En aquellos años 80, corría el rumor entre las pandillas canteranas de que, bajo la punta del Morro —justo debajo del desaparecido matadero, en la costa norte de la bahía de El Confital—, se congregaba un enjambre de tiburones cada vez que se vertía al mar la sangre de los animales sacrificados.
Ya pueden imaginar lo que pasaba por la cabeza de cualquier playero que practicara surf, windsurf o, simplemente, saliera a nadar. Con la reciente visión de la película Tiburón aún fresca en nuestras mentes, las pesadillas sobre escualos asesinos se volvían más insistentes.
Las crónicas pesqueras de aquellos años corroboraban los rumores. Muchos pobres cazones, cornudas, marrajos y otros peces cartilaginosos fueron capturados por cientos de palangres que se dejaban fondeados cada noche con sebo para que los excitados tiburones cayeran en sus anzuelos.
Ahora ya no está el matadero, y los tiburones, así como otros cordados, gozan de una protección relativa. Eso sí, en la bahía de El Confital se observan muchos menos tiburones —incluidas las cornudas (tiburón martillo)— que hace treinta años.

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