“Cuando dos caminos se separan… toma aquel que se dirija a la playa”. Hannah McKinnon

Viernes: con la brisa del norte llegan las nubes

A Josefina Mujica, in memoriam.

Josefina Mujica ha emprendido su último viaje, se ha ido al país de los sueños donde siempre habitó con su imaginación. Por ese sendero de leyendas transita ahora su alma libre. Creyente del misterio que nos trasciende, durante toda su vida, su corazón de niña se meció al ritmo de un vals sin suspiros, porque ante todo, Josefina era una mujer hecha de una materia profunda y real. Y las personas que tuvimos la suerte de conocerla pudimos comprobarlo siempre en su acogida. Pero, sobre todo, Josefina destacaba por una discreción, un punto de elegancia y generosidad inigualables. Humilde hasta el extremo, compartía con el lector su propio proceso de abismamiento, desde su forma de interpretar el mundo, todo un puzzle de preguntas y conflictos sin respuesta, hasta su modo de apreciar lo más pequeño, recuperando para los demás los detalles del paisaje, las costumbres de la tierra, las recetas de cocina de las abuelas, las vivencias de tradición oral que iba cazando al vuelo con su red de mariposas en cualquier esquina de Canarias. Hoy queremos dejar su cuento “El San Gabriel” como muestra de su escritura, hecha siempre por amor al ser humano, y recordarla como era, un velero a la búsqueda de enigmas. A ti, Josefina, luchadora que ahora cruzas valerosa la línea de las sombras, siempre adelante, siempre atenta sobre las olas del gran océano.

Teresa Iturriaga Osa

“CUENTOS, ESTAMPAS Y LEYENDAS CANARIAS,

de Josefina Mujica.

El San Gabriel

Tanto dolor se agrupa en mi costado,

que por doler me duele hasta el aliento.

(Miguel Hernández)

Antonio Bermúdez fumaba su pipa mientras paseaba por la cubierta del “GASPAR”. Ahora era el patrón de aquel velero recoleto en el que, en sus años mozos, había sido un simple marinero.

La noche era clara. Pronto saldría la luna; en el ancho cielo se veía resplandecer las estrellas, millones de chispitas de luz, mundos perdidos, ignorados y lejanos. Una estrella fugaz cruzó el cielo hasta perderse en la inmensidad. Antonio sintió el fresco de la brisa en su cara y también como se tensaban las velas haciendo avanzar el barco. Oteó el mar y no vio nave alguna, el intenso silencio tan sólo era cortado por el gemir de las velas repletas de brisa y el chirriar de las cuerdas; el velero, cabeceando suavemente, surcaba aquella inmensidad de agua llena de intensa soledad.

Aspiró con fruición la fragancia del mar, del aire callado y limpio, del aroma del salitre que sintió sobre sus labios. De nuevo se puso la pipa que se apagaba en la boca hasta hacer brillar como una rosa de fuego el negro tabaco que fumaba. Continuó paseando.

La imaginación inquieta le alejó de allí hasta hacerle recordar, hasta hacerle vivir el día en que fuera nombrado patrón del “GASPAR”; fue el mismo día que a su amigo Pepe Fleitas lo nombraron también patrón del “SAN GABRIEL”. Siempre sus vidas estuvieron muy unidas, desde muy niños eran inseparables, juntos embarcaron a la costa, la tierra mora de inmensas llanuras rubias, llena de espejismos y leyendas; sí, era en aquellos viejos tiempos en que se crecía tan deprisa que al tener siete años se era ya todo un hombre. También juntos tuvieron la primera novia, dos hermanas chatillas y graciosas, alegres como cascabeles, y hasta juntos fueron a servir al Rey a Cádiz, en una fragata de guerra.

Pepe Fleitas era fuerte, airoso, agradable, tenía esa simpatía, ese encanto que gusta a las mujeres, lo que le daba más oportunidades de las que él, de no ser tan honrado y cabal, hubiese sacado más partido, aunque ahora que lo pensaba mejor creía que quizá fuera su amor por Dolores lo que le hacía capear tan bien estos temporales de tentación; sí, nunca se lo preguntó, pero ahora estaba casi seguro que había sido ésta la causa. Cuando les nombraron patrones, por primera vez se separaron.

