin grandes preocupaciones, llena de juegos interminables. Pienso en la primera novia, en la bicicleta, en el balón, en los cines y en aquellas noches en las que la escasa iluminación del barrio despertaba todos mis miedos infantiles. Recuerdo que, cuando regresaba tarde a casa, silbaba para que mi madre me abriera la puerta. Mi terror tenía nombre y rostro: Bela Lugosi encarnando a Drácula. Esa es una de las anécdotas que nunca he olvidado.
Recuerdo también el mar de septiembre y octubre, con aquella luz especial que parecía envolverlo todo. Fue una vida sencilla, tranquila y familiar, con un padre entregado a su trabajo, una madre siempre pendiente de nosotros y un grupo de amigos con quienes compartí algunos de los mejores años de mi vida.



