Cuento de verano «La esquina»

La esquina por Pino Lorenzo López

Luis vivía en aquella esquina. Había aderezado las posturas a ella, y consideraba aquel lugar como suyo. La policía lo respetaba, y solo le advertía que la mantuviera limpia. Dormía allí todas las noches, y por el día recogía sus cosas y las dejaba en una cafetería cercana, donde además le permitían hacer sus necesidades. Bebía alcohol, sí, pero no hasta extasiarse; bebía por aburrimiento, por hacer algo, y para que el tiempo pasase más rápido. 

Los vecinos del barrio le tenían aprecio y, a diario, le bajaban un plato de comida. Cada día, para asearse, acudía a las duchas de la playa, cuando todavía los turistas no habían acampado, y con un poco de gel y champú, quitaba las asperezas y durezas del día. 

Tenía una hermana que cada semana pasaba por la esquina para ver cómo estaba. No le daba dinero, aunque él no lo pedía, porque sabía en lo que se lo iba a gastar, pero siempre le llevaba algo de comida y ropa limpia para que se cambiase. 

Luis hablaba cuatro idiomas, y trabajó muchos años como recepcionista en un hotel del sur. 

Fue un buen trabajador, pero las relaciones amorosas lo fueron volviendo cada vez más desgraciado. Tuvo tres parejas, y un hijo con cada una de ellas. Después de ser padre, perdían el interés por él y terminaban por abandonarlo. De sus hijos apenas sabía sus nombres. Se lamentaba de su mala suerte y de lo mal hombre, mal padre y mal marido que había sido, para que lo abandonaran de aquella manera. 

Estas y otras cuestiones fueron llevando a Luis a la bebida, al descontrol, hasta ir perdiendo poco a poco lo que tenía, y verse un día en la calle preguntándose dónde dormiría aquella noche. 

Pero la suerte de Luis iba a cambiar. Una pandemia universal obligaba a los estados a sacar de sus calles a los sin hogar. Muchos ayuntamientos no contaban con lugares alojativos apropiados, y en su lugar, contrataron hoteles de la ciudad, que estaban cerrados.

Luis no podía creer en su buena suerte. Dormía en una habitación solo para él, tenía ropa limpia, le servían la comida tres veces al día. Ni en el mejor de sus sueños pudo imaginar aquella situación. Durante los meses que duró el confinamiento, Luis comenzó a leer, veía la televisión, que siempre fue una de sus principales distracciones, y tenía acceso a un ordenador. E incluso pudo entablar relaciones con otras personas que no fueran en una relación de dependencia. 

Pero el confinamiento pasó, y los residentes empezaron a salir a la calle, a abandonar los hoteles, y poco a poco aquellos espacios de protección social, se fueron desmantelando. Luis tuvo que volver a la calle, donde entonces reside, en aquella esquina desde la cual ve pasar la vida.  

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