Durante muchos, muchos años, el juego del clavo fue el juego del verano. Las pandillas de jóvenes se reunían en las tardes veraniegas en torno a este entretenimiento para jugar horas y horas. No había mejor forma de mantener contacto visual con la chica o el chico que te gustaba que jugando al clavo.
En aquellos felices años – entre los 50 y 80- sin móviles ni redes sociales, para hacer vida social y conocer amigas y amigos en verano, en la playa de Las Canteras solo te quedaba jugar al burro, al fútbol o al clavo.
El clavo se jugaba con un gran clavo, de aproximadamente 20 cm,. Por entonces se solía comprar en las ferreterías del barrio. Me imagino que aún se pueden conseguir, aunque ya nadie juega a este legendario juego playero.

«Clavo de disputas por ver si la cabeza tocaba la arena, en cuyo caso no valía; clavo de digestiones de dos horas y media antes de volver al agua; clavo de entretenimiento cuando las madres, viendo los ojos llenos de salitre de los más pequeños, obligaban a descansar un rato en la arena; clavo de atardeceres sobre la arena fría; clavo de amigos y más amigos en ese enorme parque que siempre fue Las Canteras.»
El juego es muy sencillo: consiste en realizar una serie de figuras (mañas) con la enorme tacha y conseguir que termine clavada en la arena, con la cabeza en el aire. Basta con que la cabeza del clavo no roce la arena; de ahí lo de “si cabe o no cabe”, una de sus frases más emblemáticas. A menudo, el espacio es tan mínimo que el jugador debe tumbar su propia cabeza, pegándola a la arena, para averiguar si cabe o no cabe.











