Cuento de verano «Un destino cualquiera»

Un destino cualquiera por Pino Lorenzo López

Viajaba siempre en primera. No se lo podía permitir, pero encontraba un placer hacerlo de esta manera. Siempre compartía asiento con algún empresario, algún político conocido o el vicepresidente de algún club de fútbol. Se vanagloriaba de que, siendo propietario de una mercería de barrio, no se notara, en esos momentos, la diferencia. En los aeropuertos esperaba en la zona vip, y durante los vuelos pedía la botella del champán más caro. 

Su mujer consideraba toda la parafernalia como un vicio, pero él decía que lo que hacía no perjudicaba su salud. Pero sí para tu bolsillo, le contestaba su esposa. 

Los viajes eran siempre para ver a su familia que vivía en Barcelona, pero a veces, se embarcaba en un destino cualquiera, y desde ese lugar tomaba otro avión a su destino. Eso retrasaba su llegada varios días, y sus familiares se extrañaban de su tardanza. Pensaban que Carmelo podía tener una aventura, y que aprovechaba sus viajes a Barcelona para verla. Pero, por otro lado, desechaban esa opción. Carmelo no era un hombre de mundo, y no lo veían capaz de enamorar a otra mujer que no fuera Carmelita, y ésta ya estaba enamorada. Quizás, decían, tenga un hijo secreto en alguna parte; pero si apenas puede con un hijo, imagínate con dos, concluían. 

Alguna vez estuvieron tentados de preguntarle a Carmelita sobre estos retrasos en sus llegadas a la ciudad condal, pero prefirieron dejar las cosas como estaban, no fuera el matrimonio a separarse, y Carmelín tuviera que sufrir la separación de sus padres. 

Carmelo sabía que generaba esas dudas en su familia, y a veces sentía un especial gusto por dar a entender lo que no era. 

La cosa fue que entre tanto viaje novelero, una de las azafatas de una de las líneas en las que a menudo viajaba, mostró interés en conocerlo, y en tener una cita con los pies en la tierra. 

En el mismo momento en que la azafata, entrada en años pero resultona, le hizo la petición, sintió un escalofrío por todo el cuerpo y un sentimiento de culpa tan grande que no pudo articular palabra. Cuando le fue a hablar, no sabía bien para decir qué, la saliva decidió tomar un camino errado, y en lugar del trayecto ascendente, tomó el descendente, provocando en Carmelo un añurgamiento que le tuvo tosiendo durante veinte minutos. 

La azafata se sintió fatal con lo que había hecho. Nunca antes, en treinta años de servicio, se había atrevido a hacer algo así, y si lo hizo en aquella ocasión fue porque ni a ella ni a la plantilla de la flota, le cabía duda de que Carmelo quería impresionarla, y por eso hacía esas conexiones de vuelos tan extrañas. 

Después de tranquilizarse y el piloto anunciar que empezaban la maniobra de aterrizaje, la azafata se fue a disculpar, alegando que era una broma que le habían gastado sus compañeros. 

Carmelo casi no pudo mirarle a los ojos, ni emitir una sola palabra. 

Ya en el aeropuerto, llamó desde el móvil a su mujer para decirle que, desde ese momento, viajaría en clase turista. 

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