Los erizos parecen alfileteros vivientes con armadura de carbonato cálcico; los pepinos de mar se asemejan a gusanos gigantes; las estrellas extienden sus brazos como flores marinas; las ofiuras se mueven con gracia serpentina, y los crinoideos, conocidos como lirios o estrellas pluma, despliegan brazos finos y ramificados que recuerdan a delicados abanicos vegetales.
A primera vista, clasificar juntos a estos animales parece un error taxonómico. Sin embargo, bajo esa diversidad de formas se esconde una de las historias evolutivas más sorprendentes de la naturaleza: la de los equinodermos, un filo que ha sobrevivido durante más de 500 millones de años en casi todos los rincones del océano.
El material secreto
Todos los equinodermos poseen un esqueleto interno, un armazón calcáreo con una microestructura única llamada estereoma.
Un conjunto de genes controlan el desarrollo de ese esqueleto, que consiste en osículos –huesecillos pequeños– de carbonato cálcico que pueden estar libres o fusionados, formando una estructura tridimensional porosa exclusiva de este filo.
En los erizos, los osículos se sueldan creando caparazones rígidos; en las estrellas se articulan, permitiendo flexibilidad; y en los pepinos se reducen a espículas dispersas en el tejido blando. El resultado es una enorme variedad de soluciones constructivas que parten siempre del mismo “ladrillo” básico.
Esa versatilidad es lo que ha permitido a los equinodermos conquistar desde arrecifes tropicales hasta fondos fangosos a miles de metros de profundidad.

Sorprendente ingeniería hidráulica
Otra innovación compartida es el sistema vascular acuífero, un mecanismo hidráulico único en el reino animal. Sus pies ambulacrales funcionan como pistones microscópicos que pueden extenderse, retraerse y adherirse con gran precisión.
Las estrellas de mar los utilizan para sujetarse firmemente y abrir bivalvos, un proceso lento pero eficaz que puede durar horas hasta que la concha cede. Los erizos emplean sus pies para caminar, anclarse en el sustrato e, incluso, ventilar el cuerpo, mientras que los crinoideos los convierten en abanicos vivientes capaces de filtrar diminutas partículas de plancton.
Estos pies se adhieren gracias a sustancias pegajosas secretadas por glándulas especiales, que les permiten fijarse y soltarse de forma controlada. El mecanismo combina presión hidráulica y adhesión bioquímica, lo que les confiere una fuerza y flexibilidad notables.
Este sistema descentralizado, sin un cerebro que lo coordine, logra mover miles de estructuras al unísono con gran precisión.
Un truco de metamorfosis
Todos los equinodermos comienzan su vida como larvas bilateralmente simétricas que nadan libremente en la columna de agua. Estas diminutas formas planctónicas se alimentan de microalgas y constituyen un eslabón importante en las redes tróficas marinas.
Pero, durante la metamorfosis, sucede algo único: el lado izquierdo del cuerpo origina el rudimento juvenil y reorganiza la simetría en un plan pentarradial –cinco partes iguales alrededor de la boca–, mientras que partes del lado derecho se reducen o desaparecen. Es como si la arquitectura del cuerpo se derrumbara y se reconstruyera desde cero, cambiando de plano de simetría en pleno desarrollo.
Ningún otro filo animal realiza semejante proeza de transformación.

¿Todo cabeza?
Los estudios genómicos más recientes han añadido otra capa de asombro. Según un estudio de 2023, los genes que en otros animales forman la cabeza se expresan en casi todo el cuerpo de los equinodermos, como si fueran en gran parte “cabeza”.
Esta reorganización de los programas genéticos explica por qué su anatomía parece tan extraña comparada con otros deuteróstomos –filo de animales en cuyo desarrollo se forma primero el ano y luego la boca–, el grupo que incluye también a vertebrados como nosotros.
No es que los equinodermos carezcan de “tronco”, sino que la evolución ha reutilizado de forma insólita los planos de desarrollo que en otros animales definen la parte anterior del cuerpo.
Superpoderes regenerativos
A estas rarezas se suma un don que roza la ciencia ficción: la regeneración. Las estrellas de mar pueden reconstruir brazos completos y, en algunas especies, un solo brazo puede regenerar un cuerpo entero. Los pepinos de mar expulsan parte de sus órganos internos como estrategia defensiva y luego los regeneran por completo. Los erizos reemplazan sus espinas continuamente y reparan estructuras dañadas.
Estos procesos implican tanto células madre como desdiferenciación de tejidos adultos, lo que convierte a los equinodermos en verdaderos laboratorios vivientes de biología regenerativa. Para los científicos, estudiar estos mecanismos es una ventana hacia posibles aplicaciones en medicina regenerativa humana.
Su papel en el ciclo del carbono
Además de su importancia ecológica, los equinodermos desempeñan un papel relevante en la química del océano. Al formar carbonato cálcico en su esqueleto, contribuyen al ciclo global del carbono.
Se estima que generan alrededor de 0,1 petagramos –100 millones de toneladas– de carbono inorgánico al año, una cantidad suficiente para influir en los balances de carbonatos en los fondos oceánicos. Sin embargo, esto no implica necesariamente un secuestro neto de CO₂, ya que parte del material puede disolverse antes de enterrarse en los sedimentos.
Una lección evolutiva


