El barquillo de dos puntas es una de las embarcaciones tradicionales más representativas del patrimonio marítimo de Canarias. Durante siglos fue una herramienta indispensable para la pesca artesanal, el transporte de personas y mercancías entre los barcos fondeados y la costa, así como para pequeños desplazamientos entre puertos y calas. Con el paso del tiempo, dejó de ser un medio de trabajo para convertirse en una embarcación deportiva, dando origen a la actual modalidad de vela latina de barquillos, especialmente arraigada en Lanzarote, Fuerteventura, La Graciosa y, más recientemente, Gran Canaria.
El barquillo tal y como lo conocemos ahora tiene su origen en los faluchos, embarcaciones con el palo muy inclinado hacia la proa y vela latina, y en los laudes. Estos últimos pueden definirse como barcos también de un solo palo y con pequeñas velas triangulares, muy típicos del mar Mediterráneo. De hecho, se cree que su origen pudo estar en las orillas del Nilo, y que desde allí los marineros y comerciantes se encargaron de difundir su uso a lo largo del mar Mediterráneo. Estas embarcaciones llegaron al Archipiélago -Canarias ha sido siempre un lugar destacado para el comercio marítimo mundial por su localización estratégica entre Europa, América y África central- adaptándose a las condiciones del Atlántico y a las necesidades de los pescadores canarios.
También en la bahía de El Confital, la silueta de los barquillos de dos puntas, antaño portadores de una vela latina para la navegación, formó parte durante generaciones del paisaje de Las Canteras.
Los pescadores de La Puntilla izaban sus velas al amanecer para dirigirse a los caladeros próximos a La Barra, El Confital o la costa norte. Aquellas pequeñas embarcaciones, impulsadas únicamente por el viento y la pericia de sus tripulantes, representan una de las estampas más auténticas de la historia marinera de la playa.
¿Por qué tiene dos puntas?
Su rasgo más característico es que la proa y la popa presentan una forma muy similar, dando la impresión de que el barco tiene dos proas. Este diseño no respondía a una cuestión estética, sino práctica. Las dos puntas, unidas a la curvatura de la quilla, facilitaban el varado en playas de callaos o arena y permitían afrontar mejor el fuerte oleaje de muchas costas canarias. Además, simplificaban las maniobras durante la pesca artesanal, principalmente de bajura.
Yo por mi parte cojo la maleta
que el viejo se llevó a las Américas
en un barquillo de dos proas
¡qué valientes barquillas atuneras!
tienen dos proas, una a cada lado,
para que nunca retrocedan,
vayan donde vayan siempre avanzan,
¿quién dijo popa? ¡avante a toda vela!
Pedro Lezcano
La embarcación del pescador canario
Hasta mediados del siglo XX, los barquillos eran habituales en prácticamente todas las islas. Se construían íntegramente en madera y carecían de cubierta, aunque disponían de pequeños medios puentes en proa y popa. Existían distintos tamaños, desde pequeñas chalanas de apenas dos o tres metros hasta falúas cercanas a los diez metros de eslora, utilizadas según el tipo de pesca o transporte.
Su vela latina triangular permitía aprovechar los alisios para navegar incluso con el viento de través, convirtiéndolo en una embarcación muy eficaz para la pesca de bajura.
Del trabajo al deporte
Cuando terminaban las jornadas de pesca, los marineros comenzaron a desafiarse entre ellos para comprobar quién era el más rápido para llegar a la playa o el más hábil manejando la vela. Estas competiciones informales, conocidas como «pegas», fueron el origen de las regatas populares. En una época con escasas alternativas de ocio, estos desafíos reunían a numerosos espectadores y otorgaban prestigio a los vencedores.
En Lanzarote, las regatas ligadas a las fiestas de San Ginés consolidaron esta tradición, mientras que en Gran Canaria evolucionó paralelamente la modalidad de los grandes botes de vela latina.
Hoy los barquillos deportivos mantienen la esencia de las antiguas embarcaciones, aunque incorporan mejoras en materiales, seguridad y reglamentación para la competición.
Un patrimonio vivo
El barquillo de dos puntas representa mucho más que una embarcación. Es el legado de generaciones de pescadores que hicieron del mar su forma de vida y un símbolo de la identidad marinera de Canarias. Su evolución desde humilde herramienta de trabajo hasta deporte tradicional demuestra cómo el patrimonio puede adaptarse al paso del tiempo sin perder su esencia.



