Por fin en Semana Santa pudimos tomarnos unos días libres y pasarlos en Las Palmas. Llevábamos encima un invierno largo, lluvioso y gélido en La Laguna y la verdad es que no veíamos la hora de ir a pasar unos días al calorcito de la playa. Nos quedamos en Las Canteras, sin hacer ninguna visita ni a familia (perdón) ni a amigos ni a otros lugares, por pura necesidad mía. Quería estar dentro del arco dorado que miro desde la isla de enfrente con desconsuelo.
Nos fuimos, como siempre que vamos a Las Palmas, con poco abrigo y con muchos bañadores y cholas. ¡Pasamos un frío…! El último día hasta llovió. Pero disfrutamos la playa al máximo. Yo salía cada mañana preparada para el baño por si asomaba el sol, con biquini y pareo, cruzándome con gente con abrigo o chándal; pero ese aire frío del mar no hace daño a nadie y no me enfermé, aunque volvía tiritando.
Como de sol nada, paseábamos toda la orilla cada día de punta a punta para entrar en calor y para disfrutar de todos los rincones: parando en las rocas del Charcón con la marea baja, sin subir a la avenida en ningún tramo con la marea alta. Recorríamos también la avenida desde el Auditorio hasta el Confital y nos bañamos como valientes en el agua helada.
Por el camino, playeros de toda la vida se entretenían en la arena o en el mar: haciendo ejercicio o alrededor de una barca o en corros de señoras (tan frecuentes siempre) o pescando,…las imágenes de siempre.
Volvimos a casa como nuevos pero blanquitos, blanquitos. A ver si la próxima vez nos recibe el sol.
Texto y fotos: Lolina Marrero


