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Miércoles: se espera que salga el sol, calimoso. La brisa marina nos aliviará del calor
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Lectura de verano a la orilla del mar. Dolores Campos-Herrero “Entre todas las mujeres”

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ENTRE TODAS LAS MUJERES

Dolores Campos-Herrero

El mediquito, rubio, recién salido de la universidad, no se le iba de la cabeza. Cosa rara a esas alturas porque la anciana era un ser pacientemente olvidadizo. Como si aquella facultad de no recordar casi nada fuese algo que le hubiera costado mucho aprender.

Un desacostumbrarse que ha requerido de mucha disciplina.

-¿Se acordó de la pastilla de la mañana, madre?– fue lo primero que le preguntó su nuera.

La anciana no sabía de qué pastillas le hablaba, pero eso no le inquietaba.

Lo que le preocupaba era saber quién era aquella mujer triste, de mirada lacia y como de barro pegajoso.

Una de esas chicas envejecidas, tempranamente ajadas por culpa de la resignación y la mansedumbre.

-Si las conoceré yo- dijo en voz alta.

-¿A qué se refiere?- se inquietó la más joven de las dos mujeres.

Hablar era pura rutina. Estaba acostumbrada a los desvaríos, al ir y venir errático de una mujer a la que comenzó a tratar de usted cuando la enfermedad la transformó.

Fue, en realidad, una nueva costumbre que enseguida se volvió natural. No en vano, desde que la conoció le pareció fría y lejana. Algo antipática, también. Pero, sobre todo, celosa y desconfiada.

La típica suegra que considera que el nuevo miembro de la familia no está a la altura de las circunstancias.

No, al menos, a la altura de sus expectativas, de lo que siempre deseó para su Antonio.

-¿Es que no se puede tener tranquilidad aquí?- replicó, malhumorada, la enferma.

La distancia entre ellas tenía que ver con la enfermedad, sí. Pero también con la culpa.

En realidad, nunca se habían querido. No, al menos, como creía que podían quererse dos personas que tienen en común a un hombre. Ya sea hijo o ya sea marido.

En aquellos momentos le habría gustado sentir ternura por la madre del hombre con el que había estado veinte años casada. Pero no le salía aquel sentimiento tan fácil.

-No sé por qué dice eso. Aquí está muy tranquila y la tratan bien- dijo con voz firme.

-No he dicho lo contrario…

-¿Cómo durmió? Hoy tiene una cara estupenda. Vamos, ya quisiera yo parecer tan lozana- gorjeó ahora, la de la cara triste.

La anciana se había quedado mirando una raya de sol que llenaba de un haz luminoso la habitación. El cuarto parecía sacado de esos cuadros religiosos que se encuentran en las estampas, en las ilustraciones de los libros. Pan de oro y la Anunciación. El ángel del señor y María, la cabeza ligeramente reclinada. Un vestido azul con filigranas ribeteadas.

-Y yo ¿cómo me llamó?- preguntó de pronto.

-María, usted se llama María. Se ve que hoy se ha despertado con ganas de broma- se esforzó la visita.

-María- repitió con dulzura la anciana y se dio una vuelta en la cama. Le dio la espalda a la más joven y cerró los ojos.

-Usted se llama María. Su hijo se llamaba Antonio y yo, aunque no quiera pronunciarlo, me llamo Laura. Me quedé viuda hace ocho meses cuando el horrible coche que se compró su hijo se estampó contra una pared. Se estampó nada más salir de una gasolinera. Maldito sea el coche.

-¿Un hijo? Sí, la verdad es que me gustaría tener uno- susurró la anciana.

Eran agradable, a esas horas, las sábanas recién cambiadas; la almohada que le rozaba las mejillas como una caricia. La caricia del mediquito joven.

-Usted con eso de la demencia senil, como que ni sufre ni padece. Pero aquí me tiene a mí, solita, con los tres niños que su Antonio malcrió- refunfuñó la joven.

-No se llama Antonio, se llama doctor Valdés- dijo quedamente la enferma.

-Y por si no tuviera suficientes problemas, a usted no se le ocurre más que rodar por las escaleras de la residencia de ancianos.

-Las escaleras parecían no tener fin- precisó María como si atinara a encontrar un recuerdo que no fuera lejano.

-Y ya ve, como si a mí me sobrara el tiempo… Ahora, todas las mañanas, esta nueva obligación, verla a usted para después contarle a sus nietos que está bien, que se recupera, que no tardará en volver al centro, con su parque, sus cuidadoras, sus canciones y sus amigos.

-Mi madre me decía siempre, niña ten cuidado, no te vayas a subir a ese árbol, que acabarás rompiéndote la cabeza…

-En la residencia, usted se lo pasa bien. Vamos, mejor que yo. Seguro que hasta le habrá echado un ojo a cualquier viejo presumido. Yo no me opondría si se echara novio- se rió, con cierta crueldad, la mujer triste.

-A mí no me gustan los viejos- dijo la anciana con determinación. Y fue entonces cuando dio por terminada la visita. Cuando parecía decirle a la mujer de ojos resecos de tanto llanto

“adiós, muy buenas, que tengas un buen día”.

-Mensaje recibido, adiós María- pronunció la mujer que se llamaba Laura. La mujer que no la quería.

María aquella noche había soñado con un ángel. Sería seguramente el guardián de sus duermevelas.

El de la guarda, al que rezaba de niña arrodillada en la cama y con las manos juntas.

Sí, verdaderamente, podría ser el ángel de siempre, el de toda la vida, el suyo propio, aunque ahora dudaba.

Trató de aclarar este complejo asunto y no pudo. Tuvo que reconocer que, en realidad, no sabía si ese era el de siempre o acaso era un nuevo ángel.

