El rayo verde

Eric Rohmer vivía obsesionado con el rayo verde desde que leyó a Julio Verne contando que según una leyenda escocesa quien logra ver el rayo que aparece de improviso al atardecer jamás se equivoca en las cuestiones de la vida que tienen que ver con el corazón. Durante años lo fue buscando por todo el planeta. Instalaba sus cámaras mirando siempre al poniente y se dedicaba a grabar los arreboles de las puestas de sol de medio mundo. Tras reiterados fracasos, finalmente logró filmar el rayo de marras desde un ático del Paseo de Las Canteras. Luego hizo una película que tituló, como no podía ser menos, El rayo verde, en la que la imagen estelar de la historia que contaba el excelente cineasta francés era el instante que había inmortalizado desde Las Canteras. Mirando hacia esa misma playa, también desde lo alto, ha escrito Alfredo Bryce Echenique buena parte de sus últimos y magníficos libros, casi siempre con su alter ego, Martín Romaña, como gran protagonista, y todo el rato con el maravilloso “imprime, no deprime” al que se agarra su personaje cuando en el mundo pintan bastos y sólo queda la escritura y la ficción para poner algo de coherencia en el asunto.

Mirando hacia Las Canteras también estuvo Carmen Laforet cuando escribió La isla y los demonios. Y por esa misma arena se paseaba pensando en sus historias y en cómo presentar al monstruo marino de Melville el bueno de John Houston. Otros, con mucho menos, se han montado un paraíso de suplemento de Viajes o han convertido a sus costas en referente cultural de primer orden. En cualquier otra parte, sólo con lo del rayo verde, habría hasta vuelos de Uzbekistán o de Honolulú para poder contemplar esa maravilla que los grancanarios amantes del océano y de los crepúsculos hemos podido vislumbrar alguna tarde esplendorosa desde la playa o el paseo de Las Canteras. A lo mejor esto nos pasa por indolencia o por falta de másters en merchandaising y publicidad. Claro que según Verne lo del rayo verde era sólo una agarradera para cuestiones del corazón y de todas esas cosas que no dan dinero ni grandes ideas que hagan temblar el Down Jones o el índice Nikkei. En el amor, en cambio, en principio tendríamos que ser infalibles y dichosos. Y la verdad es que viendo como va el mundo lo mejor es que nos sigamos agarrando a ese clavo ardiendo.

Santiago Gil

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