Ser playero, de la playa de Las Canteras. Manolo Monteiro: los charcos de Playa Chica eran el universo de mi niñez

De los charcos de Playa Chica al conjunto de la bahía, Manolo Monteiro traza un relato íntimo y generacional de la playa de Las Canteras: memoria, aprendizaje y pertenencia en un espacio que ha marcado su vida y cuya esencia, entre cambios y retos, defiende con convicción.
Manolo, de amarillo, posa junto a sus hermanos en los años 70 en los desaparecidos paterres del paseo.

Los charcos de Playa Chica eran el universo de mi niñez. Allí chapoteaba, pescaba, cangrejeaba y rebuscaba entre las rocas anillos o cadenas perdidas; también hacía navegar pequeños balandros. Con el paso del tiempo, aquel campo de juegos fue creciendo hasta abarcar toda la playa y su bahía. Cuando quiero reencontrarme con el niño que fui, acudo a lo que queda de aquellos charcos, hoy en parte sepultados por la arena.

Recuerdo una playa donde todos formábamos una gran familia organizada en pandillas por sectores: Playa Grande, Playa Chica, Peña La Vieja, Galileo, Los Momos o La Cícer. Los vecinos y las familias de toda la vida nos transmitían los saberes heredados de generaciones anteriores: lugares de pesca, nombres de peñas, pasadizos, corrientes o cuevas de pulpos. Una cultura playera que no debemos perder.

Entre mis recuerdos destaca una noche fría de invierno, con grandes mareas y reboso, cuando la avenida y la playa estaban desiertas. Desde la Peña La Vieja alguien hacía señales de auxilio, atrapado por el oleaje. Con la ayuda de un espontáneo, lancé mi chalana y, aprovechando un momento de calma, remé con todas mis fuerzas hasta el náufrago. Al alcanzarlo, el hombre, presa del pánico, se abalanzó sobre mí, a punto de hacernos zozobrar. No lo conocía; no era playero. Durante el trayecto hasta la orilla me explicó que había llegado a la peña con marea baja y que, al subir, quedó aislado sin saber nadar bien. Tiritaba de frío y miedo. Antes incluso de tocar la arena, saltó de la chalana y desapareció en la oscuridad. En casa, con la ropa empapada, no creyeron mi historia: me cayó una buena bronca y el castigo de no tocar la chalana durante una semana.

La playa ha estado siempre presente en mi vida: niñez, adolescencia, juventud y madurez. En ella se forjaron mis amistades, mis amores y mi carácter, así como una manera de entender la vida. Siento un profundo respeto y agradecimiento hacia Las Canteras, a la que considero generosa con quienes la quieren y la respetan.

Hoy veo una playa más cosmopolita y masificada. Hemos perdido parte de la tranquilidad y el encanto, aunque hemos ganado en instalaciones y limpieza. Entre los retos principales señalo la acumulación de arena, la protección integral de la Bahía del Confital como espacio natural, una mayor concienciación en el uso y disfrute de la playa, la mejora de la iluminación, el cambio del pavimento de la avenida y la dignificación de la segunda línea y de las calles adyacentes en términos de accesos, limpieza, orden y seguridad.

La juventud dispone ahora de más medios y oportunidades: los deportes playeros se han multiplicado y la oferta de eventos es amplia. Sin embargo, echo en falta las pandillas de antaño. Aun así, creo que tenemos una juventud sana, deportista e integrada en la playa, depositaria del legado que les dejamos.

Considero fundamental que la gestión escuche a los playeros de toda la vida y a los vecinos. Más allá de estudios y proyectos técnicos, hay que vivir la playa desde dentro: sentir la arena en los pies, la brisa en la cara y el pulso cotidiano, compartiendo con quienes la conocen. Estoy convencido de que quienes defendemos Las Canteras lo hacemos movidos únicamente por el cariño y el respeto, al margen de intereses económicos o políticos.

De cara al futuro, me preocupan la acumulación de arena, la presión demográfica sobre la playa y su entorno, y la falta de respeto o el vandalismo de algunos usuarios. Propongo medidas claras: retirada de arena, control de las licencias de construcción en altura —hemos pasado en pocas décadas de casas terreras a grandes torres—, educación en el respeto a la playa desde edades tempranas y sanciones ejemplares frente a comportamientos incívicos.

Pese a todo, soy optimista. Confío en las nuevas generaciones por su preparación y sensibilidad hacia el entorno. Creo que, con sentido común y proyectos como la recuperación del Confital, el futuro de Las Canteras está asegurado.

Manolo Monteiro Quintana

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