“Cuando dos caminos se separan… toma aquel que se dirija a la playa”. Hannah McKinnon

Tarde agradable: nubes y claros

Mi bote “grande” por Pedro Pablo Marrero Henning

De Margarita Correa Beningfield a Pedro Pablo Marrero Henning:

Aquí va tu bote ( foto) y todo el “equipillo” de la Playa Chica, el bote que marcó mi infancia y la de todos tus amigos/as; ¡qué felices éramos! El que está de pié a la izquierda no sé quién era. Luego tienes todo rubio a Rolando García Feo junto a tu hermano Antonio Manuel. No sé quién es el que está entre Antonio …o Manuel y Luisita Naranjo. Siguiendo con los de pié tienes a Teri Fuentes y a tu hermana Merci. Delante de Rolando está tu primo Maxi y delante de él yo, que creo que soy la más chica de todo el grupillo. ¿Quién está entre Maxi y tu? ¿Podría ser Ramoncito Naranjo Sintes? ¡Ya me dirás! Al otro lado tuyo está tu primo Miguel Antonio y delante de él Maria Nieves Naranjo con tu hermana Mapi a su lado. El grupito de niños que está por el lado de tus hermanas no sé quienes son. A lo mejor tú te acuerdas de ellos. ¿Tenías esta foto?

De Pedro Pablo Marrero Henning a Margarita Correa Beningfield:

Mi querida Margarita, te agradezco las fotos que me has mandado. Algunas me interesan muchísimo: resulta que completan, en cierto sentido, otras que tengo con el bote “chico” como protagonista -a la vez que con otros personajes sentados o de pie junto a él. Acerca del bote, te contaré algo de su historia. Es la siguiente: mi padre nos regaló dos botes: el bote “chico” y el bote “grande”. El “chico” no tuvo una historia muy larga, simplemente un buen día desapareció y no supe más de él. El que sí tuvo larga vida fue el “grande”. Cada verano lo calafateábamos y pintábamos. Lo echábamos luego al mar, para que la madera se hinchara y luego lo empezábamos a utilizar. Normalmente, estaba pintado de verde y blanco. El “chico” siempre estuvo pintado de blanco.

En el “grande” cabían un montón de personas; y en el “chico” no tantas, además de que no era muy “marinero”. El grande sí que lo era. Si Hemingway llega a saber de ese bote, no haría dudado en llevárselo al Caribe… Cada verano, al “grande”, lo apolatabamos frete justo al Muro Marrero, y hasta allí nadábamos cada mañana, para liberarlo de sus ataduras, empujando los remos, y pasarlo a lo grande en él, hasta que mi madre nos ordenaba el regreso, colocando una toalla en el balcón. El bote “chico” y el bote “grande” los utilizamos, conjuntamente, en unas excursiones inolvidables que hicimos a la Barra Grande, en época de las mareas del Pino, donde merendamos a lo grande. Recuerdo que tu madre aportaba unos sándwiches de tomate, cuyo sabor mantengo en el recuerdo. En estas entrañables excursiones lo pasamos bomba. El, bote “grande”, cuando dejamos de veranear en la playa, se convirtió en un pequeño problema, en cuanto a donde ubicarlo. Mi cuñado Ismael se prestó a solucionar el asunto, llevando el bote a la playa que el ejercito del aire disfrutaba en el aeropuerto de Gando. !Qué historia!, un bote que fue protagonista y testigo de tantas historias, aventuras infantiles y singladuras, condenado a pudrirse tristemente en el aeropuerto de Gando… Una pena. ¿Estará todavía por aquellos contornos, convertido en un tenebroso esqueleto de madera? Cada vez que voy al aeropuerto o paso por las cercanías del aeropuerto me asalta un pensamiento nostálgico y la intención de interesarme por su recuperación y salvación, por su restauración, aunque sea a partir de la existencia de un solitario clavo, de un tolete o de un estrobo, del que no queden más que cuatro pelos. Ayer, mismo, que regresé de Las Palmas, dirigí mi mirada de gaviota a la zona de la playa en la que pienso que acaso descanse atribulado y solitario el glorioso bote “grande”. En relación con este, te voy a contar una anécdota. Tiene como coprotagonista a mi querido primo Miguel Antonio Alonso Marrero (no sé el motivo por el que en sus escritos ha suprimido el nombre de Antonio; para mi, en cualquier caso, siempre será Miguel Antonio). Estoy seguro de que Miguel ANTONIO se acordará de esta historia: una mañana, después de una noche de mareas grandísimas correspondientes al mes de septiembre, el bote había desaparecido. Lo encontramos a la deriva sobre el mediodía. Estaba medio hundido, lleno de arena y rodeado de algunos billetes. Si hubo algún delito por nuestra parte, ya está prescrito. El hecho es que bajamos hasta el mar y los cojimos sin más. Los míos los sequé en la azotea de nuestra casa, cuidadosamente expuestos al sol… Margarita, tu que tienes tanta capacidad de convocatoria y recursos a través de la red tendría que poner en marcha una campaña de rescate del bote. Te imagino, el día que regrese al muro de Marrero, contigo colocada en el punto más extremo de la proa, celebrando con todos nosotros el rescate del bote grande de las garras del olvido y de la putrefacción. Para el caso de que fuera necesaria alguna financiación de la empresa, puedes contar con que, por mi parte, me ofrezco a contribuir a ello.

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