Lolina Marrero: «Los niños salíamos cada mañana, en verano, después de desayunar, rumbo a la playa descalzos, con la toalla, el clavo y un membrillo».

Relato en primera persona de Lolina Marrero sobre su vínculo vital con la Playa de Las Canteras, desde sus recuerdos de infancia en los años cincuenta hasta su visión actual y futura del litoral. A través de su experiencia personal como profesora y catedrática, reconstruye una memoria íntima del barrio, los juegos infantiles junto al mar, la evolución del entorno urbano, el cambio del turismo hacia el sur de la isla y la transformación social y ambiental de la playa. El testimonio combina nostalgia, análisis crítico y una defensa activa de la conservación de Las Canteras como espacio natural y comunitario.
Una joven Lolina con su madre y sus hermanos

Me llamo Lolina Marrero Domínguez, tengo 58 años, nací en Las Palmas y estudié Filología Románica en La Laguna. Empecé a trabajar en Las Palmas como profesora en el Instituto Teresa de Jesús, pero en 1974 me trasladé a La Laguna, donde resido desde entonces y donde actualmente ejerzo como catedrática de Latín en el Instituto Cabrera Pinto. Me gusta mucho mi trabajo. Colaboro con el digital loquepasaentenerife.com y me encanta escribir, de vez en cuando, para miplayadelascanteras.com.

Mis recuerdos más antiguos se sitúan en los años cincuenta, apoyados también por fotografías de cuando tenía uno o dos años, en las que aparezco con mi madre, que iba todos los días a nadar a la playa. También conservo la imagen, casi difusa, del tacto de la mano de mi padre en mi barriga sujetándome para que no me hundiera y, de pronto, la sensación de triunfo al flotar y comprobar que ya no me sostenía.

Más tarde llegaron los veranos de infancia, cuando destinaron a mi padre, militar, a Tenerife y veníamos a pasar las vacaciones a casa de mi abuela materna, en la calle Nicolás Estébanez, donde yo nací. De esa etapa surgieron recuerdos que más tarde reflejé en La playa de enfrente.

En aquella época, la playa marcaba el ritmo de cada día. Los niños salíamos cada mañana de verano, después de desayunar, rumbo a Las Canteras: descalzos, con la toalla, el clavo y un membrillo. Pasábamos allí la mañana hasta que llegaban las madres, más tarde, y regresábamos con ellas a casa para comer. A menudo se sumaba algún niño extranjero al grupo de juegos.

En las mareas del Pino recuerdo a mi madre gesticulando desde la orilla, desesperada, para que saliera del agua, porque me encantaban las olas grandes y tendía a alejarme demasiado. Después de comer volvíamos otra vez a la playa: a jugar entre las rocas o al clavo, esperando la digestión. A veces cambiábamos de escenario y nos íbamos hasta las dunas de Arenales acompañados por algún familiar. Por la noche, el juego continuaba en la calle: casas terreras con las puertas abiertas y los mayores —padres, tíos, abuelos— sentados en sillas o bancos tomando el fresco.

Con la adolescencia llegaron las pruebas de la barra, cada vez más lejos, siempre bajo la vigilancia de los padres. Nunca me dejaron tirarme del Muro Marrero en mareas altas, como hacían mis amigos. En esos años empezaron también a incorporarse al grupo chicos de otros barrios, y con ellos llegaron los primeros amores, las nuevas amistades y las tertulias playeras sobre cine, música y política. Eran los años sesenta.

Recuerdo también cómo, a mediados de esa década, muchas familias dejaron de veranear en Las Canteras y comenzaron a trasladarse al sur de la isla: San Agustín, Maspalomas o El Inglés. Aquello provocó una fiebre constructora desordenada que alteró profundamente el paisaje del sur y, al mismo tiempo, supuso un progresivo abandono de Las Canteras. Fue, en cierto modo, el principio de un deterioro.

Durante un tiempo nos íbamos un mes al sur, aunque a veces teníamos que regresar a mitad de estancia, exhaustos por las olas de calor. Nunca sentí hacia aquellas playas el mismo apego que hacia Las Canteras, aunque Maspalomas entonces era un lugar sorprendente, muy distinto al actual. Aun así, volvía siempre que podía, aprovechando hasta el último día de verano antes del inicio de las clases en octubre, con las mareas del Pino incluidas.

