Los recuerdos de Teye Pérez Melián en la Las Canteras de otra época

Los recuerdos de M.ª Teresa Pérez Melián son una ventana a la playa de Las Canteras de los años treinta: una extensa lengua de arena donde la vida transcurría entre juegos infantiles, vecinos que se conocían por su nombre y una relación íntima con el mar que marcó para siempre a toda una generación.
Teye, de jovencita en la playa de Las Canteras

El recuerdo más antiguo que tuve de la playa debió de ser hacia los años 33 o 34, cuando nos fuimos a vivir a Las Canteras. Entonces, desde el Club Náutico hasta La Isleta todo era arena.

Había unas casas más pensadas para veranear que para vivir durante todo el año y, a la altura de la calle Sagasta, había unas cuantas en primera línea de playa. Allí estaba la nuestra. Al lado vivían los Taylor —eran los abuelos de la chica que hace surf—, los Soler, los Hernández de la Peña y varias familias más.

Por la mañana, después del desayuno, salíamos a la playa y lo primero que hacíamos era mirar quién había puesto el primer toldo o la primera sombrilla.

Por la tarde, en una entrada que hacía la calle sobre la arena, se solían sentar las señoras que vivían en los alrededores a coser, hacer punto o simplemente a conversar. A media tarde venía un señor con una vaca y su ternerito. Las señoras les daban a sus hijos un tazón con gofio y azúcar, y aquel hombre les llenaba el recipiente con leche recién ordeñada, llena de espuma.

Jugábamos al clavo, a la pelota, a piola; hacíamos una montaña de arena húmeda y la saltábamos; marcábamos una línea en la arena y corríamos para ver quién caía más lejos. Las niñas hacíamos casitas para las muñecas y los niños construían tiendas. Las verduras eran las algas que dejaba el mar al retirarse. También construíamos castillos y volcanes. Estos últimos estaban prohibidos por nuestros padres porque dejábamos un cráter donde metíamos trozos de papel y los quemábamos; entonces el humo salía por arriba como si fuese un volcán de verdad. Todo aquello lo hacíamos cuando el mar bajaba y la arena húmeda se mantenía firme.

Por la mañana, cuando la marea estaba muy baja, venían unos hombres con rastrillos, hacían montones de algas y luego llegaba un camión que se las llevaba.

Para mí, “mi playa de Las Canteras” siempre fue “mi playa”, aunque después no pudiera volver a vivir junto a ella; fue y siguió siendo siempre mi playa.

Del paseo de Las Canteras recuerdo ver a unos obreros subir baldes de arena para ir haciendo los escalones y poder bajar a construir los cimientos. Mi hermano Gonzalo y yo éramos amigos de ellos y, a la hora de comer, se sentaban a la sombra de nuestra casa a almorzar y descansar un poco. Nosotros nos asomábamos desde la ventana de la habitación donde jugábamos para verlos.

También tuvimos un amigo pescador que se llamaba José. Mi madre se asomaba a la ventana y, cuando veía pasar su barca, mandaba a Gonzalo y a mí por la orilla hasta La Puntilla para recoger el pescado. Algunos peces todavía seguían saltando en el fondo de la embarcación. Mi hermano llevaba el dinero y yo el cestillo para traerlo a casa. Algunas veces José, después de lavar la barca, nos llevaba por la orilla hasta enfrente de casa y mi madre bajaba a buscarnos a la playa.

Recuerdo también cuando el Cardenal Pacelli —que después fue Pío XII— se paró a contemplar la playa junto a las autoridades que lo acompañaban. Mi madre y mi abuela nos llamaban para que no molestáramos a aquellos señores ni a aquel cura de capa encarnada. Él, al darse cuenta, se volvió sonriente y nos dio su bendición.

También recuerdo haber visto cruzar el cielo de la playa al Zeppelín que luego se incendió. ¡Era enorme!, al menos a mí me lo parecía. Pasó tan bajo que se veía a la gente dentro de la cabina.

Cuando años después fui a dar un paseo por “mi playa”, ya no era exactamente “mi playa”. Nosotros disfrutábamos de ella mañana y tarde. No sé si los niños de hoy la disfrutan como lo hicimos nosotros. Íbamos al colegio por la playa, el recreo era la playa y durante las vacaciones la vivíamos mañana y tarde.

Por las mañanas venía el baño: nadar hasta las rocas, tirarse una y otra vez al agua y luego reunirnos en el toldo o en la sombrilla, donde acabábamos encontrándonos todos los amigos. Después llegaban aquellos paseos interminables por la orilla, de un lado a otro.

Por las tardes teníamos nuestras pandillas y nos reuníamos todos los días. Hablábamos, nos reíamos y así fuimos creciendo año tras año hasta que aparecieron los primeros amores.

Y cuando me fui acercando a los ochenta años, al ir con mi hija a la playa, comprobé que solo el olor a mar y a roca seguía haciéndome volver a mi infancia y a mi juventud. Muchas veces me quedaba callada porque el olor de “mi playa” no había cambiado con los años y volvía a verme joven, con los libros camino del colegio junto a mis compañeras. Según nos acercábamos, se iban uniendo más niñas al grupo. La vida hizo que muchas ya no estuvieran y una terminaba preguntándose: ¿cómo había podido pasar el tiempo tan deprisa?

En mi imaginación seguí paseando tardes y tardes. Entonces todos nos conocíamos y no existía peligro alguno.

Mi paseo de Las Canteras ya no volvió a ser el mismo. Miraba y miraba y solo seguían iguales el mar y su olor. La arena había subido muchísimo y casi ya no se veían aquellas preciosas rocas. Pero seguía siendo “mi playa”. Tenía un olor especial; había cambiado igual que habíamos cambiado nosotros.

El paseo se volvió más sofisticado, con bancos, plantas y hasta palmeras sobre la arena en algunos lugares. Las barandillas pasaron a ser de aluminio. Solo que ya no existía aquella seguridad de antes, cuando bastaban dos guardias municipales para toda la playa. Hoy paseaba y no veía una cara conocida; solo personas y más personas desconocidas.

Siempre pensé, en mi modesta opinión, que a pesar de todos los cambios que sufrió la playa, si se retirara parte de la arena acumulada junto al paseo, la que tapa aquellas preciosas rocas, y hubiera un poco más de vigilancia y limpieza, la playa podría volver a ser, pese al paso del tiempo, nuestra querida playa de Las Canteras.

M.ª Teresa Pérez Melián

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