Había en él algo tranquilizador, como habitualmente, pero también un no sé qué desconocido.

No lo había visto entrar. Tal vez se hubiera colado por una ventana abierta.

Igual que una mariposa en primavera o una mosca en días de lluvia.

Como una mosca, no, corrigió ella. Como algo limpio y bonito. El primer soplo de aire cuando en la residencia abre la ventana la chica que limpia los cuartos.

El ángel le tocó el brazo y fue una sensación maravillosa. Nada que ver con ese mariposeo de cuando le hacían cosquillas. No era una mariposa, no. Era un roce tranquilizador. Un roce divino porque el joven custodio tenía una forma suave de animarla. Le daba golpecitos con unos dedos que parecían plumas.

“Dulce compañía”, murmuró ella, en aquel sueño en el que la paloma celestial de cabellos rubios le prometía que nunca la dejaría sola.

Se preguntaba ahora si, en el sueño, se había dado cuenta de que el ángel tenía la cara del doctor Valdés, la misma sonrisa blanda de labios muy finos.

Sí, era su misma cara.

La forma de la cabeza, sin embargo, era distinta. Tenía como un halo, aparecía nimbada con una especie de corona de bruma.

Y llevaba melenita, el pelo más largo.

Los cabellos rizosos y rubios como se usan en el cielo.

Qué tonta, por qué no se fijó en la voz…

¿Qué dijo?

“María, no te asustes, tienes que estar tranquila”… Le parecía que esas fueron las palabras.

O, a lo mejor, no dijo nada.

Esa mañana estaba un poco confusa.

Confusa pero feliz, enteramente feliz, muy feliz.

Si el ángel estaba con ella, no iba a echar de menos nada. No iba a sentir opresión, ni el vacío raro de algunas tardes. O esas rachas confusas que le entraban en la cabeza. Visiones entrecortadas de jardines, bailes de tarde y juegos de cartas en los que siempre había alguien, algún vejete marrullero, que hacía trampas. Retazos pasados de un noviazgo largo y un matrimonio breve, ocho meses de mala vida y después, el abandono.

Estarían juntos. Juntos en la salud y en la enfermedad, en la vida y en la muerte.

“Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”, pensó y se quedó turbada. Debía ser la letra de una canción antigua o alguno de esos poemitas que tuvo que aprenderse de memoria en la escuela.

“Blanca y radiante va la novia”, pronunció mentalmente y se dio cuenta de que no sabía cómo seguía aquella oración que tenía ganas de rezar ahora.

El ángel volvió a eso de la una y media de la tarde.

María acababa de comer. Le habían ayudado con la sopa y con la pechuga de pollo, tan tiernita, “coma, coma, ya verá como recupera fuerzas”. Y le habían quitado pacientemente las mondas a una naranja grande y de piel luminosa.

Le sorprendió el sabor agridulce de la fruta y arrugó la nariz y cerró los ojos.

El almuerzo tempranero le había dado soñarrera y se quedó transpuesta.

-María, ¿qué tal la tratan en este hotel?- dijo él y la verdad es que pensó que no eran palabras dignas de un ser casi todopoderoso.

De un volátil, con flechas, alas y plumas.

-¿Qué hotel?- balbució ella y abrió los ojos justo en el momento

en que el angelito sacaba un carcaj dorado y le apuntaba al corazón directamente.

No tuvo miedo. Por el contrario, deseó vivamente que el tiro no fallara, que quedara enquistado en el centro del artefacto, tic tac, tic tac, que hacía siempre aquel ruido travieso.

Ella iba a decir “ay” pero se quedó absorta en la extraña transformación de angelote a angelillo. Y después, de angelito pícaro y sonriente, a doctor Valdés.

– La cosa va muy bien, María- dijo el médico recién salido de la universidad.

Y María quiso ser cortés y decir algo y las palabras le hicieron un borbotón en la garganta y no fue capaz de pronunciar palabra.

Esbozó una sonrisa, eso sí. No fuera a ser que el mediquito, joven, rubio, amoroso como un ángel, fuera a pensar que ella estaba a disgusto.

– Esta tarde le tenemos que hacer otro escáner, María.

– ¿Qué? – apenas acertó a decir ella.

– Una prueba. Ya verá que no le hacemos daño- prometió el doctor y le tomó una mano que temblaba ligeramente.

El doctor Valdés repasó sus notas y caviló un instante, valoró un momento, con la mano agitada de la anciana todavía en la suya, la posibilidad de ajustar de nuevo las dosis de algunos fármacos.

La edad, meditó, que hace que los cuerpos dejen de ser dúctiles y dóciles. Complicadas maquinarias difíciles de mantener a raya.

Ella, en cambio, se vio demasiado niña. La elegida entre un montón de jovencitas lindas.

La única de entre todas las mujeres.

-¿No estará nerviosa, verdad?- le preguntó el doctor y ella imaginó de nuevo al anunciador de su sueño. “Dios te salve, María”, le había dicho.

Movió la cabeza para decir que no. Y ya el doctor se desprendía de su mano y se sentaba un instante en el borde de su cama, y le largaba una perorata incomprensible. Y ya el doctor le prometía que, en menos de un mes, estaría afuera, haciendo su vida normal, cuando ella sintió lo que nunca.

El deseo de que aquel ángel, aquel médico, aquel hombre no se marchara nunca.

***

Once escritoras procedentes de Marruecos y Canarias se han unido en el libro “Que suenen las olas”. Con estos relatos nos ayudan a conocer cual es el pulso de las mujeres que se dedican a escribir a ambos lados de estas dos orillas.

 

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