Nervioso tiró de nuevo de la cachimba que brilló como un ascua de fuego en la oscuridad. La luna apareció en el cielo inundándolo todo con su suave claridad. Se apoyó en la borda y vio aquella inmensidad de mar y el agua espumeante de la estela que dejaba el pesquero al abrirse camino.

Su pensamiento siguió galopando inquieto en un recuento de hechos. Las bodas; él fue el primero que se casó, tan sólo unos meses antes; luego fue la boda de Pepe y Dolores. Después la llegada del primer hijo. Pepe lo había puesto como el padrino y esto les hizo compadres. La familia tardó más tiempo en llegarle a su amigo; a los tres años de casados apareció una chiquilla preciosa que llevó el nombre de la madrina, su mujer, Candelaria. Para ellos fue una hija más, siempre estaba en su casa; bien es verdad que a las dos casas tan sólo las separaba una pared, y también que los dos amigos, sin tan siquiera decírselo, desde el principio desearon que un día aquellos hijos fueran una pareja; y no sabía si fue influencia de este deseo de los padres o qué, lo cierto fue que desde muy niños se quisieron y ahora ya tenían dos años de casados y un chiquillo, que traía locos, bailando de cabeza, a los abuelos.

Sintió que los ojos se le humedecían al pensar en el nieto, en los padres y en los abuelos y aún más al pensar en Pepe Fleitas, su gran amigo, más que un hermano; con su mano ruda se secó los ojos y miró con rabia la mar, esa mar ahora tan tranquila, que hoy, mismamente hoy, hacía un mes, que en una noche de tormenta, entre sus fauces de bestia furiosa, había desaparecido el “SAN GABRIEL” con su patrón y toda la tripulación, sin poder hacer nada por ellos, ni tan siquiera decirle a su amigo adiós.

De sus pensamientos le sacó la voz del timonel que le llamaba alarmado.

– ¡Patrón!…, venga en seguida, patrón…

Pronto estuvo a su lado.

– Mire, patrón…, no sé de dónde ha salido –dijo el marinero asustado-; no, no lo sé…, porque yo estaba bien despierto y no lo he visto venir…, apareció como un fantasma.

En dirección al “GASPAR” se acercaba otro barco con las velas desplegadas al viento y no había que dudarlo, se dirigía a ellos.

– ¡Están locos!, patrón.

Antonio Bermúdez sintió un cosquilleo helado por el centro de la espalda y la frente se le inundó de frío sudor; en la claridad de la noche, creyó reconocer el barco.

Poniéndose las manos a modo de bocina a los lados de la boca.

– ¡Ah del barco! –gritó con todas sus fuerzas…

– ¡Ah del barco! –volvió a gritar.

Nadie contestó.

– Nos van a abordar, patrón…

– No, no nos harán daño –dijo con voz ronca.

El velero navegaba ligero, ya casi lo tenía encima. En aquel momento, la luna salió tras una nube que la cubría y lo iluminó todo; el barco siguió acercándose hasta que, silencioso, pasó pegado, casi rozándoles; con sólo extender una mano se hubiese podido tocar su borda; un intenso silencio reinaba en él, donde no se veía ni un solo marinero. Fueron unos minutos tensos, llenos de estupor y gran emoción.

– Patrón, ¿se fijó en el nombre del barco? –preguntó el timonel tartamudeando con cara de horror.

– Sí, sí me fijé –dijo Antonio con voz enronquecida, emocionada-. En la proa llevaba el nombre…: era el “SAN GABRIEL”.

Luego, suspirando y con los ojos humedecidos puestos en el barco que se deslizaba ligero sobre las aguas con las velas desplegadas al viento, alejándose tragado por la noche, dijo en voz muy baja, como en un susurro, que casi no se oía: “Dios te bendiga, Pepe Fleitas, y te dé el descanso que tanto mereces; ahora sí, viejo amigo, ahora ya nos hemos dicho adiós”…

(Josefina Mujica, en “Cuentos, estampas y leyendas canarias”. Las Palmas de Gran Canaria, Edirca, 1982, pp. 21-24)

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