“Hombre libre, siempre querrás al mar”. Charles Baudelaire

La Concepción de los espacios verdes en la doctrina urbanística, por Alfredo Herrera Piqué.

Desde hace tiempo sabemos que una ciudad no es solamente una acumulación de viviendas y de actividades humanas. Y también sabemos que los jardines y zonas verdes no son simplemente un elemento decorativo de las edificaciones. Realmente los espacios verdes juegan un papel fundamental e irreemplazable en el desarrollo y en el mantenimiento del equilibrio físico y psíquico del hombre, sobre todo del niño. De hecho la predilección por la proximidad de las superficies verdes es aquello que más ha distinguido al urbanismo moderno y es también aquello que ha distinguido, desde sus comienzos, el arte urbano, practicado desde antiguo. Basta recordar los jardines colgantes construidos por la reina Semíramis en Babilonia, considerados como una de las siete maravillas del mundo antiguo; los jardines de Tell el Amarna, en el Egipto de los faraones; los jardines que rodeaban a los templos griegos y a las villas romanas; las maravillas de agua y color de la Alambra; los jardines florentinos en el Renacimiento europeo; el jardín francés de los siglos XVI y XVII (las Tullerías, Luxemburgo, los Campos Elíseos), en cuya protección brilló el genio de Le Notre, que hizo de Versalles el prototipo europeo; el jardín romántico, que se desarrolla sobre todo en Inglaterra y que opone a la concepción arquitectural y racional anterior la primacía de la sensibilidad y el pintoresquismo. En el siglo XIX se producen dos fenómenos sociales que influyen decisivamente en la formación de una nueva concepción de los espacios verdes. Todos los géneros de parques y de jardines a lo largo de la historia tenían un carácter palaciego, aristocrático y religioso. Estaban ligados a una estructura de poder dominada por pequeñas minorías. En el siglo pasado culminó la decadencia del poder aristocrático y la desaparición de grandes fortunas nobiliarias que en el pasado habían hecho posible el mantenimiento de grandes villas y palacetes. Madame de Pompadour había tenido en su gabinete un jardincillo con flores de porcelana que rociaba con el perfume propio de cada especie y la reina María Antonieta, vestida de pastora, ordeñaba las vacas en el jardín del Petit Trianon, parque que había costado 352.275 libras de oro y cuya creación exigió transportar todo un bosque de la escuela forestal de la Rochette. Después de la Revolución las cosas habían cambiado. Los jardines privados son más escasos, y por otra parte, el desarrollo de la ciudad industrial genera un rápido e intenso incremento de las poblaciones urbanas en muchos países europeos, provocando importantes movimientos sociales que van a influenciar el urbanismo. La función de utilidad pública de parques y jardines pasa a ser dominante y sobre todo, se palpa su necesidad para la higiene y el saneamiento de los barrios densamente habitados. En Londres se crean Hyde Park, Regent’s Park y Victoria Park; en Nueva York, Central Park; en París se adecuan como grandes parques el Bosque de Boulogne y Vicennes. Las doctrinas pioneras (Soria, Howard, Sitte, Geddes) de la disciplina urbanística se fundamentan en el planteamiento racional de los espacios verdes para conseguir una ciudad habitable y funcional. Y así el urbanismo nació fundamentado en la función social y estética de las superficies verdes, cosa que han olvidado quienes han tenido responsabilidad en la construcción de nuestras ciudades.

(Alfredo Herrera Piqué. Extracto del cap. XI “La Ecología de la ciudad. Zonas Verdes y Urbanismo”, del libro LAS PALMAS DE GRAN CANARIA, Segunda Parte. Editorial Rueda, 1984, pp. 446-447.)

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