Sálvese quien pueda.

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La noticia que trae hoy La Provi sobre la petición de los socorristas de la playa para que Las Canteras se cierre los días de fuerte marejada, ya que la bandera roja no es siempre respetada por todo el mundo, pone de actualidad un viejo asunto que nunca se ha abordado debidamente y merece mucha atención. Un asunto por otra parte que atañe no sólo a nuestra playa sino a todas las playas, al campo, y a la montaña, pues el amor o la atracción por el peligro de algunos “aventureros” desborda en ocasiones los límites de la seguridad y sus costes.

Cuenta la Cruz Roja que el pasado fin de semana, que había bandera roja, tuvieron que practicar en Las Canteras hasta veintidós intervenciones para ayudar a bañistas en apuros poniéndose ellos mismos en situación de serio riesgo. También actuaron en los Nidillos donde llegó a rescatarse a un joven buguero y donde intervieron el Servicio de Urgencias Canario y la Policía Local. Se podría pensar que los servicios de urgencia y de rescate están para eso y que, por tanto, es lógico que salgan en ayuda de quien se encuentra en apuro dentro y fuera de la barra. Pero también se puede pensar que la bandera roja significa algo y está para algo. ¿Hasta dónde llega la obligación de los socorristas de jugarse el pellejo?, cabe preguntarse.

A nosotros nos parece que todo tiene un límite y que los socorristas no deben de estar al servicio del aventurero o irresponsable de turno. Otra cosa, claro está, es que en condiciones normales (bandera verde o amarilla) los socorristas cumplan con su deber irrenunciable de alertar y ayudar a los bañistas. O bien que haya que viajar al centro de la Tierra para rescatar 33 diamantes humanos. Cuando vemos alguna vez en la Península el rescate de algún montañero solitario en pleno invierno y con toda la sierra petada de nieve y los servicios de rescate jugándose el físico, nos hemos planteado esta misma cuestión.

En conclusión, ¿cerramos o no cerramos Las Canteras los días de fuerte oleaje? Nosotros decimos de momento que el debate está servido y que algo se debe hacer: informar a la ciudadanía de los riesgos que corren nuestros socorristas y de los costes que estas acciones implican, educar a la juventud en el respeto a las normas de seguridad de la playa y a disfrutar del mar sin poner su vida en juego ni la de los demás, etc.

Porque si no se aborda esta cuestión corremos el riesgo añadido de que en situaciones como esta los socorristas digan: “Sálvese quien pueda”.

Luis del Río García

En Los Nidillos, a 17 de octubre de 2010

Dedicado a los mineros chilenos

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