También me llamaban la atención las familias que acudían a la playa en los años cincuenta con niños y con institutrices o nannies que los cuidaban y les hablaban en inglés o francés. Las madres, muy arregladas, con maquillaje y grandes pamelas, observaban desde cierta distancia. Aquella imagen desapareció con el cambio de modelo turístico y el desplazamiento hacia el sur.

Mi presente

A pesar del tiempo y la distancia, sigo sintiendo Las Canteras como mi hábitat natural. Disfruto de ella con todos los sentidos. Allí aprendí a entender el mar, y hoy el mar me sigue acompañando allá donde voy. Mis amigos saben que siempre llevo el bañador en la maleta “por si acaso”.

Para mí, la playa ha sido refugio en todas las etapas: en la alegría, en la tristeza y en los desengaños. Bastaba entrar en el mar para reír o llorar sin que nadie lo advirtiera. Recuerdo especialmente los momentos de soledad sentada en la peña grande de la orilla, hoy casi desaparecida. Incluso hoy, mi marido me lleva a Las Canteras cuando me nota cansada o triste: la considera una especie de terapia natural. Esa playa está profundamente integrada en mi vida emocional.

En la actualidad, observo una playa distinta. La construcción indiscriminada hizo desaparecer elementos naturales importantes, como las dunas de Arenales y el recorrido natural de la arena. Antes, lanzarse desde el Muro Marrero en mareas del Pino era una hazaña; hoy sorprende comprobar cómo la arena ha ido colmatando la playa y cubriendo muchas de las rocas, que antes estaban llenas de vida marina. Recogíamos cangrejos en sus huecos y observábamos especies alrededor de la Peña de los Perros y en la barra.

La playa se construyó demasiado cerca del litoral y ese error urbanístico ya no tiene solución. Sin embargo, tras un periodo de abandono en los años ochenta, en el que incluso el entorno del Parque Santa Catalina mostraba deterioro, hoy se percibe una recuperación del valor de Las Canteras. Existe mayor conciencia ciudadana y un movimiento de defensa activa en el que iniciativas como miplayadelascanteras.com han tenido un papel relevante.

También noto diferencias claras en la forma de uso: la playa se ha democratizado. Personas mayores, deportistas, familias con niños y jóvenes conviven en el mismo espacio con mayor organización y continuidad de uso durante todo el día.

En cuanto a la gestión, considero que no se está haciendo mal: la limpieza es buena y hay más concienciación. Sin embargo, la presión de uso exige mantener vigilancia constante en limpieza, conservación y control. Y sigue pendiente el problema de la arena, que requiere una solución definitiva.

El futuro

Los riesgos principales que veo son, por un lado, la colmatación progresiva de la arena; por otro, el deterioro social y urbano de las calles que rodean la playa si no se cuidan adecuadamente.

La regeneración del entorno es esencial. La playa necesita atención prioritaria y sostenida por parte de las administraciones.

Imagino Las Canteras del futuro como una prioridad real en la planificación de la ciudad: un espacio entendido como fuente de salud, aprendizaje, convivencia, cultura y riqueza colectiva. Me gustaría que se reforzara su vínculo educativo con las escuelas y que se desarrollaran programas que miren directamente al mar.

Sueño con una playa viva, cuidada y limpia, donde las peñas puedan seguir respirando sin quedar enterradas por la arena, y donde todos podamos disfrutarla plenamente. Una playa que funcione, en el sentido más amplio, como la gran abuela común de la ciudad.

Lolina Marrero. Septiembre de 2009

Si ves un error o quieres añadir alguna frase a este texto, envíanos un correo a forocanteras@gmail.com y lo valoraremos

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Suscríbete a nuestro Boletín

Únete a nosotros y recibe nuestros contenidos playeros en tu correo electrónico

¡Prometemos que nunca te enviaremos spam! Echa un vistazo a nuestra política de privacidad

Nuestros patrocinadores
Comparte
error: Contenido protegido con derechos de autor©