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Martes: se esperan grandes claros después del mediodía
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Pie foto: Mural en la calle Callao, Guanarteme.

Una ciudad es un bombardeo continuo de imágenes que asaltan por doquier al transeúnte. Imágenes que producen un acrecentamiento de la vida nerviosa del urbanita y que, en su mayoría, se olvidan tan pronto como se ha atendido su solicitud. Con todo, hay veces que algunas de estas imágenes percuten largamente en la memoria individual. Imágenes que no necesariamente revisten una calidad formal excepcional o que portan un contenido singularmente relevante y que, sin embargo, sin que el transeúnte sepa muy bien por qué, persisten en el recuerdo y hasta despiertan el deseo de volver a verlas. Así, un mural que se encuentra en un solar en la calle Callao de Guanarteme, fechado en 2012 y firmado por Miss Mely.

El muro sobre el que operó Miss Mely está enfoscado y recubierto por una capa de cal con churretones en la que, velado, asoma el gris del cemento. Entreverados con la obra hay borrones que tapan mensajes y grafitis con corazones, genitales y nombres de personas realizados mediante incisiones. También hay otro que representa una calavera con un gorro de cocinero. Detrás, en el solar, asoma una planta que ha crecido de forma silvestre y un muro con rastros de forjados y tabiques de la pared de un edificio derruido. Este mural que marca esta pequeña calle de Las Palmas cuenta un relato simple: un elefante sostiene con la trompa la rama de un árbol a la que descienden desde la Tierra los humanos, reducidos a grafías elementales.

Debajo de la rama una leyenda en inglés dice: “Sigue caminando”. El elefante, a su vez, se yergue sobre un triángulo amarillo, único elemento que no es ni blanco ni negro, como el resto de las figuras, con la salvedad de otros pequeños triángulos rojos que ornamentan la única oreja visible del elefante y otras partes del mural. De la rama que sostiene la gran bestia salta una rana sobre la que caminan varias personitas. La rana da paso a la palabra muévete, también en inglés, trazada con la forma de un muelle desde el que los humanos-signo se arrojan para penetrar en un tren. Los vagones de la máquina entran y salen de una ciudad, que recuerda a las películas del cine expresionista, hasta concluir en una mano abierta, donde los humanos suben voluntariamente o son abducidos por un platillo volante del que llueven más triángulos rojos. A pesar de su simpleza, al transeúnte, al menos a este reportero, no le queda claro que es lo que se cuenta en esta fábula que parece desmontar y remontar elementos de un mito hindú sobre los elefantes y la creación del mundo para mezclarlos con la clásica historia de extraterrestres invasores -o en este caso, tal vez, salvadores- y la vida febril de las ciudades.

Tal mezcla de elementos extraídos de imaginarios diversos y el hecho de que, aún cuando parece que tiene un principio y un fin claros, la historia no acaba de entregar del todo su sentido, es lo que hace enigmático al mural. En principio, en los mitos sobre el origen del mundo en los que aparecen elefantes, estos no hacen de pasarela para que sus habitantes abandonen el planeta, sino que lo sostienen. Por otra parte, después de que los humanos salten al tren desde la rana, la Tierra reaparece en este mural en la forma de la ciudad que sus constructores, siempre en movimiento, están abocados a volver a abandonar en compañía de visitantes del espacio exterior, quizá porque han dejado sobreexplotado y exhausto a su lugar originario en el universo. Si fuese ésta la interpretación correcta no será irrelevante, entonces, el dato de que la autora ha dejado esta marca en uno de los barrios de Las Palmas que más creció y se transformó hasta el estadillo de la crisis que sacude al planeta y que se solapa con las alarmas sobre el colapso ecológico global. Por lo demás, el mural obtiene parte de su energía del contexto, propicio para la apreciación desde la estética de las huellas. Así, sobre el antiguo muro medianero, el rastro del esqueleto del edificio derruido, que, como un corte estratigráfico, devela en la vida pública vestigios de la vida doméstica. Así, también, los borrones en el muro que son igualmente el recuerdo de algo asociado a emociones que no podemos compartir.

Y, así, como en un intricado palimpsesto, los grafitis con nombres, sexos y corazones, inscritos igualmente en el muro y enmarañados, hasta conformar una sola imagen con el arte urbano de Miss Mely. Artista y grafiteros, congregados todos en este punto de la ciudad con un mismo propósito: el de dejarse ver.

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