En las décadas de los cuarenta y cincuenta, ir a la playa de Las Canteras a remojarse y tomar el sol estaba sujeto a unas normas de comportamiento que regulaban la vestimenta y la conducta de los bañistas, bajo los criterios de decoro y moralidad propios de la época. Y en aquel paisaje playero había una prenda imprescindible: el albornoz.
No era simplemente una prenda para secarse al salir del agua o protegerse del fresquito. Su uso respondía también a una obligación municipal: los bañistas debían cubrirse para pasear por la orilla de la playa, acceder a la avenida o entrar en los establecimientos del paseo.
El bando municipal publicado en junio de 1950, firmado por el alcalde Francisco Hernández González, lo dejaba claro. Su artículo primero prohibía desnudarse o vestirse en la playa y exigía utilizar las casetas habilitadas para ello. Quienes no lo hicieran debían acudir con el bañador puesto y «cubiertos con albornoz cerrado o cualquier otra prenda decorosa de vestir». El segundo artículo establecía que, para acceder al paseo de Las Canteras y a sus bares y restaurantes, era obligatorio llevar albornoz o una prenda similar.
Las normas no se limitaban a obligar a cubrirse para acceder al paseo. El bando de 1950 también establecía cómo debían ser los bañadores y qué prendas había que llevar para tomar el sol. Las mujeres debían usar faldas y los hombres, pantalones de deporte sobre el bañador. Además, se delimitaban zonas específicas para los baños de sol y sectores de playa reservados exclusivamente a mujeres y niños. Las infracciones podían sancionarse con multas de 25 pesetas.
En aquel contexto, el albornoz se convirtió en una presencia habitual en la arena. Los recuerdos y las fotografías recogidos en esta web muestran a los bañistas cubiertos mientras paseaban, descansaban o se acercaban al agua. Según una de estas evocaciones, el albornoz solo se retiraba al llegar el momento de entrar en el mar y volvía a colocarse al salir.
La vigilancia de aquellas normas también forma parte de la memoria de quienes vivieron esa época. En sus recuerdos publicados en www.miplayadelascanteras.com, Luis García de Vegueta relata cómo los agentes municipales llamaban la atención a quienes permanecían en la arena sin cubrirse, con expresiones destinadas a recordarles la obligación de mantener el decoro.
Cuando el albornoz dejó de ser una obligación
Con el paso de los años, las costumbres comenzaron a cambiar. La llegada del turismo, la evolución de la moda de baño y una mayor libertad en la forma de disfrutar de la playa fueron transformando aquella imagen de bañistas cubiertos de pies a cabeza. Los bikinis y otros modelos de bañador que habían suscitado críticas y controversias terminaron incorporándose a la vida cotidiana de Las Canteras.
El albornoz, sin embargo, no desapareció de inmediato. Para muchas familias siguió siendo una prenda práctica y familiar, utilizada para secarse, protegerse del viento o caminar desde la orilla hasta la toalla.

Lo que también había sido una imposición moral sobrevivió como costumbre playera, sobre todo entre los usuarios más veteranos.
Hoy, recordar aquellos albornoces es mucho más que evocar una moda. Es recuperar una parte de la historia social de Las Canteras y de una época en la que las autoridades pretendían regular hasta la manera de vestirse para disfrutar del sol y del mar.
La historia de esta prenda nos recuerda también cuánto han cambiado las normas sociales y la forma de entender el cuerpo, el baño y la libertad en los espacios públicos.

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